Si hay algo verdaderamente
valioso en la cultura llanera, son sus legados.
Esa herencia profunda que no
se guarda en cajas ni se firma en papeles, sino que se transmite viviendo: en
la manera de montar a caballo, de trabajar la sabana, de contar una historia al
calor del café cerrero, de criar hijos con respeto por la tierra y de seguir
diciéndole al mundo —una y otra vez— que el llanero no solo ha sido
protagonista de la historia de Colombia, sino también custodio silencioso de su
biodiversidad y de su memoria cultural.
Gracias a esa decisión
obstinada de no dejar morir lo esencial, el legado llanero ha quedado plasmado
en el arte de Nelson Barragán, en la música inmortal del Cholo Valderrama, en
la poesía recia del Cachi Ortegón y, sobre todo, en la vida misma de tantos
criollos pata al suelo que aún siguen en la mitad de la sabana, trabajando
llano, criando ganado y cuidando esas tierras planas que sostienen la vida en
todos los sentidos posibles.
La familia Zambrano sabe muy
bien lo que significa continuar un legado.
Uno de esos que no solo
atraviesan generaciones, sino que se vuelven territorio.
Todo comenzó con el primer
Gerardo Zambrano, un hombre que llegó a las tierras casanareñas en 1908 y cuyo
nombre quedó ligado para siempre a la historia de poblados tan importantes como
Orocué y San Luis de Palenque. No fue simplemente un propietario de tierras.
Fue un hombre de visión, de empuje y de época. Uno de esos personajes que, sin
proponérselo como estatua, terminan convertidos en referencia.
Don Gerardo vivía en Nunchía
y, para entonces, era dueño de una inmensa extensión de tierra entre Nunchía y
la zona del Pirichigua y Guanapalo, un territorio que hoy corresponde a la
vereda San Rafael de Guanapalo, en el municipio de San Luis de Palenque. En
aquellas sabanas se trabajaba ganadería de raza criolla casanareña sobre pastos
naturales, y aquellos hatos servían además como estaciones de descanso y
abastecimiento durante los largos recorridos desde el piedemonte hasta el río
Meta.
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| Mapa de aproximación de la extensión de tierra que pertenecía al primer Gerardo Zambrano y su familia para los años 1.920 |
Hay que imaginar ese mundo
para entender su magnitud.
No había carreteras, no había
motores, no había atajos. El comercio entraba por el Orinoco hasta Puerto
Carreño y de allí seguía por el Meta hasta Orocué, que en ese entonces no era
más que unas cuantas casas asomadas al puerto, esperando mercancías, noticias y
gente. Todo lo demás era distancia. Agua. Barro. Sabana. Tiempo.
La travesía desde el
Pirichigua hasta Orocué, hecha a caballo, era interminable. Hacía falta otro
punto estratégico de descanso y abastecimiento. Fue entonces cuando, en tiempos
de la Primera Guerra Mundial, don Gerardo decidió comprar las tierras del Duya.
Por esos años vivían en esa zona varios europeos dedicados al comercio de
plumas, animales, caucho y sarrapio. Cuando la guerra los obligó a volver a
Europa para combatir, muchas de esas tierras fueron vendidas a bajo costo. Don
Gerardo vio la oportunidad y la tomó. Así aumentó su dominio territorial y se
consolidó como dueño de predios en Nunchía, San Luis de Palenque, Trinidad y
Orocué. Por eso, con razón, es recordado como uno de los fundadores de estos
municipios.
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| Don Gerardo Zambrano a sus 90 años cabalgando de a caballo. Foto: Carlos Arturo Zambrano |
El hato del Duya, con casi 30
mil leguas de tierra, se llamó La Charanga. Y el de la zona del
Pirichigua recibió un nombre que parece escrito por el destino: El Encanto.
Y vaya si lo era.
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| Don Gerardo Zambrano "El Patriarca" Foto: Natalia Roa |
En El Encanto nació y creció
el segundo Gerardo Zambrano, conocido como El Patriarca, junto a sus
hermanos, entre ellos la señora Carmen Mariela Zambrano. Don Gerardo, ya con
más de nueve décadas a cuestas, sigue caminando las sabanas heredadas por su
padre como quien recorre un álbum vivo. En cada paso suyo hay una historia. En
cada recuerdo, una época entera. Muchas de las líneas que hoy escribo nacieron
precisamente de escucharlo a él: al hijo de la sabana, al heredero del relato,
a la memoria viva de ese territorio.
Y la historia, lejos de
detenerse, siguió creciendo en sus manos.
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| Los primos Zambrano, Izq a Der: Juan Carlos Vargas Zambrano, Germán Rodriguez Zambrano, un trabajador, Carlos Gerardo Zambrano y Simona. Foto: Tomada de Facebook. |
Esta familia ha hecho historia
en estas tierras planas y sigue haciéndola. Los tres primos Zambrano decidieron
no traicionar la herencia recibida. Comprendieron que el verdadero valor de sus
predios no estaba solo en su potencial productivo, sino en la riqueza natural y
cultural que contienen. Rodeados por la presión de la industria petrolera y
arrocera, entendieron algo que no todo el mundo alcanza a ver: que conservar
también es una forma de grandeza.
Por eso sus predios aún
mantienen un altísimo porcentaje de sabanas naturales, esteros, morichales y
garceros intactos. La intervención ha sido mínima, y precisamente ahí radica
buena parte del reconocimiento que hoy tienen. Donde otros hubieran arrasado
para “progresar”, ellos decidieron conservar para permanecer.
Era, en el fondo, una manera
contemporánea de honrar el legado de los dos Gerardos.
El primero en apostarle con
decisión a esa aventura fue don Juan Carlos Vargas Zambrano, del hato Mata de
Palma, predio heredado de su madre, la señora Carmen Mariela Zambrano. Juan
Carlos es un reconocido arquitecto que, por esas vueltas inesperadas que da la
vida, en otro tiempo trabajó en Bogotá con mi madre. Según ella —y no tengo
razones para dudarlo— es un arquitecto importante. Pero más allá de eso, lo que
vi en él fue a un hombre dispuesto a cambiar la comodidad de la ciudad por un
sueño más hondo: el de conservar.
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| En la tapa de Mata de Palma, de Izq a Der: La Guata, Juan Carlos Zambrano, un turista Chileno y uno Local. Foto: Lucía Córdoba |
Con don Juan Carlos recorrí
muchas veces los pastizales de Mata de Palma soñando en voz alta el futuro del
hato. Me permitió aportar a la construcción de ese proyecto como quien deja
entrar a alguien a la cocina de sus sueños. Nos sentábamos a tomar café cerrero
a orillas de la tapa rebosante de chigüiros que adorna su casa, y montábamos a
caballo contemplando una biodiversidad tan abrumadora que por momentos parecía
inventada.
Era imposible no conmoverse.
Veíamos osos hormigueros
gigantes, osos meleros, zorros, garzas de todos los colores y huellas frescas
de puma. Recogimos cráneos de animales silvestres, de esos que el verano
inclemente deja sobre los pastos como pequeñas reliquias de la sabana. Para mí
eran tesoros. Para algunos criollos, una excentricidad más de esta guata. Qué
se le va a hacer: cada quien ama lo suyo como puede.
Gracias a don Juan Carlos
conocí también a Seudiel Walteros, mi gran amor criollo, ese amigo pata al
suelo al que admiro, respeto y estimo profundamente. Hoy Seudiel es el guía
local de turismo de naturaleza más cotizado de San Luis de Palenque, y buena parte
de esa realidad nació de un sueño que empezó en Mata de Palma. Un sueño que
creció tanto, que otros criollos también se sumaron a la labor de guianza,
combinando el trabajo de llano con el turismo de naturaleza. Así, ellos se
acercaron a otros mundos, y esos otros mundos pudieron por fin asomarse a la
vida real de un llanero pata al suelo, a su forma de entender la naturaleza, el
tiempo y la existencia.
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| Biodiversidad en la tapa del Hato Mata de Palma. Foto: Lucía Córdoba |
En muy poco tiempo, don Juan
Carlos logró organizar en Mata de Palma una oferta de alojamiento,
alimentación, cabalgatas de observación de fauna, degustaciones gastronómicas y
experiencias culturales que hoy convierten al hato en un destino que vale la pena
vivir, no solo visitar.
A esa aventura se sumó su
primo, don Germán Rodríguez Zambrano, del hato Altamira, con el apoyo de su
esposa Martha. Don Germán es un ganadero reconocido en la región, un hombre
profundamente enamorado del llano y de sus sabanas, siempre acompañado por Simona,
su inseparable perra siberiana, que lo sigue con la fidelidad de quien sabe
perfectamente quién es su humano.
Con don Germán conocí uno de
los garceros más hermosos e impresionantes que he visto en mi vida. El garcero
de Altamira alberga más de nueve especies distintas de aves, y en época
reproductiva ofrece un espectáculo sencillamente inolvidable: colores, cantos,
vuelos, bailes y plumas que parecen salidas de un delirio feliz. Al igual que
su primo, organizó su predio para recibir visitantes, y hoy cuenta con
alojamiento cómodo y con el apoyo de don Ricardo, un criollo que se inició en
la guianza turística siguiendo la estela de Seudiel y que ahora es, ni más ni
menos, uno de los guardianes del puma en esas tierras.
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| Don Germán Rodriguez Zambrano y Simona. Foto: Lucía Còrdoba. |
El último en sumarse a esta
aventura fue don Carlos Gerardo Zambrano, del hato Montana. Piloto de avión
comercial durante años, vinculado a una de las aerolíneas más conocidas del
país, también decidió modificar el rumbo de su vida profesional para dedicarse
de lleno a este proyecto que transformó a toda su familia. Lo hizo con el apoyo
incondicional de su esposa y de sus hijos, que hoy son parte esencial del
camino que han construido.
En Montana, don Carlos Gerardo
convirtió la casa tradicional del hato en una casa-hotel en medio de la sabana,
con todas las comodidades y lujos necesarios, pero sin perder la estética ni el
alma del hato llanero. Allí se ofrece gastronomía tradicional con un giro
moderno y elegante, una experiencia posible gracias a Daniel Vera, esposo de su
hija María Cristina, un chef capaz de enamorar a cualquiera con su sazón. La
comunicación, la fotografía y la proyección visual del proyecto están a cargo
de su hijo Carlos Arturo, fotógrafo profesional de enorme talento. Y la
administración, el orden y la belleza cotidiana del lugar descansan en manos de
Karym, su esposa, una mujer luminosa, amable, firme y profundamente admirable.
Por las sabanas de Montana,
entre venados y chigüiros, caminé alguna vez con el segundo Gerardo Zambrano,
con el Patriarca, con el abuelo, con la historia viva de esa tierra. En medio
de aquella inmensidad me contó la historia de sus tierras y de sus criollos.
Tuve además el privilegio de celebrar sus 90 años en ese mismo lugar: bailamos
joropo, comimos carne asada en trincho y, entre risas, descubrió que yo “le
pertenecía” al ver mi sombrero criollo marcado con los hierros de su familia.
Cosas del llano: uno llega de visita y termina medio herrado emocionalmente.
La aventura que comenzó con
don Juan Carlos y a la que luego se unieron sus primos y sus familias, lleva ya
más de tres años de trabajo serio, comprometido y visionario. En este camino
los han acompañado organizaciones como Cunaguaro, Parques Nacionales Naturales,
WWF, Calidris, Panthera y el Programa Riqueza Natural de USAID, entre otras, en
su proceso para convertirse en Reservas Naturales de la Sociedad Civil e
ingresar al mundo del turismo de naturaleza con una apuesta sólida.
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| Garcero de Altamira. Foto: Lucía Córdoba |
Hoy son reconocidos como el
núcleo de reservas El Encanto de Guanapalo, nombre que honra la historia
del lugar. Este núcleo cuenta con más de 9.000 hectáreas, de las cuales 1.200
están destinadas a conservación. Además, alberga un registro de 271 especies de
aves migratorias, endémicas, casi endémicas y gregarias. Esa riqueza biológica
les permitió obtener la designación global de Área de Importancia para la
Conservación de las Aves (AICA), siendo la sexta reserva natural de
Casanare en lograrlo.
Su sueño se ha cumplido.
Su legado se mantiene.
Y su apuesta por la
conservación no solo los beneficia a ellos, sino a todos.
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| Familia completa de don Carlos Gerardo Zambrano, sus 3 hijos, su esposa Karym y su padre Don Gerardo Zambrano. Foto: Carlos Arturo Zambrano |
Porque cuando una familia
decide conservar una sabana, no está protegiendo solamente su propiedad: está
cuidando agua, fauna, memoria, paisaje, cultura y futuro. Está demostrando que
sí se puede. Que conservar la biodiversidad no es un lujo ni una rareza
romántica: es una manera digna, inteligente y profundamente hermosa de habitar
el mundo.
Muchas de las historias que he
contado —y muchas de las que vendrán— nacieron en las tierras zambraneras. Esta
familia me abrió las puertas de sus hatos, de sus casas y de su historia.
Gracias a ellos pude hacer una verdadera inmersión en la sabana inundable;
conocí a los criollos que hoy inspiran a esta guata, a mis grandes amigos de la
sabana. En esas tierras experimenté la sensación de la libertad verdadera. Allí
contemplé la naturaleza en su forma más poderosa: manadas de venados,
chigüiros, babillas enormes, zorros, osos hormigueros gigantes, aves de mil
colores, búhos, lechuzas, chenchenas y anacondas.
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| Celebración de los 90 años de Don Gerardo, Izq a Der: La Guata, Don Gerardo y Seudiel Gualteros. Foto: Carlos Arturo Zambrano |
Fui inmensamente feliz.
Allí conocí el llano.
Y allí me enamoré de él.
Dicen en estas tierras —y don
Germán lo repite con convicción— que El Encanto de Guanapalo tiene embrujo.
Yo les creo.
Así que déjese embrujar.
Péguese la rodadita.
Vaya y conozca el llano de
verdad, de la mano de una familia que no solo conserva un territorio: conserva
una historia, una forma de vida y una manera de amar la tierra.
Y eso, créame, vale toda la
pena del mundo.
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| Los primos Zambrano y su familia, recibiendo orgullosos la designación de AICA. Foto: De facebook |













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