lunes, 27 de abril de 2020

SEUDIEL GUALTEROS, UN LLANERO FACULTO

La Guata del Pauto y Seudiel Gualteros bailando Joropo
Foto: Carlos Arturo Zambrano



























Un llanero faculto es mucho más que un hombre nacido en las sabanas. Es una estirpe. Un carácter. Una manera de habitar el mundo.

Es aquel que vino al mundo en la inmensidad del llano y aprendió, desde niño, todo lo que un verdadero llanero debe saber para sacar adelante un hato, sostener a una familia y sobrevivir en las tierras despiadadas, salvajes y míticas de la Orinoquía colombiana y venezolana.

Ser faculto no se aprende en una escuela. Se hereda y se conquista. Se mama con la leche, con el sol, con los callos, con el miedo domado y con la memoria de los mayores. Es el hombre o la mujer que ha incorporado sabiamente en su vida diaria los conocimientos que le dejaron sus padres, y los padres de sus padres. El que sabe llevar una vaca o mil. El que puede arrear una punta de ganado y, al caer la tarde, sacar un cuatro, una bandola, un arpa o unos capachos y hacer sonar en ellos el corazón del llano.



Seudiel Gualteros mostrando una campechana tejida por él. Foto: Lucía Córdoba

Un llanero faculto tiene en su cuerpo y en su cabeza los conocimientos necesarios para ser mensual o caporal. El mensual es quien sostiene el orden de la casa del hato: barre, recoge la leña para el fogón, alimenta a los animales domésticos, mantiene llena la tinaja y abastecida la tasajera. Es el que hace posible la vida cotidiana. El caporal, en cambio, es el que lidera a la cuadrilla de vaqueros para enfrentar los trabajos grandes del llano en hatos que pueden tener decenas de miles de hectáreas y miles de reses. Uno cuida la casa. El otro sostiene el reino.

Pero un llanero faculto es todavía más.

Es ese hombre que escoge un caballo brioso entre una manada de cerreros, lo doma a punta de sangre fría, coraje y paciencia, lo apera, lo trocha por sabanas inundables llenas de peligros, y acaba haciendo de él su compañero, su sombra, su mejor amigo. Y cuando ese caballo muere, lo llora como se llora a un hermano.

Es el que enlaza sin errar, desde casi cualquier posición. El que marca las bestias con hierro caliente, las castra, las destoca, las cura con rezo, experiencia y mirada fija. El que entiende de arquitectura criolla y sabe cómo levantar un rancho y cubrirlo con palma para que resista el agua, el sol y el tiempo.



Seudiel Gualteros pasando el río Pauto crecido junto a su caballo. Foto: Lucía Córdoba

Es también el que conoce la caza con ética de monte: sabe que se caza al macho adulto, nunca a la hembra ni a la cría; sabe matar sin agonía; sabe despresar, tasajear, curtir cuero, secarlo, picarlo y volverlo herramienta. Con sus manos puede tejer una campechana, hacer una silla, fabricar la funda de un cuchillo, trenzar cabrestos con crines de caballo, hilar maleteros y chinchorros para colgar la noche entre dos palos en mitad de la sabana. Es coleador, baquiano, cabrestero y caballicero. Y todo eso, sin hacer alarde.

En sus travesías ha aprendido a leer la naturaleza como otros leen libros. Sabe cómo defenderse de un tigre —que en el llano es el jaguar— o de un lión —que es el puma—. Sabe cómo manipular una anaconda. Sabe cómo cruzar ríos crecidos a caballo mientras arrea ganado. Reconoce el nombre de las plantas, entiende los sonidos del monte, distingue el comportamiento de los animales y respeta todo lo que vive porque sabe que en el llano nadie sobra.

También contempla. Y eso importa.




Contempla los amaneceres, los arreboles, las puestas de sol. Les canta. Les escribe. Hace poesía de lo que ve, aunque no siempre lo ponga en papel. Porque el llanero faculto lleva dentro una sensibilidad que no se nota al principio, pero que está ahí, intacta, latiendo bajo la rudeza.

Conoce la música llanera porque creció con ella. Reconoce cada golpe, cada pasaje, cada seis por derecho, cada zumba que zumba, cada golpe recio. Sabe contrapuntear, entona cantos de vaquería, de ordeño, de cabrestero y de becerrero. Toca algún instrumento y zapatea el joropo como si el suelo le respondiera. Sabe hacer sonar un cacho. Y sabe vestir como debe vestir un llanero de verdad: pies desnudos, pantalón arremangado, cuchillo al cinto, camisa entreabierta, poncho y sombrero. Uno para cada ocasión: el veguero, el de trabajo, el borsalino pelo e’ guama, el del parrando o el Stetson de los días especiales, cuando el llanero se pone el liki liki impecable y el orgullo también.



Don Isidro y la Guata del Pauto. Foto: Natalia Roa



Sabe de mitos y leyendas. De folclor, de gastronomía, de atuendos, de historias. Lleva sus raíces en alto y sus tradiciones en la conducta. Sabe de todo porque a un llanero faculto no le queda nada grande. Mucho menos la inmensidad del llano.

Y si alguien encarna esa definición con entereza, ese es Seudiel Gualteros Ríos, “Seco”, como lo llaman desde muchacho, porque de joven era flaco como un palo seco. Seudiel nació hace 52 años en las sabanas del Pauto, en San Luis de Palenque, Casanare. Es hijo de Jorge Gualteros y Olga María Ríos, y el octavo de nueve hermanos. Su hermano mayor, don Parmasio Isidro Gualteros, ha sido una figura fundamental en su vida, uno de esos hombres a quienes se les debe más de lo que las palabras alcanzan.


Seudiel Gualteros en su caballo.
Foto: Lucía Córdoba
En algunas ocasiones Seudiel tocaba el cuatro y Don Isidro tiene más de sesenta años y aún trabaja en el hato Mata de Palma, en El Encanto de Guanapalo. Es un hombre sabio, curtido de llano, sonriente y consejero. Un valiente. Uno de esos seres humanos que llevan en cada arruga y en cada cicatriz historias que solo pueden vivirse en la sabana. Don Isidro es, también, otro llanero faculto.

A veces, Seudiel tocaba el cuatro y cantábamos juntos “Cómo será mi tristeza”, una de las canciones más tristes y más hermosas que he escuchado en mi vida. Y llorábamos. Llorábamos pensando en don Isidro, en su vejez, en la vejez de cualquier llanero faculto. En el día inevitable en que sus manos ya no puedan limpiar el lomo de un caballo, ni montarlo, ni apretarle la cincha, ni salir al alba a trabajar como lo hicieron toda su vida. Hay algo profundamente doloroso en imaginar a un llanero obligado por los años a bajarse del caballo para siempre. Como dice la canción, ese sí debe ser “el peor castigo que les podrá dar los años”.


Seudiel creció al lado de Isidro. Juntos hicieron trabajos de llano en los hatos zambraneros y en otros predios de San Luis de Palenque, Trinidad y Orocué. Se formó con las enseñanzas de su hermano y con lo aprendido en el albergue que fundó el primer Gerardo Zambrano en el hato El Encanto. Allí recibió educación, disciplina y sabiduría sabanera. Pero a los 17 años, como tantos otros, tuvo que probar suerte lejos de su tierra.

Se fue para Cundinamarca, a trabajar en una finca en Cachipay.

Allí, por primera vez en su vida, tuvo que cubrirse los pies. Tuvo que ponerse zapatos.

Y eso, para un llanero pata al suelo, ya es casi una tragedia cultural.

Años después volvió al llano, llamado por algo más fuerte que la costumbre: la raíz. Volvió a desnudar los pies y a reconectarse con la tierra que lo había hecho. Desde entonces, cada vez que ha tenido que viajar a Bogotá o a otra ciudad, lo ha hecho en alpargatas. Solo una vez lo vi usando botas de caucho, y fue por una herida profunda en uno de sus pies.



Pies descalzos de Seudiel Gualteros.
Foto: Lucía Córdoba

una herida profunda en uno de sus pies.

Nadie ha descrito mejor esa relación entre los pies desnudos del llanero y la tierra que el Cachi Ortegón en su poema “Hecho en el llano”. Hay un fragmento que siempre vuelve a mí, porque dice una verdad absoluta:

“Permanece en su tierra y el contacto es completo, arranca y se afirma con el pie descalzo sobre la tierra pura; de tanto juntarse se parecen, la piel cuarteada de ella resquebraja los talones al otro; de tanto conocerse se castigan, ella a pura espina, él zapateando; de tanto quererse se marcan, él deja huellas, ella callos. Un llanero pata al suelo no camina, besa la tierra que lo besa.”

Y así volvió Seudiel: a besar la tierra que lo besaba.

De regreso al llano siguió su vida de vaquero, pero con una idea fija en la cabeza: hacer algo por su cultura, por sus tradiciones, por sus raíces. Siempre tuvo el propósito de aportar un granito de arena para que la sabiduría llanera perdurara en el tiempo. Y con esa convicción, él y su hermano Isidro se inscribieron en el reality El Gran Llanerazo, conocido también como El Robinson llanero, un programa creado por Otoniel Castañeda en 2004 para mostrarle al mundo el verdadero trabajo del llano.

Las pruebas no eran precisamente para blanditos: domar potros cerreros, ordeñar vacas mañosas, colear en campo abierto, nadar ríos crecidos, tocar instrumentos, cantar, bailar, cocinar, sacar anacondas de los esteros y hasta conquistar mujeres. Un resumen televisado de todo lo que exige ser llanero de verdad.

Isidro ganó el concurso de 2005. Seudiel ganó el del año siguiente. Y no contento con eso, también ganó la versión mundial, en la que participaron llaneros de Venezuela y Estados Unidos.

Doble ganador.

Todo un llanerazo.

Pero la historia de Seudiel no se quedó ahí.

Vestigio arqueológico encontrado por
Seudiel en su predio.

Tiempo después, en su predio La Candelilla, ubicado en la vereda Santana, a orillas del río Pauto, comenzó a cavar huecos para sembrar árboles nativos. Y fue entonces cuando el llano le entregó otra de sus revelaciones. Entre la tierra aparecieron pequeñas piezas de barro, formas antiguas, extrañas, delicadas. Las desenterró con curiosidad, empezó a hacer réplicas en madera y a preguntar.

Lo que había encontrado eran vestigios arqueológicos de la cultura indígena Achagua, uno de los pueblos más importantes que habitó esos territorios antes y durante la conquista española.



Vestigio arqueológico encontrado por
Seudiel en su predio.
Los Achagua fueron el pueblo más numeroso de los llanos del Orinoco. Se calcula que llegaron a ser más de 30 mil personas, asentadas principalmente en las riberas de los ríos Meta, Casanare y Apure. Eran comerciantes, organizados, complejos, con una cultura profunda y hasta una moneda propia llamada sartas de conchas quiripa. Luego llegaron los europeos, las misiones, el despojo, la violencia y la esclavitud. Su población se redujo brutalmente. Los sobrevivientes resistieron como pudieron. Hoy quedan apenas unas pocas comunidades protegidas en resguardos.

Vestigio arqueológico encontrado por
Seudiel en su predio.

Cuando Seudiel entendió la importancia de aquello que había encontrado, también entendió algo más íntimo: que esos vestigios eran parte de las raíces de su propia cultura llanera. Eran huellas de sus ancestros. Tesoros antiguos que la tierra le estaba devolviendo para que él los cuidara y le contara al mundo que existieron.

Y entonces hizo lo que hacen los hombres grandes cuando sienten una misión verdadera: se puso a trabajar.

En 2006 inició su emprendimiento familiar: El Rancho Museo El Llanerazo.

Su esposa, compañera y socia, su fiel Una vez más echó mano de los conocimientos que le dio la vida y levantó dos ranchos con techo de palma. En uno reunió herramientas y objetos del llano: tinajas antiguas, cuchillos de hueso, implementos de cuero, cueros de anaconda, cráneos, reliquias de la vida sabanera. En el otro adecuó el espacio para exponer con devoción las piezas de barro que ha ido encontrando y que conserva con un respeto conmovedor.

Su esposa, compañera y socia, Diana Caicedo Reyes, ha estado a su lado desde el principio. Fiel aliada, soporte de cada idea, hoy es quien se encarga de la logística y de la atención a los turistas que visitan el rancho. Sus hijas, Eliana y Laura Gualteros, dos llanerazas de pura cepa, también forman parte del proyecto. Eliana es guía tanto del Rancho Museo como de las reservas de El Encanto de Guanapalo; Laura, la menor, sigue estudiando, pero ya va detrás de las huellas de su padre. Pronto será otra voz más contando al mundo las bellezas del llano.

Rancho con techo de palma. Rancho Museo El Llanerazo
Foto: Lucía Córdoba

A Seudiel lo han apoyado distintas organizaciones, pero vale la pena nombrar especialmente a la Secretaría de Turismo de la Alcaldía de Trinidad, liderada en ese momento por Alexis Duarte, quien ayudó a posicionar la figura del Llanerazo en el turismo casanareño, haciendo de Seudiel uno de sus símbolos más auténticos.

En 2017 tuve la fortuna, junto con la Fundación Cunaguaro, de llevar al primer grupo de treinta extranjeros a conocer su rancho. Fue una experiencia inolvidable. Para ellos, ver por primera vez a un llanero real, de pies descalzos, haciendo sonar un cacho, cantando cantos de vaquería, contando la historia de sus ancestros, bailando joropo con ellos y sirviendo sancocho de gallina criolla a orillas del mítico Pauto, fue algo que difícilmente olvidarán.


Rancho Museo El Llanerazo. Foto: Lucía Córdoba

En 2018, cuando Seudiel ya era ampliamente reconocido, promovimos con Alexis Duarte y la Fundación Cunaguaro un embellecimiento comunitario en el malecón de San Luis de Palenque. Allí, el artista local Carlos Orlando Achagua pintó un mural hermoso de Seudiel cruzando el río Pauto a caballo. Una imagen justa. Casi inevitable.

En 2019, de nuevo con la Fundación Cunaguaro y el Programa Riqueza Natural, logramos coordinar un evento de dos días en el Rancho Museo, donde se realizó el cierre del proceso de conformación del Sistema Municipal de Áreas Protegidas (SIMAP) de San Luis de Palenque. Participaron representantes del Instituto Humboldt, WWF, Parques Nacionales Naturales, Corporinoquia, organizaciones ambientales, propietarios de reservas y funcionarios públicos. También embellecimos una de las unidades sanitarias del rancho y, sobre todo, conseguimos que todas esas instituciones reconocieran el trabajo admirable de Seudiel y su familia.

                               

Más adelante, con la Asociación de Becarios de Casanare (ABC), logramos aprobar la financiación para un proyecto enfocado en la conservación de las abejas nativas y la producción de su miel, del que Seudiel, su familia y varios vecinos de la vereda también serían beneficiarios.


Mural de Seudiel Gualteros pasando el río Pauto en su caballo, obra de Carlos Orlando Achagua. Malecón de San Luis
de Palenque.

Hoy, universidades y organizaciones siguen apoyando al Rancho Museo para estudiar más a fondo sus vestigios arqueológicos y contar con mayor detalle esa historia antigua que duerme bajo la tierra del Pauto. Seudiel continúa trabajando como guía local para diferentes operadoras turísticas de la región; Diana sigue al frente del rancho; sus hijas siguen tomando la posta. El proyecto ha crecido tanto que, solo en 2018, 284 personas visitaron el Rancho Museo. Seudiel ha sido protagonista de documentales, modelo de fotografías exhibidas en hoteles importantes y personaje central de artículos que reconocen su trabajo en la divulgación de la cultura llanera.

Embellecimiento de la unidad sanitaria del Rancho Museo
El Llanerazo. 

Pero más allá de cifras, reconocimientos y diplomas, para mí este texto es una cosa mucho más simple y mucho más grande:

Es un homenaje.

Un reconocimiento a Seudiel, el llanero faculto. El gran llanerazo. El hombre por el que conocí el llano. El que me enseñó su tierra, sus costumbres, sus saberes y me hizo parte de su familia. Con él anduve las sabanas con turistas y sin ellos; contemplamos la belleza del paisaje, cantamos, bailamos, reímos, comimos, conversamos. Me mostró un mundo que yo no conocía y del que me enamoré perdidamente.


Familia de Seudiel Gualteros, de Izq a Der: Laura su hija menor, Medio Diana su esposa y derecha Eliana Gualteros.

Hoy estoy a diez mil kilómetros de distancia, pero sigo con los recuerdos pegados al llano.

Y con una gratitud inmensa hacia la vida por haberme permitido conocer a ese hombre de pies descalzos que cambió para siempre mi manera de entender el llano, la cultura… y la vida misma.




https://www.facebook.com/El-Llanerazo-Rancho-Museo-241921899556163/

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