TEMPORADA 2. EL TUPARRO. CAP- 5. LA PRIMERA CLASE
El día que llegamos, mientras entrábamos, uno de los chicos
me miró fijo. No sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad
que no supe leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era
yo. Preguntaba cuánto iba a durar.
Ese día nos recibió la directora de entonces y nos condujo
hasta lo que sería nuestra habitación. Era un espacio largo y oscuro, cargado
de un olor persistente a humedad. Cinco camarotes de hierro pesado ocupaban la
mayor parte del cuarto. Al fondo, una ventana de cristales opacos dejaba
entrever el baño: un cuartito mal ventilado, con una puerta que no cerraba
bien. Dos lavamanos torcidos sostenían un espejo roto, opaco, amarillento por
el sol y los años.
Frente a los lavamanos había dos cubículos con sanitarios
viejos, percudidos y agrietados. A un lado, una ducha con baldosas que alguna
vez intentaron ser blancas. Entre las juntas, los hongos habían ganado terreno:
manchas negras en las boquillas y un tono amarillento que cubría la cerámica
del suelo.
Cinco de nosotras debíamos compartir esa habitación.
Comenzaba así una convivencia obligada con personas que apenas acabábamos de
conocer, algo parecido a un reality show, pero sin cámaras ni posibilidad de
abandonar el set cuando uno quisiera.
No había electricidad. Solo la luz que alcanzaba a producir
una planta eléctrica que funcionaba con gasolina. Durante dos horas al día —de
seis y media a ocho y media de la noche— el lugar se iluminaba lo suficiente
para vernos las caras y confirmar que seguíamos allí.
No había comunicación. Ni internet, ni señal, ni teléfonos.
Para salir había que tomar una lancha, y el punto más cercano al que se podía
llegar era el centro administrativo del Parque Nacional Natural El Tuparro.
Las condiciones no eran fáciles y todos lo supimos desde el
primer día. Esa noche casi nadie durmió. Era el momento de decidir si quedarse
o marcharse.
Al día siguiente los hombres fueron separados del grupo y
trasladados a la casa Pinardi. Las mujeres nos quedamos en la casa Tambora. Dos
de los profesores que habían llegado con nosotros pidieron regresar a Bogotá.
La mirada de aquel chico al llegar tenía un significado que
entonces no entendí. Era parte de una apuesta silenciosa que hacían entre
ellos. Cada vez que llegaba un grupo nuevo de profesores, los chicos asignaban
números. Esos números representaban los días que creían que duraríamos antes de
irnos.
Y no les faltaba experiencia.
Para el primer mes, de los doce profesores que habíamos
llegado, la mitad ya se había marchado.
No era solo el aislamiento ni las condiciones de vida. Era
también el miedo.
El miedo que todas sentimos antes de nuestra primera clase.
El aula era un cuarto amplio e iluminado, con paredes
desnudas y pupitres que parecían haber sobrevivido a varias guerras. Olía a
sudor viejo, a encierro, a rabia acumulada. Nada en ese espacio invitaba a
aprender. Todo invitaba a resistir.
Entré sola.
No porque fuera valiente, sino porque todavía no sabía medir
el peligro. Tenía veinticuatro años, un título recién estrenado y una idea
profundamente equivocada de lo que significaba educar.
Ellos ya estaban allí.
No hablaban. Apenas se movían. Me observaban como se observa
a alguien que acaba de entrar en un territorio que no le pertenece. Sabían
cosas que yo todavía no sabía. Siempre fue así.
Lo identifiqué de inmediato.
Había uno al que los demás miraban de reojo. No necesitaba
levantar la voz ni moverse demasiado para imponer respeto. Estaba sentado al
fondo, relajado, con una sonrisa mínima, peligrosa. Su cuerpo decía lo que su
boca no necesitaba repetir: aquí mando yo.
Era de mi misma estatura, de huesos gruesos, piel morena y
facciones indígenas. Pómulos marcados, nariz ancha y chata, cabello negro,
grueso y liso. Tenía una mirada esquiva, desconfiada, siempre un poco enojada.
Cuando empecé a hablar, se levantó.
Caminó hacia mí despacio. Demasiado despacio. Cada paso era
una advertencia. Se acercó hasta quedar a centímetros de mi cara. Sentí su
respiración, su olor, su intención.
—¿Y usted qué cree que viene a hacer aquí, cucha*?
No era una pregunta.
El aula entera se tensó. Los otros chicos esperaban el
espectáculo. Apostaban en silencio cuánto tardaría yo en quebrarme.
No recuerdo haber pensado.
Recuerdo haber reaccionado.
Lo empujé.
No con técnica. No con elegancia. Con rabia, con miedo, con
puro instinto. Lo insulté. Le grité cosas que jamás habría dicho en otro
contexto. Cosas que ni siquiera sabía que existían dentro de mí.
-Usted a mi no me jode y se sienta hijo de puta-
Lo empujé
hacia dentro del salón y cerré la puerta.
Lo dejé encerrado.
El silencio fue inmediato.
Yo temblaba. Por dentro y por fuera. Pero no di un paso
atrás. No porque supiera lo que hacía, sino porque ya no podía retroceder. Él
golpeó la puerta, gritó, insultó. Nadie se movió.
Al final se fue.
Ese día entendí dos cosas fundamentales:
la primera, que había cruzado una línea invisible;
la segunda, que si no lograba acercarme a él, no
sobreviviría allí.
No intenté enfrentarlo otra vez. Hice algo más lento y más
peligroso: me acerqué a los pocos a quienes él llamaba amigos. Tres chicos de
apellido Celis que, con el tiempo, terminarían convirtiéndose en mi familia.
Silenciosos, observadores, pícaros, leales entre ellos.
A través de ellos empecé a aislarlo, sin violencia.
Quitándole público. Quitándole eco.
No tuvo muchas opciones.
Meses después, cuando la soledad empezó a pesar, se acercó.
Poco a poco, con paciencia, nos dimos la oportunidad de conocernos. Y entonces
apareció algo que nadie esperaba.
Ni él. Ni yo.
Apareció el cariño.
Nos entendimos sin pedirnos perdón. Construimos una relación
áspera, hecha de límites claros y afecto torpe. De esos que no saben abrazar,
pero sí saben cuidar. Con él aprendí que la dureza extrema suele esconder una
necesidad desesperada de ser visto.
Al año siguiente lo llevaron de nuevo a Bogotá.
Desapareció en las calles, como si todo lo que habíamos
construido hubiera sido solo un paréntesis. Cuando regresó, lo enviaron otra
vez al Tuparro.
El padre Javier les entregaba una vez al año una muda de
ropa: zapatos, pijama, algo limpio para empezar de nuevo. Para ellos aquello
era un tesoro. Algunos lo vendían para conseguir droga. Otros lo guardaban para
sus hermanos o para el día en que volvieran a la ciudad.
Él ese año hizo algo distinto.
Me guardó su pijama.
Era rosada.
Un color que no le gustaba.
Pero pensó en mí. No la vendió, no la cambió, no la guardó
para nadie más. La conservó todo ese tiempo hasta que volvimos a encontrarnos,
como si fuera una promesa pequeña, silenciosa, infantil.
Tiempo después, durante unas vacaciones en Bogotá, me llevó
a conocer a la dueña de una tienda en un barrio llamado Egipto, al sur de la
ciudad. Quería que yo supiera de dónde venía. Quería mostrarme su mundo.
Yo lo acompañé.
Sin miedo. O con uno distinto.
Años después lo mataron.
Cuando me enteré no lloré de inmediato. El duelo llegó
tarde, como llegan las cosas que no tienen lugar donde ponerse. A veces pienso
que ese día terminó de enseñarme la lección que había comenzado en aquella
primera clase.
El amor no siempre salva.
Pero transforma, incluso cuando no alcanza.
Y a veces, eso es todo lo que hay.
El día que llegamos, mientras entrábamos, uno de los chicos
me miró fijo. No sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad
que no supe leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era
yo. Preguntaba cuánto iba a durar.
Ese día nos recibió la directora de entonces y nos condujo
hasta lo que sería nuestra habitación. Era un espacio largo y oscuro, cargado
de un olor persistente a humedad. Cinco camarotes de hierro pesado ocupaban la
mayor parte del cuarto. Al fondo, una ventana de cristales opacos dejaba
entrever el baño: un cuartito mal ventilado, con una puerta que no cerraba
bien. Dos lavamanos torcidos sostenían un espejo roto, opaco, amarillento por
el sol y los años.
Frente a los lavamanos había dos cubículos con sanitarios
viejos, percudidos y agrietados. A un lado, una ducha con baldosas que alguna
vez intentaron ser blancas. Entre las juntas, los hongos habían ganado terreno:
manchas negras en las boquillas y un tono amarillento que cubría la cerámica
del suelo.
Cinco de nosotras debíamos compartir esa habitación. Comenzaba así una convivencia obligada con personas que apenas acabábamos de conocer, algo parecido a un reality show, pero sin cámaras ni posibilidad de abandonar el set cuando uno quisiera.
No había electricidad. Solo la luz que alcanzaba a producir
una planta eléctrica que funcionaba con gasolina. Durante dos horas al día —de
seis y media a ocho y media de la noche— el lugar se iluminaba lo suficiente
para vernos las caras y confirmar que seguíamos allí.
No había comunicación. Ni internet, ni señal, ni teléfonos.
Para salir había que tomar una lancha, y el punto más cercano al que se podía
llegar era el centro administrativo del Parque Nacional Natural El Tuparro.
Las condiciones no eran fáciles y todos lo supimos desde el
primer día. Esa noche casi nadie durmió. Era el momento de decidir si quedarse
o marcharse.
Al día siguiente los hombres fueron separados del grupo y trasladados a la casa Pinardi. Las mujeres nos quedamos en la casa Tambora. Dos de los profesores que habían llegado con nosotros pidieron regresar a Bogotá.
La mirada de aquel chico al llegar tenía un significado que
entonces no entendí. Era parte de una apuesta silenciosa que hacían entre
ellos. Cada vez que llegaba un grupo nuevo de profesores, los chicos asignaban
números. Esos números representaban los días que creían que duraríamos antes de
irnos.
Y no les faltaba experiencia.
Para el primer mes, de los doce profesores que habíamos
llegado, la mitad ya se había marchado.
No era solo el aislamiento ni las condiciones de vida. Era
también el miedo.
El miedo que todas sentimos antes de nuestra primera clase.
El aula era un cuarto amplio e iluminado, con paredes
desnudas y pupitres que parecían haber sobrevivido a varias guerras. Olía a
sudor viejo, a encierro, a rabia acumulada. Nada en ese espacio invitaba a
aprender. Todo invitaba a resistir.
Entré sola.
No porque fuera valiente, sino porque todavía no sabía medir
el peligro. Tenía veinticuatro años, un título recién estrenado y una idea
profundamente equivocada de lo que significaba educar.
Ellos ya estaban allí.
No hablaban. Apenas se movían. Me observaban como se observa
a alguien que acaba de entrar en un territorio que no le pertenece. Sabían
cosas que yo todavía no sabía. Siempre fue así.
Lo identifiqué de inmediato.
Había uno al que los demás miraban de reojo. No necesitaba
levantar la voz ni moverse demasiado para imponer respeto. Estaba sentado al
fondo, relajado, con una sonrisa mínima, peligrosa. Su cuerpo decía lo que su
boca no necesitaba repetir: aquí mando yo.
Era de mi misma estatura, de huesos gruesos, piel morena y
facciones indígenas. Pómulos marcados, nariz ancha y chata, cabello negro,
grueso y liso. Tenía una mirada esquiva, desconfiada, siempre un poco enojada.
Cuando empecé a hablar, se levantó.
Caminó hacia mí despacio. Demasiado despacio. Cada paso era
una advertencia. Se acercó hasta quedar a centímetros de mi cara. Sentí su
respiración, su olor, su intención.
—¿Y usted qué cree que viene a hacer aquí, cucha*?
No era una pregunta.
El aula entera se tensó. Los otros chicos esperaban el
espectáculo. Apostaban en silencio cuánto tardaría yo en quebrarme.
No recuerdo haber pensado.
Recuerdo haber reaccionado.
Lo empujé.
No con técnica. No con elegancia. Con rabia, con miedo, con puro instinto. Lo insulté. Le grité cosas que jamás habría dicho en otro contexto. Cosas que ni siquiera sabía que existían dentro de mí.
-Usted a mi no me jode y se sienta hijo de puta-
Lo empujé
hacia dentro del salón y cerré la puerta.
Lo dejé encerrado.
El silencio fue inmediato.
Yo temblaba. Por dentro y por fuera. Pero no di un paso
atrás. No porque supiera lo que hacía, sino porque ya no podía retroceder. Él
golpeó la puerta, gritó, insultó. Nadie se movió.
Al final se fue.
Ese día entendí dos cosas fundamentales:
la primera, que había cruzado una línea invisible;
la segunda, que si no lograba acercarme a él, no
sobreviviría allí.
No intenté enfrentarlo otra vez. Hice algo más lento y más
peligroso: me acerqué a los pocos a quienes él llamaba amigos. Tres chicos de
apellido Celis que, con el tiempo, terminarían convirtiéndose en mi familia.
Silenciosos, observadores, pícaros, leales entre ellos.
A través de ellos empecé a aislarlo, sin violencia. Quitándole público. Quitándole eco.
No tuvo muchas opciones.
Meses después, cuando la soledad empezó a pesar, se acercó.
Poco a poco, con paciencia, nos dimos la oportunidad de conocernos. Y entonces
apareció algo que nadie esperaba.
Ni él. Ni yo.
Apareció el cariño.
Nos entendimos sin pedirnos perdón. Construimos una relación
áspera, hecha de límites claros y afecto torpe. De esos que no saben abrazar,
pero sí saben cuidar. Con él aprendí que la dureza extrema suele esconder una
necesidad desesperada de ser visto.
Al año siguiente lo llevaron de nuevo a Bogotá.
Desapareció en las calles, como si todo lo que habíamos
construido hubiera sido solo un paréntesis. Cuando regresó, lo enviaron otra
vez al Tuparro.
El padre Javier les entregaba una vez al año una muda de
ropa: zapatos, pijama, algo limpio para empezar de nuevo. Para ellos aquello
era un tesoro. Algunos lo vendían para conseguir droga. Otros lo guardaban para
sus hermanos o para el día en que volvieran a la ciudad.
Él ese año hizo algo distinto.
Me guardó su pijama.
Era rosada.
Un color que no le gustaba.
Pero pensó en mí. No la vendió, no la cambió, no la guardó
para nadie más. La conservó todo ese tiempo hasta que volvimos a encontrarnos,
como si fuera una promesa pequeña, silenciosa, infantil.
Tiempo después, durante unas vacaciones en Bogotá, me llevó
a conocer a la dueña de una tienda en un barrio llamado Egipto, al sur de la
ciudad. Quería que yo supiera de dónde venía. Quería mostrarme su mundo.
Yo lo acompañé.
Sin miedo. O con uno distinto.
Años después lo mataron.
Cuando me enteré no lloré de inmediato. El duelo llegó
tarde, como llegan las cosas que no tienen lugar donde ponerse. A veces pienso
que ese día terminó de enseñarme la lección que había comenzado en aquella
primera clase.
El amor no siempre salva.
Pero transforma, incluso cuando no alcanza.
Y a veces, eso es todo lo que hay.















.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)












