lunes, 27 de abril de 2020

SEUDIEL GUALTEROS, UN LLANERO FACULTO

La Guata del Pauto y Seudiel Gualteros bailando Joropo
Foto: Carlos Arturo Zambrano



























Un llanero faculto es mucho más que un hombre nacido en las sabanas. Es una estirpe. Un carácter. Una manera de habitar el mundo.

Es aquel que vino al mundo en la inmensidad del llano y aprendió, desde niño, todo lo que un verdadero llanero debe saber para sacar adelante un hato, sostener a una familia y sobrevivir en las tierras despiadadas, salvajes y míticas de la Orinoquía colombiana y venezolana.

Ser faculto no se aprende en una escuela. Se hereda y se conquista. Se mama con la leche, con el sol, con los callos, con el miedo domado y con la memoria de los mayores. Es el hombre o la mujer que ha incorporado sabiamente en su vida diaria los conocimientos que le dejaron sus padres, y los padres de sus padres. El que sabe llevar una vaca o mil. El que puede arrear una punta de ganado y, al caer la tarde, sacar un cuatro, una bandola, un arpa o unos capachos y hacer sonar en ellos el corazón del llano.



Seudiel Gualteros mostrando una campechana tejida por él. Foto: Lucía Córdoba

Un llanero faculto tiene en su cuerpo y en su cabeza los conocimientos necesarios para ser mensual o caporal. El mensual es quien sostiene el orden de la casa del hato: barre, recoge la leña para el fogón, alimenta a los animales domésticos, mantiene llena la tinaja y abastecida la tasajera. Es el que hace posible la vida cotidiana. El caporal, en cambio, es el que lidera a la cuadrilla de vaqueros para enfrentar los trabajos grandes del llano en hatos que pueden tener decenas de miles de hectáreas y miles de reses. Uno cuida la casa. El otro sostiene el reino.

Pero un llanero faculto es todavía más.

Es ese hombre que escoge un caballo brioso entre una manada de cerreros, lo doma a punta de sangre fría, coraje y paciencia, lo apera, lo trocha por sabanas inundables llenas de peligros, y acaba haciendo de él su compañero, su sombra, su mejor amigo. Y cuando ese caballo muere, lo llora como se llora a un hermano.

Es el que enlaza sin errar, desde casi cualquier posición. El que marca las bestias con hierro caliente, las castra, las destoca, las cura con rezo, experiencia y mirada fija. El que entiende de arquitectura criolla y sabe cómo levantar un rancho y cubrirlo con palma para que resista el agua, el sol y el tiempo.



Seudiel Gualteros pasando el río Pauto crecido junto a su caballo. Foto: Lucía Córdoba

Es también el que conoce la caza con ética de monte: sabe que se caza al macho adulto, nunca a la hembra ni a la cría; sabe matar sin agonía; sabe despresar, tasajear, curtir cuero, secarlo, picarlo y volverlo herramienta. Con sus manos puede tejer una campechana, hacer una silla, fabricar la funda de un cuchillo, trenzar cabrestos con crines de caballo, hilar maleteros y chinchorros para colgar la noche entre dos palos en mitad de la sabana. Es coleador, baquiano, cabrestero y caballicero. Y todo eso, sin hacer alarde.

En sus travesías ha aprendido a leer la naturaleza como otros leen libros. Sabe cómo defenderse de un tigre —que en el llano es el jaguar— o de un lión —que es el puma—. Sabe cómo manipular una anaconda. Sabe cómo cruzar ríos crecidos a caballo mientras arrea ganado. Reconoce el nombre de las plantas, entiende los sonidos del monte, distingue el comportamiento de los animales y respeta todo lo que vive porque sabe que en el llano nadie sobra.

También contempla. Y eso importa.




Contempla los amaneceres, los arreboles, las puestas de sol. Les canta. Les escribe. Hace poesía de lo que ve, aunque no siempre lo ponga en papel. Porque el llanero faculto lleva dentro una sensibilidad que no se nota al principio, pero que está ahí, intacta, latiendo bajo la rudeza.

Conoce la música llanera porque creció con ella. Reconoce cada golpe, cada pasaje, cada seis por derecho, cada zumba que zumba, cada golpe recio. Sabe contrapuntear, entona cantos de vaquería, de ordeño, de cabrestero y de becerrero. Toca algún instrumento y zapatea el joropo como si el suelo le respondiera. Sabe hacer sonar un cacho. Y sabe vestir como debe vestir un llanero de verdad: pies desnudos, pantalón arremangado, cuchillo al cinto, camisa entreabierta, poncho y sombrero. Uno para cada ocasión: el veguero, el de trabajo, el borsalino pelo e’ guama, el del parrando o el Stetson de los días especiales, cuando el llanero se pone el liki liki impecable y el orgullo también.



Don Isidro y la Guata del Pauto. Foto: Natalia Roa



Sabe de mitos y leyendas. De folclor, de gastronomía, de atuendos, de historias. Lleva sus raíces en alto y sus tradiciones en la conducta. Sabe de todo porque a un llanero faculto no le queda nada grande. Mucho menos la inmensidad del llano.

Y si alguien encarna esa definición con entereza, ese es Seudiel Gualteros Ríos, “Seco”, como lo llaman desde muchacho, porque de joven era flaco como un palo seco. Seudiel nació hace 52 años en las sabanas del Pauto, en San Luis de Palenque, Casanare. Es hijo de Jorge Gualteros y Olga María Ríos, y el octavo de nueve hermanos. Su hermano mayor, don Parmasio Isidro Gualteros, ha sido una figura fundamental en su vida, uno de esos hombres a quienes se les debe más de lo que las palabras alcanzan.


Seudiel Gualteros en su caballo.
Foto: Lucía Córdoba
En algunas ocasiones Seudiel tocaba el cuatro y Don Isidro tiene más de sesenta años y aún trabaja en el hato Mata de Palma, en El Encanto de Guanapalo. Es un hombre sabio, curtido de llano, sonriente y consejero. Un valiente. Uno de esos seres humanos que llevan en cada arruga y en cada cicatriz historias que solo pueden vivirse en la sabana. Don Isidro es, también, otro llanero faculto.

A veces, Seudiel tocaba el cuatro y cantábamos juntos “Cómo será mi tristeza”, una de las canciones más tristes y más hermosas que he escuchado en mi vida. Y llorábamos. Llorábamos pensando en don Isidro, en su vejez, en la vejez de cualquier llanero faculto. En el día inevitable en que sus manos ya no puedan limpiar el lomo de un caballo, ni montarlo, ni apretarle la cincha, ni salir al alba a trabajar como lo hicieron toda su vida. Hay algo profundamente doloroso en imaginar a un llanero obligado por los años a bajarse del caballo para siempre. Como dice la canción, ese sí debe ser “el peor castigo que les podrá dar los años”.


Seudiel creció al lado de Isidro. Juntos hicieron trabajos de llano en los hatos zambraneros y en otros predios de San Luis de Palenque, Trinidad y Orocué. Se formó con las enseñanzas de su hermano y con lo aprendido en el albergue que fundó el primer Gerardo Zambrano en el hato El Encanto. Allí recibió educación, disciplina y sabiduría sabanera. Pero a los 17 años, como tantos otros, tuvo que probar suerte lejos de su tierra.

Se fue para Cundinamarca, a trabajar en una finca en Cachipay.

Allí, por primera vez en su vida, tuvo que cubrirse los pies. Tuvo que ponerse zapatos.

Y eso, para un llanero pata al suelo, ya es casi una tragedia cultural.

Años después volvió al llano, llamado por algo más fuerte que la costumbre: la raíz. Volvió a desnudar los pies y a reconectarse con la tierra que lo había hecho. Desde entonces, cada vez que ha tenido que viajar a Bogotá o a otra ciudad, lo ha hecho en alpargatas. Solo una vez lo vi usando botas de caucho, y fue por una herida profunda en uno de sus pies.



Pies descalzos de Seudiel Gualteros.
Foto: Lucía Córdoba

una herida profunda en uno de sus pies.

Nadie ha descrito mejor esa relación entre los pies desnudos del llanero y la tierra que el Cachi Ortegón en su poema “Hecho en el llano”. Hay un fragmento que siempre vuelve a mí, porque dice una verdad absoluta:

“Permanece en su tierra y el contacto es completo, arranca y se afirma con el pie descalzo sobre la tierra pura; de tanto juntarse se parecen, la piel cuarteada de ella resquebraja los talones al otro; de tanto conocerse se castigan, ella a pura espina, él zapateando; de tanto quererse se marcan, él deja huellas, ella callos. Un llanero pata al suelo no camina, besa la tierra que lo besa.”

Y así volvió Seudiel: a besar la tierra que lo besaba.

De regreso al llano siguió su vida de vaquero, pero con una idea fija en la cabeza: hacer algo por su cultura, por sus tradiciones, por sus raíces. Siempre tuvo el propósito de aportar un granito de arena para que la sabiduría llanera perdurara en el tiempo. Y con esa convicción, él y su hermano Isidro se inscribieron en el reality El Gran Llanerazo, conocido también como El Robinson llanero, un programa creado por Otoniel Castañeda en 2004 para mostrarle al mundo el verdadero trabajo del llano.

Las pruebas no eran precisamente para blanditos: domar potros cerreros, ordeñar vacas mañosas, colear en campo abierto, nadar ríos crecidos, tocar instrumentos, cantar, bailar, cocinar, sacar anacondas de los esteros y hasta conquistar mujeres. Un resumen televisado de todo lo que exige ser llanero de verdad.

Isidro ganó el concurso de 2005. Seudiel ganó el del año siguiente. Y no contento con eso, también ganó la versión mundial, en la que participaron llaneros de Venezuela y Estados Unidos.

Doble ganador.

Todo un llanerazo.

Pero la historia de Seudiel no se quedó ahí.

Vestigio arqueológico encontrado por
Seudiel en su predio.

Tiempo después, en su predio La Candelilla, ubicado en la vereda Santana, a orillas del río Pauto, comenzó a cavar huecos para sembrar árboles nativos. Y fue entonces cuando el llano le entregó otra de sus revelaciones. Entre la tierra aparecieron pequeñas piezas de barro, formas antiguas, extrañas, delicadas. Las desenterró con curiosidad, empezó a hacer réplicas en madera y a preguntar.

Lo que había encontrado eran vestigios arqueológicos de la cultura indígena Achagua, uno de los pueblos más importantes que habitó esos territorios antes y durante la conquista española.



Vestigio arqueológico encontrado por
Seudiel en su predio.
Los Achagua fueron el pueblo más numeroso de los llanos del Orinoco. Se calcula que llegaron a ser más de 30 mil personas, asentadas principalmente en las riberas de los ríos Meta, Casanare y Apure. Eran comerciantes, organizados, complejos, con una cultura profunda y hasta una moneda propia llamada sartas de conchas quiripa. Luego llegaron los europeos, las misiones, el despojo, la violencia y la esclavitud. Su población se redujo brutalmente. Los sobrevivientes resistieron como pudieron. Hoy quedan apenas unas pocas comunidades protegidas en resguardos.

Vestigio arqueológico encontrado por
Seudiel en su predio.

Cuando Seudiel entendió la importancia de aquello que había encontrado, también entendió algo más íntimo: que esos vestigios eran parte de las raíces de su propia cultura llanera. Eran huellas de sus ancestros. Tesoros antiguos que la tierra le estaba devolviendo para que él los cuidara y le contara al mundo que existieron.

Y entonces hizo lo que hacen los hombres grandes cuando sienten una misión verdadera: se puso a trabajar.

En 2006 inició su emprendimiento familiar: El Rancho Museo El Llanerazo.

Su esposa, compañera y socia, su fiel Una vez más echó mano de los conocimientos que le dio la vida y levantó dos ranchos con techo de palma. En uno reunió herramientas y objetos del llano: tinajas antiguas, cuchillos de hueso, implementos de cuero, cueros de anaconda, cráneos, reliquias de la vida sabanera. En el otro adecuó el espacio para exponer con devoción las piezas de barro que ha ido encontrando y que conserva con un respeto conmovedor.

Su esposa, compañera y socia, Diana Caicedo Reyes, ha estado a su lado desde el principio. Fiel aliada, soporte de cada idea, hoy es quien se encarga de la logística y de la atención a los turistas que visitan el rancho. Sus hijas, Eliana y Laura Gualteros, dos llanerazas de pura cepa, también forman parte del proyecto. Eliana es guía tanto del Rancho Museo como de las reservas de El Encanto de Guanapalo; Laura, la menor, sigue estudiando, pero ya va detrás de las huellas de su padre. Pronto será otra voz más contando al mundo las bellezas del llano.

Rancho con techo de palma. Rancho Museo El Llanerazo
Foto: Lucía Córdoba

A Seudiel lo han apoyado distintas organizaciones, pero vale la pena nombrar especialmente a la Secretaría de Turismo de la Alcaldía de Trinidad, liderada en ese momento por Alexis Duarte, quien ayudó a posicionar la figura del Llanerazo en el turismo casanareño, haciendo de Seudiel uno de sus símbolos más auténticos.

En 2017 tuve la fortuna, junto con la Fundación Cunaguaro, de llevar al primer grupo de treinta extranjeros a conocer su rancho. Fue una experiencia inolvidable. Para ellos, ver por primera vez a un llanero real, de pies descalzos, haciendo sonar un cacho, cantando cantos de vaquería, contando la historia de sus ancestros, bailando joropo con ellos y sirviendo sancocho de gallina criolla a orillas del mítico Pauto, fue algo que difícilmente olvidarán.


Rancho Museo El Llanerazo. Foto: Lucía Córdoba

En 2018, cuando Seudiel ya era ampliamente reconocido, promovimos con Alexis Duarte y la Fundación Cunaguaro un embellecimiento comunitario en el malecón de San Luis de Palenque. Allí, el artista local Carlos Orlando Achagua pintó un mural hermoso de Seudiel cruzando el río Pauto a caballo. Una imagen justa. Casi inevitable.

En 2019, de nuevo con la Fundación Cunaguaro y el Programa Riqueza Natural, logramos coordinar un evento de dos días en el Rancho Museo, donde se realizó el cierre del proceso de conformación del Sistema Municipal de Áreas Protegidas (SIMAP) de San Luis de Palenque. Participaron representantes del Instituto Humboldt, WWF, Parques Nacionales Naturales, Corporinoquia, organizaciones ambientales, propietarios de reservas y funcionarios públicos. También embellecimos una de las unidades sanitarias del rancho y, sobre todo, conseguimos que todas esas instituciones reconocieran el trabajo admirable de Seudiel y su familia.

                               

Más adelante, con la Asociación de Becarios de Casanare (ABC), logramos aprobar la financiación para un proyecto enfocado en la conservación de las abejas nativas y la producción de su miel, del que Seudiel, su familia y varios vecinos de la vereda también serían beneficiarios.


Mural de Seudiel Gualteros pasando el río Pauto en su caballo, obra de Carlos Orlando Achagua. Malecón de San Luis
de Palenque.

Hoy, universidades y organizaciones siguen apoyando al Rancho Museo para estudiar más a fondo sus vestigios arqueológicos y contar con mayor detalle esa historia antigua que duerme bajo la tierra del Pauto. Seudiel continúa trabajando como guía local para diferentes operadoras turísticas de la región; Diana sigue al frente del rancho; sus hijas siguen tomando la posta. El proyecto ha crecido tanto que, solo en 2018, 284 personas visitaron el Rancho Museo. Seudiel ha sido protagonista de documentales, modelo de fotografías exhibidas en hoteles importantes y personaje central de artículos que reconocen su trabajo en la divulgación de la cultura llanera.

Embellecimiento de la unidad sanitaria del Rancho Museo
El Llanerazo. 

Pero más allá de cifras, reconocimientos y diplomas, para mí este texto es una cosa mucho más simple y mucho más grande:

Es un homenaje.

Un reconocimiento a Seudiel, el llanero faculto. El gran llanerazo. El hombre por el que conocí el llano. El que me enseñó su tierra, sus costumbres, sus saberes y me hizo parte de su familia. Con él anduve las sabanas con turistas y sin ellos; contemplamos la belleza del paisaje, cantamos, bailamos, reímos, comimos, conversamos. Me mostró un mundo que yo no conocía y del que me enamoré perdidamente.


Familia de Seudiel Gualteros, de Izq a Der: Laura su hija menor, Medio Diana su esposa y derecha Eliana Gualteros.

Hoy estoy a diez mil kilómetros de distancia, pero sigo con los recuerdos pegados al llano.

Y con una gratitud inmensa hacia la vida por haberme permitido conocer a ese hombre de pies descalzos que cambió para siempre mi manera de entender el llano, la cultura… y la vida misma.




https://www.facebook.com/El-Llanerazo-Rancho-Museo-241921899556163/

jueves, 23 de abril de 2020

RICARDO, EL GUARDIÁN DEL "LIÓN" EN EL ENCANTO DE GUANAPALO

Ricardo con una gran boa constrictora, Foto tomada del
facebook de Ricardo.








































Ricardo Arévalo es otro de esos criollos que parecen haber sido hechos con la misma materia del llano: sol, barro, coraje y silencio. Trabaja en Altamira, uno de los hatos de El Encanto de Guanapalo, y basta verlo una sola vez para entender que pertenece a ese paisaje. Es un hombre acuerpado, moreno, fuerte, pata al suelo, con toda la esencia de la sabana metida en el cuerpo. Jinete de los buenos, ganadero por tradición y trabajador de llano abierto, de esos que cuidan el ganado con el alma entera y saben reconocer, casi sin mirar, los peligros y amenazas que acechan en la libertad del llano adentro.

Lo conocí en mi primera visita a Altamira. Ese día íbamos rumbo al garcero con un grupo de turistas extranjeros, y Ricardo había sido asignado como baquiano y guía del recorrido.

Para entonces, desde la Fundación Cunaguaro estábamos apoyando varios procesos en los hatos zambraneros de El Encanto, y uno de los más importantes era consolidar el turismo de naturaleza como una nueva apuesta de vida en estas tierras. Una de mis compañeras de campo y cómplice de muchas historias fue Samantha Rincón, una llanerita enamorada de los felinos y de la que hablaré en otra entrada, porque se lo merece. Meses antes, Samantha había estado en los hatos realizando la caracterización biológica —es decir, buscando y registrando animales y plantas—, uno de los requisitos fundamentales para avanzar en el proceso de registro como Reserva Natural de la Sociedad Civil ante Parques Nacionales Naturales.


Ricardo y Samantha Rincón en campo. Foto tomada
del Instagram de Samantha.

Su compañero de camino, precisamente, había sido don Ricardo.

Y juntos habían tenido la suerte que a muchos conservacionistas nos quita el sueño: ver un puma en libertad.

Samantha ya me había contado esa historia con la emoción todavía metida en la voz, así que yo estaba ansiosa por conocer a Ricardo, caminar la sabana con él y, quién quita, tener también la fortuna de ver a ese gran felino en su reino. Ese día, además, tuve la suerte de acompañarlo en uno de sus primeros pasos como guía de turismo de naturaleza.

Cuando supe que él sería quien nos llevaría al garcero, me emocioné bastante. Nos presentamos y él, con una expresión medio larga, medio preocupada, me lanzó una pregunta que todavía recuerdo con cariño:

—¿Y yo qué les voy a decir?

Creo que era la primera o segunda vez que salía como guía local con turistas extranjeros. Yo iba como guía principal por parte de la fundación, así que le respondí:

—Tranquilo, don Ricardo… que por el camino vamos contando cosas del llano.

Nos montamos a caballo y arrancamos.

A medida que nos alejábamos de la casa, el paisaje iba cambiando como si alguien nos estuviera abriendo capítulos distintos del mismo libro: esteros, potreros de pastos nativos, rastrojos, árboles majestuosos de aceite… Ese árbol siempre me ha parecido uno de los más hermosos del llano: tronco ancho, rojizo, copa frondosa, de un verde único. Tiene algo de monumento silencioso. Siempre he pensado que a los grandes felinos les debe fascinar descansar en sus ramas, camuflarse allí arriba y mirar el mundo con esa dignidad de quien no le debe explicaciones a nadie.

Al final del recorrido se abría una sabana limpia, rodeada de pequeñas matas de monte. Un lugar perfecto para esconder secretos. O pumas.

Entonces aproveché y le pregunté a Ricardo por aquel animal que había visto con Samantha. Me miró con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente que esa pregunta llevaba rato esperando salir, y le pedí que nos contara la historia a los turistas y a mí.


Puma visto por Ricardo y Samantha. Foto: Samantha Rincón
Fundación Cunaguaro


































Nos señaló la zona del caño Suárez y comenzó.

Nos dijo que una tarde, mientras acompañaba a “una doctora” a ver animales del llano, vio salir de entre el monte a un lión —así llaman al puma en el llano—, que venía con claras intenciones de cazar uno de los venados que pastaban en la sabana. Se dieron cuenta porque los venados estaban extraños, alertas, moviendo las orejas. Samantha, con ojo fino de bióloga, le dijo que algo estaban sintiendo. Y tenían razón. Por fortuna, ellos estaban lo bastante lejos para que el animal no los oliera, así que pudieron verlo un buen rato.

La emoción se nos disparó a todos de inmediato.

Empezamos a preguntarle si era grande, si cazó al venado, si le dio miedo, si había visto más pumas, si ese había sido el primero. Ricardo respondía sonriendo, todavía con esa mezcla deliciosa de extrañeza y orgullo. Dijo que en otras travesías por la sabana había visto uno que otro, pero que ese era un ejemplar grande, “un bicho grande”, como dijo él. También nos contó que no alcanzó a cazar al venado; más bien se echó a descansar en el borde de la mata de monte, y por eso pudieron contemplarlo un buen rato.

Nos dijo algo que me gustó mucho:

Que al llano, y a todo lo que vive en él, no hay que tenerle miedo… sino respeto.

Y en esa frase cabe medio mundo.

Explicó que él prefería alejarse, porque aunque el lión casi no se deja ver, sigue siendo un animal poderoso, dueño de su territorio. Sabían que andaba por ahí por las huellas, por los rastros, por esas señales que el monte le da a quien sabe leerlo, pero encontrarse con uno no era cosa fácil.

Y ahí, mientras avanzábamos por la sabana, aparecía también otro protagonista invisible de esta historia: el cambio de mirada.

Porque el puma, Puma concolor, ese felino inmenso que en el llano rebautizaron como lión, no es cualquier animal. Es el mamífero silvestre con una de las distribuciones más amplias del continente, el segundo felino más grande de Colombia y una especie que ha ido perdiendo gran parte de su hábitat por culpa de la expansión agroindustrial, la urbanización y la cacería. Tiene el pelaje de tonos habanos, cafés, rojizos o grises; la punta de la cola negra en los adultos; y los cachorros, además de ser una belleza escandalosa, nacen con manchas oscuras y ojos azules que luego cambian con la edad.


Puma (Puma concolor) Foto: Lucía Córdoba






















Como a muchos grandes felinos, al puma le ha tocado cargar con mala fama.

Se cree que caza ganado, y por eso muchos ganaderos lo ven como enemigo. Pero la realidad es bastante más compleja. Son pocos los registros confirmados de depredación de ganado, y generalmente se relacionan con individuos viejos, enfermos o con hembras en estados de alta demanda energética, como la preñez o la lactancia. En ecosistemas biodiversos como estas sabanas, donde abundan chigüiros, venados, cerdos de monte, babillas y hasta monos, el menú natural es amplio y mucho más atractivo. Además, alimentarse de sus presas silvestres les permite evitar el contacto con los humanos, algo que, por simple lógica, les conviene bastante.

Los grandes felinos están en la cima de la cadena alimenticia. Son de los primeros en desaparecer cuando sus territorios se alteran, porque necesitan espacio, alimento y tranquilidad. Por eso, donde hay pumas, suele haber buenas noticias: significa que todavía hay biodiversidad suficiente para sostenerlos. Son, además, especies sombrilla. Protegerlos a ellos implica proteger a muchas otras especies y procesos ecológicos que dependen del mismo territorio.


Foto de un Puma realizada por Ricardo Arévalo.
Foto tomada del facebook de Ricardo.

Y esa era justamente una de las razones por las que quienes trabajamos en conservación preguntábamos tanto por ellos. Esa insistencia era lo que a don Ricardo le parecía tan raro.

Ya casi llegando al garcero, se me acercó con el caballo y me preguntó:

—Doctora, ¿por qué a la gente le gusta saber tanto de ese animal, si ese bicho es peligroso y se traga el ganado?

Yo le respondí con otra pregunta:

—¿A usted no le parece que ese animal es muy bonito y poderoso?

Se quedó pensando un momento y luego dijo:

—Mmm… sabe que yo nunca me había puesto a ponerle atención a ese bicho. Cuando lo vimos con Samantha nos quedamos mirándolo por mucho tiempo… y sí que es bonito ese plago.

No pude evitar sonreír.

Le dije:

—¿Sí ve? Además, es un animal difícil de ver. Usted mismo lo dijo. Ya quedan muy pocos. Ver uno es una fortuna. Los han matado por la piel y porque creen que se comen el ganado.



Foto de un cachorro de Puma tomada por Ricardo Arévalo.
Foto tomada del facebook de Ricardo.

Luego le pregunté:

—De todo el tiempo que lleva trabajando con ganado en estas tierras, ¿cuántos animales se le ha comido el puma?

Ricardo se quedó callado, mirando la sabana como quien rebusca recuerdos en el horizonte.

—Yo no recuerdo… uno que otro, tal vez. Pero con tanto chigüiro y venado que anda por ahí, pues tiene mucho para comer.

Y ahí estaba.

La respuesta había salido sola.

Seguimos hablando y, en medio del camino, me confesó que todavía le costaba entender por qué a la gente le gustaba tanto venir a la sabana. Le parecía raro eso del turismo.

—¿A qué van a venir? ¿A ver qué? Si esto por acá todo es igual… y es peligroso.

Yo me reí, porque esa frase la he escuchado muchas veces en el llano. Y le contesté:

—Don Ricardo, para usted todo esto es normal porque usted nació, creció y trabaja aquí. Pero para nosotros, los guates que venimos de la ciudad, esto es un espectáculo. Imagínese: yo nací y crecí en Bogotá. Allá lo que uno ve es cemento, trancones, gente en corbata corriendo para no perder el bus, oficinas, afán y contaminación. El animal más exótico que aparece es un copetón en un árbol triste. En cambio venir acá, verlos a ustedes andar descalzos por una sabana llena de bichos, con cuchillo en la cintura, sombrero, caballo y algunos hasta con la boca negra del chimó… eso para nosotros es como ver personajes de película. Y que además sean ustedes mismos quienes nos lleven a conocer animales que antes solo veíamos en documentales, pues es una maravilla.


Puma concolor. Foto: Lucía Córdoba

No sé si fue mi entusiasmo, el paisaje o que ya se le iba acomodando el oficio de guía, pero don Ricardo se quedó pensando.

Cuando llegamos al garcero, el llano nos regaló uno de esos espectáculos que dejan a cualquiera sin argumento.

Nos bajamos de los caballos y empezamos a caminar. Aquello estaba lleno de vida: corocoras, garzas paletas, garzas morenas, garzas reales, garcitas del ganado, anhingas, garzas cucharas, zamuritas y muchas más. Todas juntas le daban a la sabana un estallido de color que parecía pintado a propósito. Los turistas no dejaban de tomar fotos, exclamar, abrir los ojos y agradecer internamente no haberse quedado en un resort mirando piscina.

Al internarnos más, vimos los nidos llenos de pichones. Y ahí estaba una de las escenas más tiernas del mundo natural: cuerpos mínimos, plumones despeinados, picos enormes, ojos desproporcionados y esa torpeza encantadora de quien acaba de llegar al mundo sin manual de instrucciones. El ruido era ensordecedor. Miles de garzas adultas y de polluelos haciendo de las suyas en una sinfonía salvaje.


Foto de la sabana inundable en Casanare, ganado, garzas, venados, chigüiros y caballos salvajes junto a un estero.
Foto: Lucía Córdoba


Pero abajo, como recordatorio de que la naturaleza no tiene filtros pastel, el agua esperaba.

Entre el barro húmedo y la fuente hídrica que corría bajo los árboles del garcero, varias babillas permanecían quietas, pacientes, sabiendo que tarde o temprano algún pichón torpe caería del nido. Y cayeron. Durante el recorrido vimos varios episodios de depredación, de esos que a uno le parten un poquito el alma pero también le recuerdan que la vida funciona así: bellísima, dura, perfecta y cruel al mismo tiempo.

Cuando salimos del garcero, nos estaba esperando el arrebol de un atardecer llanero. El cielo se encendió y el sol hizo lo suyo, como siempre, pero esa tarde parecía más decidido a lucirse. Los turistas quedaron con la boca abierta. Y no era para menos. Agradecieron a don Ricardo por acompañarlos y por mostrarles ese lugar. Él recibió esos elogios con una mezcla hermosa de orgullo y alegría, como quien empieza a descubrir que su mundo, ese que creía común, puede ser extraordinario para otros.



Pichones de garza en el garcero de Altamira.
Foto: Lucía Córdoba

De regreso a la casa del hato se me acercó otra vez con su caballo y me dijo algo que nunca olvidé:

—Ahora entiendo por qué quieren venir… claro, es la sabana vista desde otros ojos. Desde los ojos del guate, que todo le sorprende.

A las pocas semanas volví a acompañar a otro grupo de turistas a las reservas de El Encanto de Guanapalo. Y otra vez estaba Ricardo como guía.

Pero ya no era el mismo.

Esta vez me saludó mucho más animado, me mostró fotos de rastros del puma y hasta una imagen nocturna, tomada como pudo, de uno de esos felinos comiéndose un chigüiro. Me dijo que quería ahorrar para comprarse un celular mejor y sacar fotos más nítidas, que ya le tenía identificado el rastro al animal y que eso de seguirlo, observarlo y cuidarlo le estaba gustando bastante.


Ricardo en su caballo. Foto de Julián Mejía
Tomada del facebook de Ricardo

Nos montamos a caballo y, sin necesidad de empujón, él solo empezó a contar historias como un guía veterano. Y entre todas, volvió a contar la del puma que vio con Samantha. Pero esta vez había algo distinto en su manera de narrarla: ya no hablaba del animal con desconfianza, sino con admiración.

Lo más bonito fue escucharlo decirles a los turistas que ese avistamiento y su experiencia como guía le habían cambiado la forma de ver al felino. Que antes lo sentía casi como un enemigo, que le tenía miedo y prefería evitarlo. Pero que ahora, al entender lo importante que era para la sabana y al ver cómo tanta gente se emocionaba solo con escuchar la historia de haberlo visto, le había cogido interés. Quería saber más. Quería seguir sus rastros. Quería fotografiarlo.

Hoy Ricardo es, sin exagerar, uno de los guardianes del puma en las reservas.

Sigue sus huellas, busca señales, toma fotos cuando puede y comparte con los visitantes la emoción de saber que ese gran felino anda por ahí, incluso cuando no se deja ver. Entendió que muchas veces el turismo no consiste solo en mostrar un animal, sino en enseñar a imaginarlo, a respetarlo, a reconocer su importancia incluso en la ausencia.

También comprendió algo más profundo: que el turismo puede ser una forma de contar su mundo, de darle valor a sus saberes y de hacer visible una vida que durante mucho tiempo pareció invisible para los de afuera.

Hoy Ricardo es uno de los guías locales más importantes de El Encanto de Guanapalo. Ha participado en capacitaciones de avistamiento de aves y guía de naturaleza, procesos impulsados por la Fundación Cunaguaro, por el doctor Alexis Duarte —entonces secretario de turismo del municipio— y por el clúster de turismo de Casanare. Ahora alterna dos pasiones: la vaquería y la guianza turística. Dos formas distintas, pero complementarias, de cuidar el territorio.


Atardecer y garcero de Altamira. Foto: Lucía Córdoba


Con la Fundación Cunaguaro iniciamos los trabajos de turismo de naturaleza en las reservas de El Encanto de Guanapalo. Y gracias al empeño de Laura Miranda, quien creyó desde el principio en sacar adelante esta apuesta para Casanare, hoy son muchos más los criollos que han encontrado en el turismo una nueva posibilidad de trabajo, una manera digna de ser reconocidos por sus conocimientos, su cultura y su relación con la sabana.

Hoy ellos son protagonistas de la conservación de la sabana inundable.

Porque sin criollos, sin vacas, sin caballos y sin pumas… no hay sabana.

Y eso, al final, es lo que más me conmueve de esta historia.

Que sí es posible cambiar percepciones.

Que una charla a caballo, un avistamiento inesperado, un recorrido al atardecer o una conversación sincera pueden transformar la manera en que alguien entiende un animal, un paisaje o incluso su propio lugar en el mundo.

Cuando uno comprende la naturaleza en todas sus conexiones, en sus fragilidades y en su belleza, también empieza a entender mejor la vida.



Fotografía de una cría de puma tomada con las cámaras trampa
de la Fundación Cunaguaro en el núcleo de Reservas del
Encanto de Guanapalo.
Foto: Tomada del facebook de Fundación
Cunaguaro

Sé que Samantha también cuenta esta historia desde su propia vivencia, y ojalá sean muchos más quienes la cuenten y la compartan. Porque historias así merecen repetirse. Merecen viajar. Merecen sembrar algo.

Sobre todo por los grandes felinos.

Sobre todo por la sabana.

Y sobre todo por hombres como Ricardo, que sin darse mucha cuenta pasaron de temerle al puma… a convertirse en sus guardianes.


Datos bibliográficos tomados del libro Los Felinos de Colombia del Instituto Alexander Von Humboldt.

lunes, 20 de abril de 2020

ESPINDOLA, EL LLANERO DE LA SONRISA ETERNA DEL ENCANTO DE GUANAPALO

Don Espíndola y La Guata en las sabanas de Mata de Palma.
Foto: Natalia Roa















El primer hato que conocí del núcleo de reservas de El Encanto de Guanapalo fue Mata de Palma. Y lo recuerdo como se recuerdan los lugares que a uno lo desarman por dentro: con una mezcla de asombro, cariño y una nostalgia que llega sin pedir permiso.

Lo primero que hicimos al llegar a la casa del hato fue acercarnos a la cocina a tomar preparada, una bebida sencilla y gloriosa que hacen con limón y panela. La panela, para quien no la conozca, es una especie de tesoro nacional colombiano: azúcar en estado honesto, sin disfraces, sin refinamientos y sin pretensiones. Sale directamente del jugo de la caña y sabe a campo, a infancia y a remedio contra el calor.

La cocina de Mata de Palma era —y seguro sigue siendo— preciosa. Queda separada de la casa, hacia el costado izquierdo, con vista directa a la cañada donde andan los chigüiros como si fueran los verdaderos dueños del lugar, que probablemente lo son. El techo de la cocina se comparte con una gran mesa de comedor de madera, de esas mesas que no invitan a comer: invitan a quedarse. En uno de los costados está la tasajera, la estructura de madera donde secan la carne, conviviendo en armonioso desorden con gallinas, patos, algún chulo descarado, chiriguares y carracos, todos pendientes de la mínima distracción humana para ver si se roban algo. Digamos que la vigilancia en esa cocina era comunitaria y bastante interesada.


Tasajera típica llanera. Foto: Lucía Córdoba Prieto
La tasajera es uno de esos inventos brillantes que nacen de la necesidad. Durante años, en los hatos no hubo luz ni neveras, así que la carne había que secarla al sol si se quería conservar. Y aunque hoy algunos ya tienen energía y frigorífico, la tasajera sigue ahí, firme, como si dijera: “a mí no me reemplaza ningún enchufe”. Junto a ella suele estar otro objeto sagrado de la casa llanera: la tinaja, esa gran vasija de barro llena de agua fresca para recibir al que llega sediento después de una travesía por la sabana. Tradicionalmente, en los hatos siempre hay una tinaja en la entrada y otra cerca de la cocina o el comedor. El barro mantiene el agua fresca durante el día, así que aquello era como tener aire acondicionado, pero sin factura de la luz y con mucho más encanto.

En Mata de Palma, la tinaja estaba a un costado de la mesa del comedor.

Frente a la cocina se abría un pequeño claro presidido por un árbol de mango centenario, plantado justo en la mitad, como si alguien hubiera pensado hace cien años: “algún día aquí alguien va a necesitar sombra, y posiblemente mangos cayéndole en la cabeza”. En los días de mucho sol y poco viento, la mesa de madera se trasladaba bajo el árbol, y entonces las comidas se volvían especialmente memorables… y un poco peligrosas, porque cuando el mango está cargado, uno nunca sabe si le va a caer inspiración o fruta madura.


Tinaja con agua fresca,
Foto: Lucía Córdoba

Detrás de la cocina comenzaba un pequeño bosque de árboles nativos que conectaba la casa con la sabana abierta. Más allá, el ganado compartía forraje y agua con los chigüiros. Y si algo tenía Mata de Palma, además de belleza y silencio, era chigüiros. He visto muchos en mi vida, pero nunca tantos como allí. Cientos. Tal vez miles, si uno se dejaba impresionar. Estaban por todas partes, como si alguien hubiera decidido llenar el paisaje de capibaras para volverlo más perfecto. Cada vez que pienso en Mata de Palma, lo primero que me viene a la mente es esa cañada viva, llena de chigüiros, como una procesión permanente de roedores gigantes y absolutamente convencidos de su importancia.

Fue en ese hato, y en esa cocina, donde conocí a ese llanero de sonrisa eterna.

La primera vez que nos presentamos, él estaba tímido, con la cabeza agachada. Yo me acerqué, le dije mi nombre y él, tomándome la mano con respeto y sin mirarme a los ojos, me respondió:

—Mucho gusto, doctora. Mi nombre es Espíndola.

Con la llegada del petróleo y del arroz a la sabana, llegaron también muchos foráneos, muchos “guates” y “guatas”, sobre todo ingenieros, técnicos y gente de casco limpio. Así que en el llano se volvió costumbre llamarles a todos doctor, doctora, ingeniero o ingeniera, aunque no tuvieran nada que ver con eso. Y por más que uno insistiera en que tenía nombre, ya estaba bautizado. En mi caso, fui “doctora” desde el minuto uno y hasta el final. El llano no pregunta por títulos: los reparte.


Biodiversidad de la cañada del Hato Mata de Palma en el núcleo de reservas "El Encanto de Guanapalo. Video: Lucía Córdoba


Después de presentarse, don Espíndola siguió su camino acompañado de dos perros que parecían parte oficial de su uniforme. Tomó una taza, abrió la tinaja y se sirvió agua. Yo me quedé mirándolo como quien presencia un rito antiguo. Era la primera vez que veía una tinaja en mi vida. No entendía qué estaba haciendo, qué sacaba de ahí ni qué era exactamente lo que se estaba tomando. En mi cabeza de bogotana desorientada, consideré la posibilidad de que fuera guarapo, algún brebaje llanero misterioso o una de esas cosas que uno oye nombrar y prefiere no preguntar.

Pero pregunté.

—¿Qué es lo que toma? —le dije, entre curiosa y desconfiada.

Él respondió, muy tranquilo:

—Agua fresca… pero esa es para los trabajadores. Para usted, doctora, pida agua fría o preparada de la nevera.

Y yo, terca como buena guata en proceso de adaptación, le respondí:

—No, no, no. Yo quiero tomar de esa agua.

Luego señalé la vasija y pregunté:

—¿Y esa cómo se llama?

Ahí fue cuando me miró por primera vez a los ojos.

Tenía en la cara una mezcla exacta entre sorpresa, ternura y ganas de burlarse un poquito. Me preguntó de dónde era. Le dije que de Bogotá. Y entonces se sonrió de esa manera que no necesita traducción: la sonrisa universal de quien acaba de confirmar que uno sí está bastante lejos de su ecosistema natural.

Don Espíndola y La Guata. Foto: Natalia Roa
















Y tenía razón.

Yo era mucha guata. Muchísima.

No sabía casi nada del llano: ni de sus costumbres, ni de sus palabras, ni de sus mitos, ni de sus silencios. Nada. Así que se lo dije sin pena:

—Soy de Bogotá, y en una ciudad de esas no hay vacas, ni chigüiros, ni tinajas… solo trancones, paredes, concreto, contaminación y gente amargada.

Tomé una taza, abrí la tinaja, me serví agua y me quedé acompañándolo mientras le decía, con toda honestidad, la fortuna que me parecía vivir en un lugar así. Le pregunté por su vida en el llano, y desde ese momento no dejó de hablar.

Y menos mal.

Me contó cómo era un día suyo en la sabana, el trabajo que hacía, las jornadas largas, las travesías, las noches de cantos e historias compartidas con sus compañeros. La cabeza se le levantó, la mirada se le afirmó y las palabras le salieron acompañadas de una sonrisa inmensa, de esas sonrisas que parecen haberse instalado para siempre en el rostro. Nos interrumpieron y cada uno siguió con lo suyo: él, con sus perros, a trabajar llano; yo, a recorrer el predio.

Y fue precisamente en ese recorrido donde apareció otra de mis finísimas costumbres.


Carracas de marrano de monte en los broches de un Hato.
Foto: Lucía Córdoba















Caminando por la sabana encontré la caravera de un toro muerto, con los cuernos intactos. La recogí y me la llevé, feliz, aunque olía un poco mal —o bastante mal, para ser exactos—, con la intención de limpiarla y conservarla. No sé bien por qué me gustan tanto los cráneos de animales y los cuernos del ganado. Supongo que tienen para mí el mismo encanto que para otra gente tiene una orquídea fina o una pieza de cerámica. Esos restos que el verano va dejando sobre los pastos me parecen tesoros. Sí, lo sé: mis gustos decorativos no siempre inspiran tranquilidad.

De regreso a la casa me encontré de nuevo con don Espíndola, que me miró con auténtica expresión de horror y me preguntó:

—¿Qué hace con eso tan feo?


Don Espíndola, sus perros y La Guata. Foto: Natalia Roa
















Le expliqué que me gustaban, que quería tener algunos en casa, así como ellos decoraban broches y paredes con carracas de marranos de monte, cachos y otras maravillas del diseño sabanero.

Creo que desde ese momento decidió dos cosas sobre mí: una, que yo estaba definitivamente loca; y dos, que le caía bien.

Y así empezó una amistad bellísima.

Cada vez que llegaba al hato iba derecho a la cocina, preguntaba por don Espíndola, lo mandaban llamar y él aparecía, siempre con sus perros y siempre con su sonrisa, como si me estuviera esperando desde hacía tres días. Nunca lo vi sin esa expresión luminosa en la cara. Era una sonrisa instalada, una de esas que no dependen del clima ni del sueldo ni del estado del mundo.

Cada uno cogía su taza, tomábamos agua de la tinaja y luego un café cerrero bien caliente. Él me contaba de sus andanzas en la sabana, de sus encuentros, de sus creencias, de sus sustos y de sus certezas. Y casi siempre, al final, me tenía un regalo guardado en la tasajera: una pluma, un hueso, una calavera, algún hallazgo de sabana que había reservado para mí. Yo no sé si alguna vez alguien se sintió tan comprendida a través de restos óseos, pero yo sí.

Como él sabía que yo trabajaba con fauna y me veía tomando fotos por todo lado, un día decidió sorprenderme con algo “especial”.

Y vaya si lo logró.

Se encontró una boa constrictor, la metió en un barril plástico y cuando me vio llegar vino hacia mí afanado, feliz, casi como niño con juguete nuevo.

—Le tengo algo que seguro una guata como usted nunca ha visto tan cerca —me dijo—. Pero no se me vaya a asustar, que ella no hace nada. Vamos a soltarla en la cañada.

Yo, que aparentemente no aprendía a sospechar a tiempo, fui.

Don Espíndola y La Guata. Foto Natalia Roa
















Llegamos a la orilla del agua. Abrió el barril y sacó con muchísimo cuidado una boa enorme, de unos tres metros, gruesa, impecable, con unas escamas tan perfectas que parecía diseñada por alguien con demasiado talento. Era hermosa. Imponente. El tipo de animal que le recuerda a uno, en un segundo, que la naturaleza tiene mejor gusto que nosotros.

Mientras me la mostraba, me contó cómo la había encontrado, dónde estaba, cómo la agarró. Luego me dijo que estaba llena de garrapatas y que antes de liberarla íbamos a limpiarla.

Y ahí estaba yo.

En la orilla de una cañada casanareña, quitándole garrapatas a una boa de tres metros mientras un llanero sonreía con total tranquilidad. Bogotá no me preparó para eso. Ningún plan de vida me preparó para eso.

Pero lo hicimos.

Una a una se las quitamos, y luego la dejamos libre en el agua.

Cuando la soltó, don Espíndola me dijo algo que nunca olvidé:

—Las boas son muy importantes para los caños, los ríos y las quebradas. Donde vive una de ellas, jamás se seca el agua. Es el bicho que cuida el agua.

Cráneo  de Caimán llanero.
Foto: Lucía Córdoba

Y así, entre historias, supersticiones, sabiduría y realidad, me fue enseñando a mirar la sabana con otros ojos.

Gracias a don Espíndola conocí el llano desde adentro, no desde los libros ni desde los informes. Lo conocí a través de sus relatos, de sus creencias, de su humor y de su manera de estar en el mundo. Gracias a él entendí que la sabana no solo se camina: también se escucha.

Y sí, gracias a él también tengo una colección de cráneos y restos de animales que probablemente haría salir corriendo a cualquier decorador de interiores: de babilla, de zaino, de aves, de venado, de chulo, caparazones de tortuga y hasta uñas de oso palmero. Mi versión del lujo, al parecer, siempre fue un poco… específica.

El día que nos despedimos nos dimos un abrazo fuerte, de esos que se sienten verdaderos.

Él quedó con el compromiso de cuidar de mi caballo, Tucusito, nombre que los llaneros usan para los colibríes. A Tucusito me lo regalaron en el hato, y quiero creer —necesito creer— que sigue corriendo libre por esa sabana inmensa, con el viento pegándole en la cara y la libertad haciendo lo suyo.

Don Espíndola se quedó con una foto de los dos.

Y yo me quedé con algo más grande: con su sonrisa eterna, con el sonido del agua saliendo de la tinaja, con el café cerrero, con las historias de la sabana y con la certeza de que hay personas que, sin proponérselo, le cambian a uno la manera de mirar el mundo.

A veces pienso que yo llegué a Mata de Palma buscando paisaje.

Y terminé encontrando un amigo.

 

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