TEMPORADA 2. EL TUPARRO
CAPITULO 4. EL LUGAR Y LA FORMA
Antes de entender a los chicos,
tuve que entender el territorio.
Y antes de entender el territorio, aceptar que no estaba hecho para explicarse
con facilidad.
La guerra en Colombia no empezó
con un disparo aislado, sino con una herida abierta: el asesinato de Jorge
Eliécer Gaitán en 1948. A partir de entonces, liberales y conservadores se
desangraron en una violencia que sembró resentimientos profundos y abonó el
terreno para el nacimiento de las guerrillas en los años sesenta: ELN, M-19,
EPL y las FARC. Esta última, durante décadas, fue una de las más poderosas,
financiada por el narcotráfico y fortalecida, entre otras prácticas atroces,
por el reclutamiento forzado de menores.
En los campos, el miedo se volvió rutina. Las guerrillas desplazaron a miles de familias campesinas. Muchas huyeron no solo para salvar la vida, sino para proteger a sus hijos. Era una práctica cruel y frecuente: niños de seis, ocho o diez años arrancados de sus casas, internados en la selva, entrenados para obedecer sin preguntar, para disparar sin temblar, para matar sin culpa.
Así comenzó el éxodo.
Bogotá, Cali, Medellín,
Bucaramanga. Las grandes ciudades prometían oportunidades que casi nunca
llegaban. Las familias que escapaban con lo puesto terminaron, muchas veces,
durmiendo bajo puentes, entre bolsas de basura, cubriéndose con cartones
húmedos. Para anestesiar el hambre y el frío, algunos inhalaban pegantes
industriales o consumían bazuco, esa mezcla miserable de residuos de droga con
polvo de ladrillo, ceniza y cualquier cosa que ardiera.
La sociedad les puso nombres:
indigentes, ñeros, desechables, gamines. Como si cambiarles el nombre borrara
la responsabilidad colectiva. Eran, en realidad, los hijos visibles de una
guerra invisible. Su aspecto asustaba; su olor incomodaba; su existencia
interpelaba. Muchos crecieron en la calle, tuvieron hijos en la calle,
envejecieron en la calle. Algunos nunca conocieron otra cosa.
En medio de ese panorama surgió
el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (IDIPRON),
un programa de la Alcaldía de Bogotá dirigido por el padre Javier de Nicoló, un
salesiano que decidió apostar por lo que otros daban por perdido. Con
disciplina, afecto y estructura, logró rescatar y formar a más de cuarenta mil
jóvenes, acompañándolos hasta convertirse en ciudadanos autónomos y
productivos.
El programa funcionaba como una
red viva.
Las casas de acogida estaban
ubicadas en zonas céntricas de las ciudades. Allí los habitantes de calle
podían bañarse, comer, dormir bajo techo. También tenían acceso a talleres,
alfabetización y actividades formativas. Nadie los perseguía; los observaban
sin acosarlos. Cuando alguien regresaba varias veces, le ofrecían ingresar
formalmente al programa. Si aceptaba, pasaba a una zona de espera hasta
completar el grupo que sería asignado a una unidad formativa.
Las unidades nunca eran mixtas.
Entre las más emblemáticas estaban La Florida —conocida como la “República de
los Muchachos”—, Bosconia, La 11, Liberia y La 78. También existían Unidades de
Protección Integral como La 32, Arcadia y Normandía. Y estaban las sedes
rurales: la finca Buenavista o Casa Roja en La Calera, la casa de Acandí en el
Chocó —donde enviaban a los bebés— y la sede integral del Tuparro, en el
Vichada.
El Tuparro. La más lejana. La más extrema. Allí enviaban a los más conflictivos, a los que nadie quería recibir, a los que parecían no tener retorno. Y, sin embargo, el lugar era perfecto para empezar de nuevo.
Una sabana inmensa que regalaba
sensación de libertad, pero no concedía escapatoria. Un río ancho, indomable,
imposible de cruzar a nado. Kilómetros de horizonte plano donde, si no conoces
el camino, no sobrevives. La naturaleza imponía reglas claras: aquí se aprende
o se perece.
La Unidad Formativa del Tuparro
estaba compuesta por cuatro casas, separadas entre sí por caminatas de seis a
nueve horas. El aislamiento no era simbólico; era real.
Pinardi era una de las casas de
estudio, situada en el corazón de la sabana. Allí residían los jóvenes de
contextura más fuerte; trabajaban exclusivamente profesores hombres. El entorno
era duro, el ritmo exigente.
Tambora era la casa principal.
Tenía el teléfono, el puerto, el almacén de provisiones, la lancha y el
lanchero. Era el punto de conexión con el mundo exterior y, al mismo tiempo,
una frontera invisible. Allí trabajábamos solo mujeres, y los chicos asignados
a Tambora eran los más pequeños de contextura, los más frágiles en apariencia.
Yo llegué allí creyendo que iba a
enseñar.
No sabía que primero tendría que
desaprender el miedo, los prejuicios y la idea cómoda de que el bien y el mal
son categorías simples. En el Tuparro entendí que la guerra no solo se libra
con fusiles. También se libra —y se gana— cuando alguien decide apostar por una
segunda oportunidad en medio de la sabana infinita.
TAMBORA
Tambora, era una estructura cuadrada e imperfecta plantada en la mitad de la sabana, abrazada por el río Orinoco como si el agua fuera a la vez protección y advertencia.
En el centro del cuadrado había una cancha inmensa.
Demasiado grande para ser solo una cancha. Allí se jugaba fútbol, sí, pero
también se gritaba, se discutía, se elegían autoridades, se castigaba, se
celebraba. Todo pasaba ahí. Era la plaza pública, el escenario, el corazón
expuesto de la casa. La zona social. El lugar donde los cuerpos decían lo que
las palabras no alcanzaban.
El mercado llegaba cada tres meses.
Venía en la misma barcaza en la que nosotros habíamos
llegado el primer día. Una barcaza lenta, cargada hasta el límite, que navegaba
durante semanas por el Orinoco y el río Tomo, atravesando el Vichada hasta
llegar al Meta. La conducía Amín. Siempre Amín.
En esas cajas no solo venía arroz, harina o enlatados.
Venían cartas escritas a mano, comida “rica”, cervezas, dulces, cigarrillos.
Venía el mundo exterior comprimido en cartón. Todo servía. Todo se
intercambiaba. Todo tenía valor.
En el primer piso dormían los muchachos. Dos salones
gigantes llenos de camarotes metálicos. Por la noche los encerrábamos con
llave. No por castigo. Por prevención. El miedo también dormía allí.
El cuarto piso era otra cosa.
Era un tesoro.
Cerrando el cuadrado, al otro lado de la cancha, había una
plataforma de concreto con tres salones de clase y una terraza social que
miraba directo al centro. Abajo, una bodega misteriosa por donde se entraba al
llegar en lancha. Era una especie de umbral. Por allí entraban las cosas… y
muchas veces, los silencios.
El mechón de su cabello parecía moverse con el viento.
Durante mi tiempo allí no era más que una hoja. Hoy es un árbol. Yo tengo la
prueba. Una foto del antes. Otra del ahora. El tiempo también se quedó a vivir
en Tambora.
Ese era el escenario.
Y dentro de ese cuadrado, en medio del paisaje más libre que
he conocido, vivían encerrados más de cien chicos que nunca habían sido
realmente libres.












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