lunes, 20 de abril de 2020

ESPINDOLA, EL LLANERO DE LA SONRISA ETERNA DEL ENCANTO DE GUANAPALO

Don Espíndola y La Guata en las sabanas de Mata de Palma.
Foto: Natalia Roa















El primer hato que conocí del núcleo de reservas de El Encanto de Guanapalo fue Mata de Palma. Y lo recuerdo como se recuerdan los lugares que a uno lo desarman por dentro: con una mezcla de asombro, cariño y una nostalgia que llega sin pedir permiso.

Lo primero que hicimos al llegar a la casa del hato fue acercarnos a la cocina a tomar preparada, una bebida sencilla y gloriosa que hacen con limón y panela. La panela, para quien no la conozca, es una especie de tesoro nacional colombiano: azúcar en estado honesto, sin disfraces, sin refinamientos y sin pretensiones. Sale directamente del jugo de la caña y sabe a campo, a infancia y a remedio contra el calor.

La cocina de Mata de Palma era —y seguro sigue siendo— preciosa. Queda separada de la casa, hacia el costado izquierdo, con vista directa a la cañada donde andan los chigüiros como si fueran los verdaderos dueños del lugar, que probablemente lo son. El techo de la cocina se comparte con una gran mesa de comedor de madera, de esas mesas que no invitan a comer: invitan a quedarse. En uno de los costados está la tasajera, la estructura de madera donde secan la carne, conviviendo en armonioso desorden con gallinas, patos, algún chulo descarado, chiriguares y carracos, todos pendientes de la mínima distracción humana para ver si se roban algo. Digamos que la vigilancia en esa cocina era comunitaria y bastante interesada.


Tasajera típica llanera. Foto: Lucía Córdoba Prieto
La tasajera es uno de esos inventos brillantes que nacen de la necesidad. Durante años, en los hatos no hubo luz ni neveras, así que la carne había que secarla al sol si se quería conservar. Y aunque hoy algunos ya tienen energía y frigorífico, la tasajera sigue ahí, firme, como si dijera: “a mí no me reemplaza ningún enchufe”. Junto a ella suele estar otro objeto sagrado de la casa llanera: la tinaja, esa gran vasija de barro llena de agua fresca para recibir al que llega sediento después de una travesía por la sabana. Tradicionalmente, en los hatos siempre hay una tinaja en la entrada y otra cerca de la cocina o el comedor. El barro mantiene el agua fresca durante el día, así que aquello era como tener aire acondicionado, pero sin factura de la luz y con mucho más encanto.

En Mata de Palma, la tinaja estaba a un costado de la mesa del comedor.

Frente a la cocina se abría un pequeño claro presidido por un árbol de mango centenario, plantado justo en la mitad, como si alguien hubiera pensado hace cien años: “algún día aquí alguien va a necesitar sombra, y posiblemente mangos cayéndole en la cabeza”. En los días de mucho sol y poco viento, la mesa de madera se trasladaba bajo el árbol, y entonces las comidas se volvían especialmente memorables… y un poco peligrosas, porque cuando el mango está cargado, uno nunca sabe si le va a caer inspiración o fruta madura.


Tinaja con agua fresca,
Foto: Lucía Córdoba

Detrás de la cocina comenzaba un pequeño bosque de árboles nativos que conectaba la casa con la sabana abierta. Más allá, el ganado compartía forraje y agua con los chigüiros. Y si algo tenía Mata de Palma, además de belleza y silencio, era chigüiros. He visto muchos en mi vida, pero nunca tantos como allí. Cientos. Tal vez miles, si uno se dejaba impresionar. Estaban por todas partes, como si alguien hubiera decidido llenar el paisaje de capibaras para volverlo más perfecto. Cada vez que pienso en Mata de Palma, lo primero que me viene a la mente es esa cañada viva, llena de chigüiros, como una procesión permanente de roedores gigantes y absolutamente convencidos de su importancia.

Fue en ese hato, y en esa cocina, donde conocí a ese llanero de sonrisa eterna.

La primera vez que nos presentamos, él estaba tímido, con la cabeza agachada. Yo me acerqué, le dije mi nombre y él, tomándome la mano con respeto y sin mirarme a los ojos, me respondió:

—Mucho gusto, doctora. Mi nombre es Espíndola.

Con la llegada del petróleo y del arroz a la sabana, llegaron también muchos foráneos, muchos “guates” y “guatas”, sobre todo ingenieros, técnicos y gente de casco limpio. Así que en el llano se volvió costumbre llamarles a todos doctor, doctora, ingeniero o ingeniera, aunque no tuvieran nada que ver con eso. Y por más que uno insistiera en que tenía nombre, ya estaba bautizado. En mi caso, fui “doctora” desde el minuto uno y hasta el final. El llano no pregunta por títulos: los reparte.


Biodiversidad de la cañada del Hato Mata de Palma en el núcleo de reservas "El Encanto de Guanapalo. Video: Lucía Córdoba


Después de presentarse, don Espíndola siguió su camino acompañado de dos perros que parecían parte oficial de su uniforme. Tomó una taza, abrió la tinaja y se sirvió agua. Yo me quedé mirándolo como quien presencia un rito antiguo. Era la primera vez que veía una tinaja en mi vida. No entendía qué estaba haciendo, qué sacaba de ahí ni qué era exactamente lo que se estaba tomando. En mi cabeza de bogotana desorientada, consideré la posibilidad de que fuera guarapo, algún brebaje llanero misterioso o una de esas cosas que uno oye nombrar y prefiere no preguntar.

Pero pregunté.

—¿Qué es lo que toma? —le dije, entre curiosa y desconfiada.

Él respondió, muy tranquilo:

—Agua fresca… pero esa es para los trabajadores. Para usted, doctora, pida agua fría o preparada de la nevera.

Y yo, terca como buena guata en proceso de adaptación, le respondí:

—No, no, no. Yo quiero tomar de esa agua.

Luego señalé la vasija y pregunté:

—¿Y esa cómo se llama?

Ahí fue cuando me miró por primera vez a los ojos.

Tenía en la cara una mezcla exacta entre sorpresa, ternura y ganas de burlarse un poquito. Me preguntó de dónde era. Le dije que de Bogotá. Y entonces se sonrió de esa manera que no necesita traducción: la sonrisa universal de quien acaba de confirmar que uno sí está bastante lejos de su ecosistema natural.

Don Espíndola y La Guata. Foto: Natalia Roa
















Y tenía razón.

Yo era mucha guata. Muchísima.

No sabía casi nada del llano: ni de sus costumbres, ni de sus palabras, ni de sus mitos, ni de sus silencios. Nada. Así que se lo dije sin pena:

—Soy de Bogotá, y en una ciudad de esas no hay vacas, ni chigüiros, ni tinajas… solo trancones, paredes, concreto, contaminación y gente amargada.

Tomé una taza, abrí la tinaja, me serví agua y me quedé acompañándolo mientras le decía, con toda honestidad, la fortuna que me parecía vivir en un lugar así. Le pregunté por su vida en el llano, y desde ese momento no dejó de hablar.

Y menos mal.

Me contó cómo era un día suyo en la sabana, el trabajo que hacía, las jornadas largas, las travesías, las noches de cantos e historias compartidas con sus compañeros. La cabeza se le levantó, la mirada se le afirmó y las palabras le salieron acompañadas de una sonrisa inmensa, de esas sonrisas que parecen haberse instalado para siempre en el rostro. Nos interrumpieron y cada uno siguió con lo suyo: él, con sus perros, a trabajar llano; yo, a recorrer el predio.

Y fue precisamente en ese recorrido donde apareció otra de mis finísimas costumbres.


Carracas de marrano de monte en los broches de un Hato.
Foto: Lucía Córdoba















Caminando por la sabana encontré la caravera de un toro muerto, con los cuernos intactos. La recogí y me la llevé, feliz, aunque olía un poco mal —o bastante mal, para ser exactos—, con la intención de limpiarla y conservarla. No sé bien por qué me gustan tanto los cráneos de animales y los cuernos del ganado. Supongo que tienen para mí el mismo encanto que para otra gente tiene una orquídea fina o una pieza de cerámica. Esos restos que el verano va dejando sobre los pastos me parecen tesoros. Sí, lo sé: mis gustos decorativos no siempre inspiran tranquilidad.

De regreso a la casa me encontré de nuevo con don Espíndola, que me miró con auténtica expresión de horror y me preguntó:

—¿Qué hace con eso tan feo?


Don Espíndola, sus perros y La Guata. Foto: Natalia Roa
















Le expliqué que me gustaban, que quería tener algunos en casa, así como ellos decoraban broches y paredes con carracas de marranos de monte, cachos y otras maravillas del diseño sabanero.

Creo que desde ese momento decidió dos cosas sobre mí: una, que yo estaba definitivamente loca; y dos, que le caía bien.

Y así empezó una amistad bellísima.

Cada vez que llegaba al hato iba derecho a la cocina, preguntaba por don Espíndola, lo mandaban llamar y él aparecía, siempre con sus perros y siempre con su sonrisa, como si me estuviera esperando desde hacía tres días. Nunca lo vi sin esa expresión luminosa en la cara. Era una sonrisa instalada, una de esas que no dependen del clima ni del sueldo ni del estado del mundo.

Cada uno cogía su taza, tomábamos agua de la tinaja y luego un café cerrero bien caliente. Él me contaba de sus andanzas en la sabana, de sus encuentros, de sus creencias, de sus sustos y de sus certezas. Y casi siempre, al final, me tenía un regalo guardado en la tasajera: una pluma, un hueso, una calavera, algún hallazgo de sabana que había reservado para mí. Yo no sé si alguna vez alguien se sintió tan comprendida a través de restos óseos, pero yo sí.

Como él sabía que yo trabajaba con fauna y me veía tomando fotos por todo lado, un día decidió sorprenderme con algo “especial”.

Y vaya si lo logró.

Se encontró una boa constrictor, la metió en un barril plástico y cuando me vio llegar vino hacia mí afanado, feliz, casi como niño con juguete nuevo.

—Le tengo algo que seguro una guata como usted nunca ha visto tan cerca —me dijo—. Pero no se me vaya a asustar, que ella no hace nada. Vamos a soltarla en la cañada.

Yo, que aparentemente no aprendía a sospechar a tiempo, fui.

Don Espíndola y La Guata. Foto Natalia Roa
















Llegamos a la orilla del agua. Abrió el barril y sacó con muchísimo cuidado una boa enorme, de unos tres metros, gruesa, impecable, con unas escamas tan perfectas que parecía diseñada por alguien con demasiado talento. Era hermosa. Imponente. El tipo de animal que le recuerda a uno, en un segundo, que la naturaleza tiene mejor gusto que nosotros.

Mientras me la mostraba, me contó cómo la había encontrado, dónde estaba, cómo la agarró. Luego me dijo que estaba llena de garrapatas y que antes de liberarla íbamos a limpiarla.

Y ahí estaba yo.

En la orilla de una cañada casanareña, quitándole garrapatas a una boa de tres metros mientras un llanero sonreía con total tranquilidad. Bogotá no me preparó para eso. Ningún plan de vida me preparó para eso.

Pero lo hicimos.

Una a una se las quitamos, y luego la dejamos libre en el agua.

Cuando la soltó, don Espíndola me dijo algo que nunca olvidé:

—Las boas son muy importantes para los caños, los ríos y las quebradas. Donde vive una de ellas, jamás se seca el agua. Es el bicho que cuida el agua.

Cráneo  de Caimán llanero.
Foto: Lucía Córdoba

Y así, entre historias, supersticiones, sabiduría y realidad, me fue enseñando a mirar la sabana con otros ojos.

Gracias a don Espíndola conocí el llano desde adentro, no desde los libros ni desde los informes. Lo conocí a través de sus relatos, de sus creencias, de su humor y de su manera de estar en el mundo. Gracias a él entendí que la sabana no solo se camina: también se escucha.

Y sí, gracias a él también tengo una colección de cráneos y restos de animales que probablemente haría salir corriendo a cualquier decorador de interiores: de babilla, de zaino, de aves, de venado, de chulo, caparazones de tortuga y hasta uñas de oso palmero. Mi versión del lujo, al parecer, siempre fue un poco… específica.

El día que nos despedimos nos dimos un abrazo fuerte, de esos que se sienten verdaderos.

Él quedó con el compromiso de cuidar de mi caballo, Tucusito, nombre que los llaneros usan para los colibríes. A Tucusito me lo regalaron en el hato, y quiero creer —necesito creer— que sigue corriendo libre por esa sabana inmensa, con el viento pegándole en la cara y la libertad haciendo lo suyo.

Don Espíndola se quedó con una foto de los dos.

Y yo me quedé con algo más grande: con su sonrisa eterna, con el sonido del agua saliendo de la tinaja, con el café cerrero, con las historias de la sabana y con la certeza de que hay personas que, sin proponérselo, le cambian a uno la manera de mirar el mundo.

A veces pienso que yo llegué a Mata de Palma buscando paisaje.

Y terminé encontrando un amigo.

 

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