A medida que uno se adentra en
la sabana inundable —la observa, la camina, la escucha— empiezan a aparecer
preguntas. Preguntas inevitables sobre su historia, sobre la forma en que este
territorio ha sido habitado, trabajado y entendido en lo productivo, lo social
y lo cultural.
Porque no es cualquier
paisaje.
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| Oso Melero (Tamandua tetradactyla) caminando por la sabana florecida. Foto: Lucía Córdoba |
En esta inmensidad que a veces
parece salvaje y otras veces simplemente indomable, los sistemas ganaderos
llevan décadas —por no decir siglos— funcionando como una de las principales
actividades económicas. Y lo hacen apoyándose en algo que, a simple vista,
parece un milagro: la biodiversidad de forrajes naturales.
La lambedora, la guaratara, el
cutupén… y tantas otras plantas con flor que ofrece la sabana alimentan el
ganado sin que el ganadero tenga que sembrar, fertilizar o mantener como en
otros sistemas productivos.
Entonces la pregunta cae por
su propio peso:
¿Cómo es posible que todo esto
se mantenga, año tras año, estación tras estación, sin un “costo” aparente?
Las sabanas inundables tienen
un valor ecosistémico enorme, especialmente en la regulación hídrica. Los
bancos, los bajos, los esteros… funcionan como una maquinaria natural
perfectamente ajustada. Pero ¿qué sostiene realmente la composición florística
de estos espacios? ¿Por qué no colapsa? ¿Por qué sigue ahí, funcionando, como
si alguien la cuidara?
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| Chigüiro (Hydrochoerus hydrochaeris) descansando en un estero florecido. Foto: Lucía Córdoba |
Y luego están las plantas.
El guarataro, la pajita del
Niño Dios, la estrella, los lirios, la dormidera, la orquídea sabanera, la
campanilla, el boro, el mastranto… especies que no solo embellecen el paisaje,
sino que aportan oxígeno, nutrientes y equilibrio.
¿Aparecen solas?
¿O hay algo —o alguien— detrás
de esa aparente espontaneidad?
Y cuando uno se mete más
adentro en el llano —de verdad adentro—, cuando empieza a conocer la historia
de los hatos, las costumbres y la gente que habita estos territorios apartados,
surgen otras preguntas.
Porque hay algo que no cuadra.
Esos llaneros criollos, pata
al suelo, con una fortaleza que parece no tener fecha de caducidad… y una
longevidad que desafía cualquier estadística.
¿De dónde sale esa
resistencia?
¿Será la carne de chigüiro?
¿El chimó? ¿O hay algo más que no estamos viendo?
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| Panal de abejas nativas sin aguijón (Melipona favosa) Foto: Natalia Roa |
Recuerdo perfectamente la
primera vez que algo hizo clic.
En uno de los hatos que
visité, me llamaron la atención unos troncos redondos colgados en el techo de
la caballeriza. No eran decoración. Eran hogar.
—Panales —me dijeron—. De
nuestras abejas.
Y esa era la miel que
consumían.
Desde ese momento, no pude
soltar el tema.
Cada hato al que llegaba, cada
techo que miraba… ahí estaban. Uno, dos, cinco… siempre había troncos colgando.
Y con cada pregunta fui entendiendo algo más grande: las abejas no son un
detalle en el llano… son parte del sistema.
Polinizan los potreros,
mantienen los pastizales, sostienen los bancos, los bajos, los esteros.
Alimentan las plantas que dan sombra, las que decoran, las que equilibran. Y a
cambio, los llaneros las cuidan, siembran flores en sus jardines, las protegen.
Es un pacto silencioso.
La miel no es solo alimento.
Es medicina. Es tradición. Es vida.
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| Familia Abril trabajando en un tronco panal. de Izq a Der Boincieth, Héctor Abril (Padre), Damaris y Héctor Abril Hijo. Foto: natalia Roa |
En el llano, para casi
cualquier dolencia —respiratoria, digestiva, circulatoria, inmunológica— hay
una receta con miel. Se usa para los ojos, los oídos, la piel, la boca. Para la
fiebre. Para las heridas. Mezclada con cerumen, se convierte en cataplasma. En
remedio. En solución.
Y no solo eso.
La cera sirve para hacer
jabones. Para hacer velas. Para alumbrar noches que antes eran completamente
oscuras.
Hoy hay carreteras, hay
tiendas, hay acceso a otras cosas. Pero muchos llaneros siguen criando sus
abejas. Siguen confiando en ellas.
Y uno de los ejemplos más
bonitos de todo esto lo encontré en la vereda Los Chochos, en Trinidad,
Casanare.
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| Don Héctor Abril (Padre) Foto: Lucía Córdoba |
Ahí conocí a Don Héctor Abril.
Llegué a su hato, La Reforma,
en medio de un Diagnóstico Rural Participativo. Un territorio dividido en seis
fundos, uno para cada hijo, ubicado justo donde nace el caño Yatea, un sistema
hídrico clave para la cuenca del río Meta.
Pero lo primero que me atrapó
no fue el ganado.
Fueron los jardines.
Alrededor de la casa, flores
por todas partes. Un contraste casi absurdo con la sabana inundada que la
rodeaba en ese momento. Un oasis. Un imán de vida.
Don Héctor me mostró su sistema ganadero con orgullo.
Todo muy claro, muy ordenado. Pero cuando la
visita terminaba, me invitó a un café cerrero en la caballeriza.
Y ahí… cambió todo.
Miré hacia el techo.
No había un tronco.
Había más de diez.
Le pregunté si criaba abejas.
Sonrió.
De esas sonrisas que anuncian
historia.
—“Hace más de 50 años…”— me
dijo.
Y en ese instante, la
conversación dejó de ser una visita técnica y se convirtió en una clase
magistral de vida.
Me llevó a la parte de atrás
de la casa. Más de 100 panales. Cien.
Y empezó a hablar.
De cómo se comportan. De qué
las estresa. De cuándo las abejas soldado bloquean la entrada. De las peleas
entre colonias. De las flores que prefieren. De cómo extrae la miel sin
dañarlas.
Yo no escuchaba… yo veía.
Era como si me estuviera
narrando un documental en tiempo real.
En esas cuatro horas entendí
algo que no me habían explicado en ningún libro: las abejas son el hilo
invisible que conecta la producción, la cultura, la salud y la conservación.
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| Héctor Abril (Padre) con sus panales. Foto: Natalia Roa |
Y hay algo más.
El cuidado.
Don Héctor solo extrae miel en
verano. Y no la saca toda. Nunca.
Cada pequeña cápsula —de
apenas 2 a 5 mililitros— se abre con delicadeza y se extrae con jeringa. Un
trabajo lento, paciente. Casi quirúrgico.
Pero siempre deja la mitad.
Porque esa miel también es de
ellas.
Así garantiza que la colmena
siga viva, fuerte, funcional.
Eso no es producción.
Eso es respeto.
Ese conocimiento lo comparte
con su esposa, doña Estela Fuentes, y sus hijos: Héctor, Damaris, Boincieth,
Danielito y Nohora. Cada uno desde su mundo —ganadería, política, docencia,
campo—, pero todos conectados por el mismo compromiso con las meliponas.
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| Familia Abril. De Izq a Der: Daniel Abril, la señora Estela Fuentes y Damaris Abril. Foto: Natalia Roa. |
Y también la razón por la que
decidí insistir en una idea que durante mucho tiempo no encontró eco:
fortalecer la meliponicultura como una estrategia real de conservación, de
producción sostenible y de rescate cultural.
Fueron dos años tocando
puertas.
ONG, empresas, petroleras, gobiernos… silencio.
Hasta que la idea llegó a la Asociación de Becarios de Casanare.
Y ahí sí.
Con el impulso de personas y
organizaciones que decidieron creer, y con el apoyo del Programa Riqueza
Natural USAID, el proyecto empezó a caminar.
“La miel de la biodiversidad”.
Un sueño que ya no es solo de los Abril. Es de muchos.
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| Don Héctor Abril (Hijo) y su esposa la señora Luz Ospina. Foto: Lucía Córdoba |
Un sueño que habla de
conservar la sabana inundable, de sostener tradiciones, de valorar el
conocimiento local.
Un sueño que ahora miro desde
lejos, desde “el otro lado del charco”… pero al que sigo profundamente
conectada.
Porque sé que está en buenas
manos.
Y porque historias como esta
dejan claro algo que a veces olvidamos:
Que la conservación no siempre
empieza en grandes discursos.
A veces empieza en un tronco
colgado en una caballeriza.
Y en unas abejas pequeñas… que
sostienen un mundo enorme.
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| Mural en la Escuela "El Triunfo" en homenaje a las abejas nativas de la sabana. La flor es una Cayena. |










Ame esta historia!!! abrazos
ResponderEliminarGracias, es gratificante y gracias por leerme!! fuerte abrazo
EliminarExcelente trabajo mi Dámaris un abrazo a toda la familia Abril
ResponderEliminarSi la familia Abril hace un gran trabajo. Gracias por leer la historia.
EliminarMe encanta la guata del pauto. Es un blog en evolución pensado desde el amor, el respeto, y sobre todo desde una franca conciencia de quién es y no es quien lo escribe.
ResponderEliminarGracias por esas palabras, se escribe con mucho amor y gratitud. ;)
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