martes, 17 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 3

 

CAPITULO 3. La llegada

¿Recuerdan la revista?

Cinco años después, en diciembre de 2004, celebrábamos en casa mi graduación como ecóloga. Mi madre había preparado mi plato favorito: ¡lentejas! Mi padre no podía estar más orgulloso; aquel también era un logro suyo. Con mucho trabajo había costeado mis estudios profesionales en una universidad privada.

Esa noche, durante la cena, mientras el vapor de las lentejas empañaba los vidrios y el orgullo llenaba la mesa, me dijo con una serenidad que no admitía réplica:

Mi responsabilidad económica con usted llega hasta acá. Ya es profesional, así que a partir de mañana, y mientras viva bajo este mismo techo, tendrá que pagar un alquiler o pagar los recibos de la casa.

No hubo drama. Solo realidad. Y la realidad, cuando llega, no toca la puerta: entra y se sienta a la mesa.

Al día siguiente llené las oficinas de Bogotá con mi hoja de vida. La envié a todas partes: de mesera, de cajera, de niñera, de profesora. A todo lo que implicara empezar. Hasta que un día de febrero recibí una llamada:

La llamamos por su hoja de vida. Queremos hacerle una entrevista. El trabajo es como educadora en el programa de IDIPRON de la Alcaldía de Bogotá, para trabajar en la sede de “El Tuparro”, en el Vichada… bla, bla, bla…

No escuché nada más.

El día de la entrevista entendí que el trabajo era con una población especial y que tendría tres meses de prueba remunerada. Si no me gustaba, podía devolverme sin ninguna multa por incumplimiento de contrato. Realmente la tenía fácil: aceptaba, iba, conocía y me devolvía. Así de simple. O eso creía.

Nos encontramos a la hora indicada en uno de los hangares del aeropuerto de Guaymaral, al norte de Bogotá. Viajábamos en un vuelo chárter para quince tripulantes. Éramos varios profesores, desconocidos entre nosotros, unidos únicamente por una mezcla extraña de curiosidad, miedo y una convicción todavía ingenua de que estábamos allí para hacer el bien.

Mientras nos hacían el briefing nos mirábamos y sonreíamos tímidamente, como quien comparte un secreto sin saber exactamente cuál es. Hasta que alguno decidió romper el hielo:

Yo tengo un poco de miedo. He escuchado que en ese lugar los chicos violaron, asesinaron y descuartizaron a una monja del programa. Encontraron sus restos en el río.

Todos abrimos los ojos al mismo tiempo. El silencio se volvió espeso.

Otro respondió casi de inmediato:

Esas son historias. Debe ser un lugar muy seguro. No nos contratarían si no fuera así.

Sus palabras lograron calmar la tensión e hicieron que empezáramos a hablarnos los unos a los otros. Como si conversar fuera una forma de espantar fantasmas.

Subimos al chárter con un miedo que no queríamos sentir. Así que, durante el vuelo, reímos, hablamos y observábamos maravillados el paisaje. Desde el aire, la tierra se extendía inmensa y verde, surcada por ríos que parecían serpientes de plata bajo el sol. Las nubes proyectaban sombras que corrían sobre la sabana infinita, y por primera vez comprendí que no estaba viajando solo a un nuevo trabajo: estaba entrando en otro mundo.

Y ya no había vuelta atrás.

    Río Tomo.

El Tuparro desde arriba se veía exactamente igual a la fotografía de la revista: verde infinito, ríos anchos como mares, una belleza intacta que no parecía real. Nada anunciaba lo que venía después. Nada advertía.

El aterrizaje fue brusco. No había pista, solo tierra abierta y una sensación inmediata de estar donde no sobra nadie. Bajamos uno a uno, cargando maletas que parecían ridículas frente a la inmensidad del lugar.

Entonces los vi.

Eran muchos. Demasiados.
Se acercaron de golpe. Ropa grande, sucia, gastada. Miradas duras, cuerpos tensos, cicatrices visibles incluso desde lejos. Vestían como los ladrones de las películas malas, esas que simplifican la miseria para que no duela tanto.

     Río Orinoco.

Por un segundo pensé que nos iban a rodear.
Por un segundo pensé mal, por un segundo se vino a mi mente la historia que contó el profesor en el hangar antes del vuelo.

—¿Le ayudo, profe?

Querían cargar las maletas.

Ese fue el primer desajuste. El primer golpe suave, casi imperceptible, contra todas mis ideas previas. El miedo no siempre viene a hacer daño. A veces viene a ayudar, torpemente, como sabe.

Nos subieron a una barcaza enorme, una canoa desproporcionada para cruzar el río Orinoco. Desde el agua, el paisaje se volvía irreal. El río parecía no tener orillas. El silencio pesaba. Nadie hablaba demasiado. Algunos de los chicos se reían, otros observaban con una atención incómoda, como si estuvieran midiendo algo que nosotros no veíamos.

Al otro lado apareció la casa.

O, mejor dicho, la estructura.

En la mitad de la sabana infinita a orillas del río Orinoco se alzaba un busto de Bolívar, oxidado, con un mechón de cabello que parecía moverse con el viento, como si el tiempo también hubiera quedado atrapado allí. Detrás, una mole de concreto sobre una roca, pegada al río. Al subir, las barras de acero se hacían evidentes. No eran ventanas. Eran rejas.



Los chicos estaban encerrados.

Gritaban. Sacaban las manos entre los barrotes. Se colgaban como monos hambrientos. Reían, insultaban, pedían atención. El sonido era ensordecedor. Una bienvenida que no aparecía en ningún manual pedagógico.

Sentí miedo.
Mucho.
No el miedo elegante de las historias que luego se cuentan con orgullo. Un miedo animal, básico, de esos que te hacen revisar tus decisiones en cuestión de segundos. Miré a los otros profesores. Algunos estaban pálidos. Otros fingían calma. Nadie decía lo que todos estábamos pensando: ¿en qué momento aceptamos esto?





Ese día entendí que la casa no estaba en la mitad de la nada.
Estaba exactamente donde tenía que estar.

Rodeada de una sabana interminable.
Separada por un río inmenso.
Lejos de todo.
Sin escapatoria fácil.

Más tarde supe que ese aislamiento no era casual. Allí llegaban los que no podían ir a ningún otro lugar. Los que daban miedo incluso entre los que ya daban miedo. Pero esa tarde todavía no lo sabía. Esa tarde solo sentí que había cruzado una frontera invisible.

La belleza del paisaje no suavizaba nada.

Al contrario: lo hacía más cruel.

Mientras entrábamos, uno de los chicos me miró fijo. No sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad que no supe leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era yo. Preguntaba cuánto iba a durar.

Yo tampoco lo sabía.

Ese fue el primer día y ya nada se parecía a la revista.





viernes, 13 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 2

CAPITULO 2: LAS PERSONAS Y LA LÓGICA

Nada en El Tuparro funcionaba por casualidad.
Tampoco por bondad pura.


El programa tenía una lógica clara, aunque incómoda: no se podía cuidar a nadie desde la distancia. Por eso todo estaba pensado para que la vida ocurriera junta, sin escapatorias emocionales. Profesores, chicos, cocineras, directivos. Todos dentro del mismo cuadrado. Todos expuestos.

Nosotras llegábamos como profesoras. En el papel éramos docentes de colegio. En la práctica éramos muchas cosas más. Éramos maestras, sí, pero también madres improvisadas, enfermeras sin título, psicólogas sin manual, confidentes nocturnas, figuras de apego para chicos que nunca habían tenido una.

Nuestra tarea no terminaba cuando acababa la clase.
Ahí apenas empezaba.

Escuchábamos historias que no estaban en ningún currículo. Consolábamos cuerpos grandes con dolores de niños. Dábamos caricias torpes, consejos que nacían más del instinto que de la teoría. Aprendimos a abrazar sin prometer, a acompañar sin salvar.

La figura materna no se enseñaba.
Se ejercía.


El orden cotidiano lo sostenían otros: los educadores.

Eran jóvenes que habían pasado por el programa. Habitantes de calle que habían logrado rehabilitarse, romper con la droga, con la violencia, con la noche. Volvían convertidos en autoridad. Conocían los códigos, las trampas, los atajos. Sabían cuándo una sonrisa era real y cuándo era amenaza.

Ellos supervisaban la disciplina.
No desde el castigo inmediato, sino desde la anticipación.

Con cada nuevo grupo que llegaba —más o menos cada seis meses— se organizaban elecciones. Los chicos escogían a su alcalde y a su secretario. No era simbólico. Gobernaban de verdad. Con ellos se conformaba una junta que tomaba decisiones disciplinarias cuando alguien cruzaba las normas de convivencia.

Era una democracia áspera.
Funcional.
A veces brutal.

Ellos decidían cuándo hacer redadas porque habían aparecido cuchillos. Organizaban los turnos de aseo, la ayuda en la cocina, el lavado de platos. Marcaban la línea. El bien común no se negociaba. Especialmente la comida.

El hambre había enseñado bien sus reglas.

Y luego estaban las tías.


Mujeres negras, venidas del Chocó biogeográfico, con una fuerza silenciosa que sostenía todo lo demás. Eran las encargadas de la cocina. De la comida. De la alquimia diaria. Con agua de río y harina lograban algo que sabía a hogar. Cuando la remesa escaseaba, su sazón hacía milagros.

Pero no solo alimentaban cuerpos.
Alimentaban presencia.

Tenían una autoridad distinta. No gritaban. No castigaban. Miraban. Y bastaba. Sus palabras entraban sin violencia. Eran refugio y límite a la vez.

Y estaba Amín.

El lanchero.
Nuestro hilo con el mundo.


Amín traía gasolina, pescado, agua potable, chucherías de la tienda indígena. Nos sacaba a escondidas a pasear por el Orinoco. Con él vimos rayas gigantes deslizarse bajo el agua espesa. Vimos al gran caimán del Orinoco asolearse en la roca donde el río Tomo se encuentra con el Orinoco.

Amín también nos llevaba a la tienda indígena a tomar cerveza.
Y hasta Venezuela, cuando la urgencia no admitía espera. Como la vez que me dio paludismo.

Era nuestro enlace con lo que no estaba allí.

En Tambora también estaba el único teléfono satelital de la zona.
Casi nunca funcionaba. Durante ocho meses al año las nubes se posaban en el cielo como un techo bajo. A veces sonaba. A veces no. Aprendimos a no depender de él. A aceptar el aislamiento como norma.

La directora vivía en Tambora con su esposo. Desde allí dirigía administrativamente las cuatro casas. Pero la disciplina cotidiana no pasaba por ella. Pasaba por el modelo social que los chicos habían construido para sobrevivir juntos.


Y sobre todo eso, flotando sin estar presente todo el tiempo, estaba el padre.

El padre Javier.

Para la mayoría de los chicos fue el único padre que conocieron. Lo amaban. Lo respetaban. Le tenían una devoción que desbordaba. Con su llegada aparecía la ilusión: regalos, ropa nueva, juegos, paseos, canciones.

El canto era su herramienta favorita.

Cantaban durante horas. Con una entrega que yo no he vuelto a ver. Era terapéutico. Era colectivo. Era una tregua.


Pero su llegada también traía miedo.

Porque cuando el padre llegaba, se cerraban cuentas.

Él no vivía allí, pero gobernaba el espíritu del lugar. Su figura condensaba amor y terror en partes iguales. Para algunos, era el abrazo que nunca tuvieron. Para otros, el juicio inevitable.

Traía pijamas, zapatos, implementos de aseo. Para unos era alivio. Para otros, mercancía futura. Guardaban lo mejor para venderlo en Bogotá y volver al vicio. Cada objeto tenía múltiples destinos.

Cada fin de año los chicos regresaban voluntariamente a Bogotá.
Algunos no volvían jamás. Otros regresaban derrotados. Y algunos, como Tribilín, decidieron no irse nunca. Llevaba más de diez años en Tambora. Decía que si volvía, su propia madre lo vendería a la prostitución.

Aquí la familia no siempre era refugio.

A veces era amenaza.

Y antes de irse, el padre guardaba la última noche.
La que nadie quería.
La que todos recordaban.

La noche del terror.

Esa historia merece su propio relato; por qué todavía hoy, no sé dónde ponerla dentro de mí. 

viernes, 6 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 1

CAPITULO 1. La revista

Aún conservo la revista de la aerolínea SAM edición 182 del año 1.999; está amarilla, quebradiza, huele a papel viejo y a promesa aplazada. No la guardé por nostalgia. La guardé porque las fotografías mostraban un lugar deliciosamente hermoso, la guardé porque me prometí a mí misma conocer ese lugar. Fue lo primero que me mintió con belleza y también con una verdad a medias.


A finales de la década de los 90´s, la Colombia mágica todavía no se podía recorrer libremente. Había lugares a los que no se iba por falta de carreteras, otros por falta de mapas, y muchos —demasiados— por miedo. El conflicto armado en Colombia no nos permitía conocer lugares increíbles y El Tuparro era uno de ellos.

Las fotografías de ese lugar, aparecían en esa revista de la aerolínea SAM que ya no existe, como aparecen las cosas que parecen intactas: lejanas, silenciosas, casi irreales. Ríos inmensos, sabanas abiertas, selva espesa. Un territorio tan hermoso como inaccesible. No porque no se quisiera llegar, sino porque no se podía.

La guerra había cerrado el paso.
Y, sin quererlo, también había cerrado la puerta al saqueo, al turismo voraz, a la prisa humana, a la destrucción que conlleva el desarrollo.


La ausencia de personas había permitido que la naturaleza siguiera siendo ella misma. No entendía aún que algunos lugares se conservan no por cuidado, sino por miedo y abandono.

5 Años después llegué allí sin épica ni romanticismo; como si la energía que había puesto en guardar la revista, prometiéndome ir algún día se hiciera realidad por el simple azar de la vida o porque realmente atraemos lo que queremos con la mente. Llegué allí no como viajera ni como científica. Llegué como educadora ambiental a una casa perdida en la mitad de la sabana sin escapatoria, llegué a un lugar donde enviaban a los que nadie sabía cómo corregir, a los que se miran con indiferencia, a los olvidados, a esos niños que nacieron y vivieron en las calles de las principales ciudades de Colombia. Llegué al borde de un país lleno de tragedias humanas en medio de la mas inexplicable hermosura de la naturaleza.


El Tuparro no era solo sabana, tepuyes, ríos o selva, también era frontera. Era control invisible. Era presencia armada sin nombre en las conversaciones. Era un lugar donde la vida se cuidaba… y se vigilaba. 

Allí aprendí que la violencia no siempre se anuncia. A veces se administra. Se organiza. Se normaliza. Se justifica en nombre del orden, de la corrección o de la supervivencia.

Aprendí que el amor puede aparecer en formas torcidas, inesperadas, incluso peligrosas.
Que hay niños que envejecen antes de aprender a leer.
Y adultos que no sobreviven a su infancia.

Esto no es un relato sobre heroísmo.
Ni sobre sacrificio.
Ni sobre vocación.

Es un relato sobre mirar de frente lo que preferimos llamar monstruos, y descubrir —con una incomodidad difícil de digerir— que esos monstruos que preferimos evitar, recuerdan, cuidan, sangran y aman.


Cada historia que sigue puede leerse sola; Eso creerás.

Pero todas forman una sola cosa: el mapa de un territorio donde la naturaleza estaba protegida por la guerra, y las personas no.

Si en algún momento sientes rabia, miedo o rechazo, no dejes de leer estos relatos. Es precisamente ahí donde esta historia comienza a cobrar sentido, porque esta vez quiero contarte lo que me enseñó El Tuparro.

El Tuparro no me enseñó a salvar a nadie.
Me enseñó algo mucho más difícil:

a aceptar que incluso los lugares más bellos pueden sostenerse sobre el miedo, y que incluso allí —precisamente allí— puede nacer el amor, la esperanza y la reconexión con la vida.

Esto es una historia real, son relatos que he vivido en una casa en la mitad de la sabana llamada "Tambora" que buscaba la rehabilitación de niños y jóvenes habitantes de calle,  pertenecían a un programa social de la alcaldía de Bogotá llamado  IDIPRON, dirigido por el padre Javier de Nicoló, El protagonista principal de estas historias.

Quiere saber más….siga a la Guata del Pauto es su segunda temporada!!!






viernes, 16 de octubre de 2020

SIGUIENDO LA HUELLA DEL JAGUAR

Las gigantes huellas de un tigre mariposo (como le llaman al jaguar) aparecían frente a nosotros, la ilusión no se hizo esperar, las huellas estaban frescas; seguramente el jaguar (Panthera onca) estaba cerca.

Foto de portada extraida de internet.

 

Hace muchos años logré ver un cachorro de jaguar que se escondía en los bosques de galería del  río Orinoco en la zona del Tuparro en Vichada. Una zona catalogada por Alexander Von Humboldt como la octava maravilla del mundo, y aunque fue por solo un instante fue poderoso verlo y ¡claro! me encantaría ver otros muchas veces más.

 

El primer jaguar en libertad tuve la fortuna de ver. Foto Lucía Córdoba

La idea de volver a ver un jaguar salvaje, en libertad y en su ecosistema natural me emocionaba; era como una historia de fantasía en estos tiempos donde la transformación del paisaje, los monocultivos, las carreteras y nuestra forma de vida han modificado y acabado con muchos ecosistemas y sus habitantes.

Éramos cinco amigos los que nos habíamos embarcado en esta travesía en busca de ese majestuoso felino. Los cinco llevábamos muchos años trabajando con Cunaguaro y otras organizaciones en la conservación de ecosistemas, fauna y flora de las sabanas inundables de la Orinoquía colombiana. 

Durante ese tiempo se habían instalado cámaras de fototrampeo en algunos hatos y áreas de reserva en Casanare. Los registros de fauna eran sorprendentes, osos palmeros, osos meleros, ñeques, guatines, zorros, nutrias gigantes, pumas y el imponente jaguar parecían tomarse selfies con estas cámaras; seguro su curiosidad los hacía acercarse demasiado y las capturas fotográficas eran muy emocionantes y en ocasiones muy graciosas.

 

Imágenes de cámaras trampa en el hato La Aurora. Fotos: Fundación Jaguar y Panthera.

 Compartíamos la felicidad de ver los registros, sin embargo; sabíamos que seríamos más felices el día que por fin tuviéramos la fortuna de ver libre y en su ecosistema a ese majestuoso felino salvaje de manchas perfectas; todos sabíamos que el lugar para verlo era el hato La Aurora en hato Corozal, Casanare.

La Aurora, es uno de los lugares de avistamiento de jaguar más famoso de la Orinoquía y de Colombia, 16 mil hectáreas de sabana inundable natural con unas condiciones ambientales perfectas, que le permitieron ser un Área de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA). 

Con el fin de emprender una estrategia que les permitiera conservar el hato, su cultura, la ganadería extensiva y al jaguar. La familia Barragán, especialmente los hermanos Jorge, Nelson y Julio se unieron y crearon una estrategia de turismo de naturaleza.

Nelson Barragán se encarga de la administración del Hotel Juan Solito, un ecolodge con todas las comodidades en medio de la sabana. Nelsón, consiente y cuida a cada uno de sus turistas con la deliciosa comida tradicional del llano, noches de parrando, poesía y contrapunteo. Hace educación ambiental a través del arte y es todo un llanero faculto (lea la entrada en la que hablo del llanero faculto), de él y su arte les hablaré en una próxima entrada.

Julio Barragán es el encargado de los transportes, guías y acompañamiento a los turistas y Jorge lleva muchos años trabajado con diferentes organizaciones que conservan felinos, como la fundación Panthera. También ha creado la fundación Jaguar, ha estructurado y ejecutado algunas estrategias para minimizar el conflicto que este felino tiene con los ganaderos y lleva años siguiendo e identificando a los jaguares que residen o pasan por la reserva Hato La Aurora.

 

1. Los barragán (Julio y Jorge Barragan) avistando una huella de jaguar. 2. Jorge barragán y Carlos Valderrama de fundacion Panthera. Fotos: Facebook Hato la Aurora.

 Al día de hoy y según el censo histórico que lleva Jorge, se han registrado más de 47 jaguares en las sabanas del hato y se han identificado 10 individuos que residen en La Aurora; los otros solo han pasado por allí hacia otras zonas del sur o norte del país, convirtiendo el hato en un corredor biológico muy importante para la conservación de esta especie.

Registrar e identificar un jaguar es una tarea de paciencia, tiempo y mucha observación; las manchas de su pelaje son únicas, (como nuestras huellas dactilares). Gracias al fototrampeo se logra capturar la imagen del lado derecho e izquierdo de cada individuo, para encontrar esa mancha característica de cada uno de ellos. De esta manera los identifican, nombran, reconocen y hacen seguimiento.

 

Técnica de identificación de individuos de jaguar en el hato La Aurora. Fotos: Facebook Hato la Aurora.

Mariposa es una de las primeras identificadas, es una jaguar residente y gracias al seguimiento se le conocen 11 crías, una de esas crías es Cayena que también decidió quedarse en esas hermosas sabanas; Cayena ha tenido 7 crías y actualmente ya es abuela.

Los machos por su parte, usan el territorio de La Aurora como corredor biológico, se cree que algunos se quedan por uno o dos años, se aparean con las hembras residentes y se van del territorio dejando espacio para otros machos jóvenes. 

 Algunas  hembras se quedan como residentes (ese es el caso de Mariposa y Cayena), esto indica el buen estado y salud de los ecosistemas de sabana inundable que se encuentran en la reserva La Aurora. Podríamos decir que esta reserva es una auténtica guardería de jaguares.

En los últimos días se ha avistado al imponente "Faculto", un jaguar macho y joven que seguro buscará una de las hembras que reside en la reserva para aparearse y dejar descendencia en esas tierras.

El jaguar es considerado una especie sombrilla, lo que quiere decir que al proteger al jaguar (que está en la cima de la cadena alimenticia) se protegen directamente las demás especies de flora y fauna que le siguen; gracias al turismo de naturaleza que hace la familia Barragán se ha podido demostrar que un jaguar vivo genera más dinero que uno muerto, esto ha logrado disminuir su cacería y ha permitido aumentando su hábitat.

 

Crías de Mariposa en la reserva La Aurora.

Crías de Cayena en la Reserva La Aurora. 

Con mis amigos y socios de la Fundación Cunaguaro, aceptamos inmediatamente la invitación de los hermanos Barragán; organizamos maletas, cargamos a la negrita (La camioneta safari de Cunaguaro Travel)  y nos fuimos a un fin de semana de travesía y búsqueda del jaguar en las sabanas del Hato La Aurora. 

 

Renzo Avila, Cesar Rojano, Jorge Barragán, Laura Miranda y esta Guata.

Al tomar la trocha que lleva hacía La Aurora inició el espectáculo, tucanes, osos palmeros (Myrmecophaga tridactyla), zorros (Cerdocyon thous) y hasta el rey zamuro (Sarcoramphus papa),  nos dieron la bienvenida. Ya en Juan Solito organizamos las jornadas de avistamiento que iniciaban a las 4 de la mañana y finalizaban a las 8 de la noche.

 


El famoso Aruco Foto Lucía Córdoba
La mayor parte del tiempo la pasábamos en silencio, a la expectativa, emocionados y muy ansiosos. Pasamos horas y horas observando la gran sabana y a todos los que viven en ella; venados (Odocoileus virginianus), arucos (Anhima cornuta), marranos mañosos, arucos, caballos salvajes, arucos, osos palmeros, arucos, venados, chigüiros (Hydrochoerus hydrochaeris), aves de mil colores y ¡¡uno que otro Aruco!!, (realmente nunca había visto tantos arucos en mi vida, era como estar en Arucolandia), pero el tigre no aparecía.

 Vimos sus huellas recientes en el suelo, justo acababa de pasar por donde nosotros estábamos; revisamos unas cámaras trampa y vimos que había pasado por allí el día anterior. 
 
Luego encontramos una presa recién comida, su muerte había sido hacía muy poco (20 minutos antes y hubiéramos alcanzado a ver al jaguar comiéndoselo); fue increíble ver como sus colmillos atravesaron el cráneo del chigüiro y como sus garras quedaron tatuadas en la piel de la presa… pero ese día tampoco lo vimos. 😕
 

 Al día siguiente encontramos curiosamente un excremento peludo, seguramente eran pelos de algunas de sus presas, lo chistoso es que hasta ver un pedazo de mierda con pelos me emocionaba; sin embargo, pasaron los días y el jaguar no se dejó ver.

 

1. Huella de un Jaguar joven. 2. Excremento de jaguar.

  La presencia de los Jaguares en un ecosistema indica la buena salud de esos territorios, el Jaguar es el guardián protector de la sabana, regula desde la cima de la cadena alimenticia las dinámicas ecosistémicas, sí el jaguar desaparece el futuro de estas sabanas inundables y toda su biodiversidad se encontrarían en riesgo.

 La labor que realiza la familia Barragán con la protección de la reserva es muy importante y valiosa para la conservación de los llanos orientales, agradezco y admiro profundamente su trabajo y ojalá en este mundo hubiesen más Barraganes.

 Algunos ganaderos entran en conflicto atribuyéndole muchas muertes de ganado a la depredación por grandes felinos y muchos de ellos hasta hacen brigadas de cacería para matarlos, pero si realizaran mucho mejor la observación y los conteos de ese ganado muerto, se darían cuenta que el verano cobra más individuos que la misma depredación.

 

Presa de Jaguar.

Y si entenderíamos un poco más a la naturaleza, nos daríamos cuenta que somos nosotros los seres humanos los que hemos entrado a su territorio, hemos destruido su hogar, hemos transformado el paisaje y hemos acabado con la biodiversidad. Sí el jaguar o el puma no encuentran chigüiros, venados o marranos y ven al ganado disponible, seguro intentarán cazar una res. ¿Creen ustedes que es culpa del Jaguar?

 Aún sin verlo, esta experiencia la llevaré tatuada en mis recuerdos. Seguir sus rastros, escuchar las historias de Jorge y los jaguares de La Aurora, contemplar el paisaje sabanero en la camioneta safari, saludar al día viendo el amanecer, despedirlo observando los arreboles del atardecer con el canto de las garzas, tener la fortuna de poder contemplar toda esa biodiversidad y disfrutarla con mis grandes amigos, hicieron de ese fin de semana una experiencia sin igual.

 

Renzo Ávila, Lucía Córdoba, Cesar Rojano y Laura Miranda.

Aún espero el día en que pueda volver a ver a un jaguar y sé que tarde o temprano llegará. Gracias a Cesar, Laura y Renzo por esa aventura y espero que vengan muchas más.  Esa vez nos disfrutamos la sabana de paseo y no trabajando, lo que lo hacía más valioso. Un agradecimiento especial a  Jorge, Nelson y toda la familia Barragán, al Hotel Juan Solito por esos instantes de contemplación y felicidad profunda.

Si le interesa desconectarse, contemplar la naturaleza y tener la fortuna de ver un jaguar; reserve su estadía en el ecolodge Juan Solito y adéntrese a lo más profundo de la sabana en búsqueda del jaguar junto con Jorge Barragán. Si no lo ve... seguro saldrá más que satisfecho y con el alma purificada por el poder de la contemplación de la vida en todo su esplendor.

Foto de cámara trampa instalada en las sabanas del Hato La Aurora.


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