jueves, 16 de abril de 2020

EL LEGADO DE LOS ZAMBRANO: HISTORIA, SABANA Y CONSERVACIÓN EN EL ENCANTO DE GUANAPALO


Si hay algo verdaderamente valioso en la cultura llanera, son sus legados.

Esa herencia profunda que no se guarda en cajas ni se firma en papeles, sino que se transmite viviendo: en la manera de montar a caballo, de trabajar la sabana, de contar una historia al calor del café cerrero, de criar hijos con respeto por la tierra y de seguir diciéndole al mundo —una y otra vez— que el llanero no solo ha sido protagonista de la historia de Colombia, sino también custodio silencioso de su biodiversidad y de su memoria cultural.



Familia Zambrano en la entrada del Hato Montana.
Foto: Natalia Roa






































Gracias a esa decisión obstinada de no dejar morir lo esencial, el legado llanero ha quedado plasmado en el arte de Nelson Barragán, en la música inmortal del Cholo Valderrama, en la poesía recia del Cachi Ortegón y, sobre todo, en la vida misma de tantos criollos pata al suelo que aún siguen en la mitad de la sabana, trabajando llano, criando ganado y cuidando esas tierras planas que sostienen la vida en todos los sentidos posibles.

La familia Zambrano sabe muy bien lo que significa continuar un legado.

Uno de esos que no solo atraviesan generaciones, sino que se vuelven territorio.

Todo comenzó con el primer Gerardo Zambrano, un hombre que llegó a las tierras casanareñas en 1908 y cuyo nombre quedó ligado para siempre a la historia de poblados tan importantes como Orocué y San Luis de Palenque. No fue simplemente un propietario de tierras. Fue un hombre de visión, de empuje y de época. Uno de esos personajes que, sin proponérselo como estatua, terminan convertidos en referencia.

Don Gerardo vivía en Nunchía y, para entonces, era dueño de una inmensa extensión de tierra entre Nunchía y la zona del Pirichigua y Guanapalo, un territorio que hoy corresponde a la vereda San Rafael de Guanapalo, en el municipio de San Luis de Palenque. En aquellas sabanas se trabajaba ganadería de raza criolla casanareña sobre pastos naturales, y aquellos hatos servían además como estaciones de descanso y abastecimiento durante los largos recorridos desde el piedemonte hasta el río Meta.


Mapa de aproximación de la extensión de tierra que pertenecía al primer Gerardo Zambrano y su familia para los años 1.920

Hay que imaginar ese mundo para entender su magnitud.

No había carreteras, no había motores, no había atajos. El comercio entraba por el Orinoco hasta Puerto Carreño y de allí seguía por el Meta hasta Orocué, que en ese entonces no era más que unas cuantas casas asomadas al puerto, esperando mercancías, noticias y gente. Todo lo demás era distancia. Agua. Barro. Sabana. Tiempo.

La travesía desde el Pirichigua hasta Orocué, hecha a caballo, era interminable. Hacía falta otro punto estratégico de descanso y abastecimiento. Fue entonces cuando, en tiempos de la Primera Guerra Mundial, don Gerardo decidió comprar las tierras del Duya. Por esos años vivían en esa zona varios europeos dedicados al comercio de plumas, animales, caucho y sarrapio. Cuando la guerra los obligó a volver a Europa para combatir, muchas de esas tierras fueron vendidas a bajo costo. Don Gerardo vio la oportunidad y la tomó. Así aumentó su dominio territorial y se consolidó como dueño de predios en Nunchía, San Luis de Palenque, Trinidad y Orocué. Por eso, con razón, es recordado como uno de los fundadores de estos municipios.


Don Gerardo Zambrano a sus 90 años cabalgando de a caballo.
Foto: Carlos Arturo Zambrano

El hato del Duya, con casi 30 mil leguas de tierra, se llamó La Charanga. Y el de la zona del Pirichigua recibió un nombre que parece escrito por el destino: El Encanto.

Y vaya si lo era.

En el gran hato El Encanto trabajaron cientos de criollos. Hombres de sabana abierta, acostumbrados a jornadas de meses enteros, arreando miles de reses criollas a través de las tierras zambraneras, siempre a caballo, siempre expuestos a los ríos crecidos, al barro, al sol que raja la nuca, a los jaguares, a los pumas, a las anacondas… y a los espantos, porque el llano tiene también esa costumbre maravillosa de mezclar la zoología con el misterio.

Era tanta la extensión de tierra y tantos los llaneros que trabajaban para el primer Gerardo, que alrededor de esa actividad fueron naciendo pequeños poblados formados por trabajadores y sus familias. Con el tiempo, esos asentamientos se convirtieron en veredas, como Guanapalo, en San Luis de Palenque. Además, don Gerardo creó un albergue para los hijos de sus trabajadores, donde aprendían a leer, a escribir y, sobre todo, a trabajar llano. También fundó la escuela de San Rafael de Guanapalo. Allí crecieron y se formaron llaneros como Seudiel Walteros y sus hermanos, y allí comenzó a forjarse una relación entre familia, territorio y cultura que aún hoy sigue viva.

Don Gerardo Zambrano "El Patriarca"
Foto: Natalia Roa

En El Encanto nació y creció el segundo Gerardo Zambrano, conocido como El Patriarca, junto a sus hermanos, entre ellos la señora Carmen Mariela Zambrano. Don Gerardo, ya con más de nueve décadas a cuestas, sigue caminando las sabanas heredadas por su padre como quien recorre un álbum vivo. En cada paso suyo hay una historia. En cada recuerdo, una época entera. Muchas de las líneas que hoy escribo nacieron precisamente de escucharlo a él: al hijo de la sabana, al heredero del relato, a la memoria viva de ese territorio.

Los protagonistas de esta historia pertenecen a la tercera generación de la familia Zambrano: don Juan Carlos Vargas Zambrano, don Germán Rodríguez Zambrano y don Carlos Gerardo Zambrano, hijo de El Patriarca. Los tres son primos. Los tres heredaron no solo tierras, sino una responsabilidad. Hoy son propietarios de tres fundos que hicieron parte del gran hato El Encanto: Mata de Palma, Altamira y Montana, tierras recibidas del primer Gerardo Zambrano, el fundador.

Y la historia, lejos de detenerse, siguió creciendo en sus manos.


Los primos Zambrano, Izq a Der: Juan Carlos
Vargas Zambrano, Germán Rodriguez Zambrano,
un trabajador, Carlos Gerardo Zambrano
y Simona. Foto: Tomada de Facebook.

Esta familia ha hecho historia en estas tierras planas y sigue haciéndola. Los tres primos Zambrano decidieron no traicionar la herencia recibida. Comprendieron que el verdadero valor de sus predios no estaba solo en su potencial productivo, sino en la riqueza natural y cultural que contienen. Rodeados por la presión de la industria petrolera y arrocera, entendieron algo que no todo el mundo alcanza a ver: que conservar también es una forma de grandeza.

Por eso sus predios aún mantienen un altísimo porcentaje de sabanas naturales, esteros, morichales y garceros intactos. La intervención ha sido mínima, y precisamente ahí radica buena parte del reconocimiento que hoy tienen. Donde otros hubieran arrasado para “progresar”, ellos decidieron conservar para permanecer.






Hace cuatro años tuve la oportunidad de conocerlos y de trabajar junto a ellos en la construcción de una idea que entonces parecía audaz: consolidar sus predios como Reservas Naturales de la Sociedad Civil y convertirlos en pioneros del turismo de naturaleza en la región. La propuesta, impulsada con el acompañamiento de la Fundación Cunaguaro, buscaba abrirles un nuevo camino: seguir protegiendo la sabana, mantener sus prácticas ganaderas extensivas y, al mismo tiempo, mostrarle al mundo la biodiversidad y la cultura llanera que habita en esas tierras.

Era, en el fondo, una manera contemporánea de honrar el legado de los dos Gerardos.

El primero en apostarle con decisión a esa aventura fue don Juan Carlos Vargas Zambrano, del hato Mata de Palma, predio heredado de su madre, la señora Carmen Mariela Zambrano. Juan Carlos es un reconocido arquitecto que, por esas vueltas inesperadas que da la vida, en otro tiempo trabajó en Bogotá con mi madre. Según ella —y no tengo razones para dudarlo— es un arquitecto importante. Pero más allá de eso, lo que vi en él fue a un hombre dispuesto a cambiar la comodidad de la ciudad por un sueño más hondo: el de conservar.


En la tapa de Mata de Palma, de Izq a Der: La Guata, Juan
Carlos Zambrano, un turista Chileno y uno Local.
Foto: Lucía Córdoba

























Con don Juan Carlos recorrí muchas veces los pastizales de Mata de Palma soñando en voz alta el futuro del hato. Me permitió aportar a la construcción de ese proyecto como quien deja entrar a alguien a la cocina de sus sueños. Nos sentábamos a tomar café cerrero a orillas de la tapa rebosante de chigüiros que adorna su casa, y montábamos a caballo contemplando una biodiversidad tan abrumadora que por momentos parecía inventada.

Era imposible no conmoverse.

Veíamos osos hormigueros gigantes, osos meleros, zorros, garzas de todos los colores y huellas frescas de puma. Recogimos cráneos de animales silvestres, de esos que el verano inclemente deja sobre los pastos como pequeñas reliquias de la sabana. Para mí eran tesoros. Para algunos criollos, una excentricidad más de esta guata. Qué se le va a hacer: cada quien ama lo suyo como puede.

Gracias a don Juan Carlos conocí también a Seudiel Walteros, mi gran amor criollo, ese amigo pata al suelo al que admiro, respeto y estimo profundamente. Hoy Seudiel es el guía local de turismo de naturaleza más cotizado de San Luis de Palenque, y buena parte de esa realidad nació de un sueño que empezó en Mata de Palma. Un sueño que creció tanto, que otros criollos también se sumaron a la labor de guianza, combinando el trabajo de llano con el turismo de naturaleza. Así, ellos se acercaron a otros mundos, y esos otros mundos pudieron por fin asomarse a la vida real de un llanero pata al suelo, a su forma de entender la naturaleza, el tiempo y la existencia.


Biodiversidad en la tapa del Hato Mata de Palma.
Foto: Lucía Córdoba
























En muy poco tiempo, don Juan Carlos logró organizar en Mata de Palma una oferta de alojamiento, alimentación, cabalgatas de observación de fauna, degustaciones gastronómicas y experiencias culturales que hoy convierten al hato en un destino que vale la pena vivir, no solo visitar.

A esa aventura se sumó su primo, don Germán Rodríguez Zambrano, del hato Altamira, con el apoyo de su esposa Martha. Don Germán es un ganadero reconocido en la región, un hombre profundamente enamorado del llano y de sus sabanas, siempre acompañado por Simona, su inseparable perra siberiana, que lo sigue con la fidelidad de quien sabe perfectamente quién es su humano.

Con don Germán conocí uno de los garceros más hermosos e impresionantes que he visto en mi vida. El garcero de Altamira alberga más de nueve especies distintas de aves, y en época reproductiva ofrece un espectáculo sencillamente inolvidable: colores, cantos, vuelos, bailes y plumas que parecen salidas de un delirio feliz. Al igual que su primo, organizó su predio para recibir visitantes, y hoy cuenta con alojamiento cómodo y con el apoyo de don Ricardo, un criollo que se inició en la guianza turística siguiendo la estela de Seudiel y que ahora es, ni más ni menos, uno de los guardianes del puma en esas tierras.

Don Germán Rodriguez Zambrano y Simona.
Foto: Lucía Còrdoba.

El último en sumarse a esta aventura fue don Carlos Gerardo Zambrano, del hato Montana. Piloto de avión comercial durante años, vinculado a una de las aerolíneas más conocidas del país, también decidió modificar el rumbo de su vida profesional para dedicarse de lleno a este proyecto que transformó a toda su familia. Lo hizo con el apoyo incondicional de su esposa y de sus hijos, que hoy son parte esencial del camino que han construido.

En Montana, don Carlos Gerardo convirtió la casa tradicional del hato en una casa-hotel en medio de la sabana, con todas las comodidades y lujos necesarios, pero sin perder la estética ni el alma del hato llanero. Allí se ofrece gastronomía tradicional con un giro moderno y elegante, una experiencia posible gracias a Daniel Vera, esposo de su hija María Cristina, un chef capaz de enamorar a cualquiera con su sazón. La comunicación, la fotografía y la proyección visual del proyecto están a cargo de su hijo Carlos Arturo, fotógrafo profesional de enorme talento. Y la administración, el orden y la belleza cotidiana del lugar descansan en manos de Karym, su esposa, una mujer luminosa, amable, firme y profundamente admirable.

Por las sabanas de Montana, entre venados y chigüiros, caminé alguna vez con el segundo Gerardo Zambrano, con el Patriarca, con el abuelo, con la historia viva de esa tierra. En medio de aquella inmensidad me contó la historia de sus tierras y de sus criollos. Tuve además el privilegio de celebrar sus 90 años en ese mismo lugar: bailamos joropo, comimos carne asada en trincho y, entre risas, descubrió que yo “le pertenecía” al ver mi sombrero criollo marcado con los hierros de su familia. Cosas del llano: uno llega de visita y termina medio herrado emocionalmente.

La aventura que comenzó con don Juan Carlos y a la que luego se unieron sus primos y sus familias, lleva ya más de tres años de trabajo serio, comprometido y visionario. En este camino los han acompañado organizaciones como Cunaguaro, Parques Nacionales Naturales, WWF, Calidris, Panthera y el Programa Riqueza Natural de USAID, entre otras, en su proceso para convertirse en Reservas Naturales de la Sociedad Civil e ingresar al mundo del turismo de naturaleza con una apuesta sólida.

Garcero de Altamira. Foto: Lucía Córdoba























Hoy son reconocidos como el núcleo de reservas El Encanto de Guanapalo, nombre que honra la historia del lugar. Este núcleo cuenta con más de 9.000 hectáreas, de las cuales 1.200 están destinadas a conservación. Además, alberga un registro de 271 especies de aves migratorias, endémicas, casi endémicas y gregarias. Esa riqueza biológica les permitió obtener la designación global de Área de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA), siendo la sexta reserva natural de Casanare en lograrlo.

Su sueño se ha cumplido.

Su legado se mantiene.

Y su apuesta por la conservación no solo los beneficia a ellos, sino a todos.


Familia completa de don Carlos Gerardo Zambrano, sus
3 hijos, su esposa Karym y su padre Don Gerardo Zambrano.
Foto: Carlos Arturo Zambrano

Porque cuando una familia decide conservar una sabana, no está protegiendo solamente su propiedad: está cuidando agua, fauna, memoria, paisaje, cultura y futuro. Está demostrando que sí se puede. Que conservar la biodiversidad no es un lujo ni una rareza romántica: es una manera digna, inteligente y profundamente hermosa de habitar el mundo.

Muchas de las historias que he contado —y muchas de las que vendrán— nacieron en las tierras zambraneras. Esta familia me abrió las puertas de sus hatos, de sus casas y de su historia. Gracias a ellos pude hacer una verdadera inmersión en la sabana inundable; conocí a los criollos que hoy inspiran a esta guata, a mis grandes amigos de la sabana. En esas tierras experimenté la sensación de la libertad verdadera. Allí contemplé la naturaleza en su forma más poderosa: manadas de venados, chigüiros, babillas enormes, zorros, osos hormigueros gigantes, aves de mil colores, búhos, lechuzas, chenchenas y anacondas.



Celebración de los 90 años de Don Gerardo, Izq a Der: La Guata, Don Gerardo y Seudiel Gualteros.
Foto: Carlos Arturo Zambrano


Fui inmensamente feliz.

Allí conocí el llano.

Y allí me enamoré de él.

Dicen en estas tierras —y don Germán lo repite con convicción— que El Encanto de Guanapalo tiene embrujo.

Yo les creo.

Así que déjese embrujar.

Péguese la rodadita.

Vaya y conozca el llano de verdad, de la mano de una familia que no solo conserva un territorio: conserva una historia, una forma de vida y una manera de amar la tierra.

Y eso, créame, vale toda la pena del mundo.

Los primos Zambrano y su familia, recibiendo
orgullosos la designación de AICA.
Foto: De facebook
































El Encanto de Guanapalo tiene un embrujo como dice don Germán, déjese embrujar y péguese la rodadita a conocer el llano de verdad con esta familia que hace historia, vale la pena hacerlo.

https://www.facebook.com/ElEncantodeGuanapalo/?ref=br_rs

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