martes, 14 de abril de 2026

SEGUNDA TEMPORADA. EL TUPARRO. CAP.7 "AMOR EN CONSERVA"

 CAPÍTULO 7. "AMOR EN CONSERVA"

Pero en el Tuparro no todo era terror.

También había algo que nos movía a todos, como un motor invisible, testarudo, imposible de apagar: el amor.

A las seis de la mañana cruzaban el cielo como una explosión de color, gritando como si el mundo se estuviera acabando… y a las seis de la tarde volvían, igual de escandalosas, igual de libres.
A los quince días… ya quería declararles la guerra.

Amor por todo. Por lo mínimo. Por lo absurdo.

La primera semana estábamos completamente enamoradas de las bandadas de guacamayas.

Al principio era mágico.

—Otra vez estas desgraciadas —pensaba, con ojeras de campeonato—.

Porque sí, eran hermosas… pero no tenían ningún respeto por el insomnio ajeno.


Así pasaban los días.
Con las mismas dinámicas, las mismas actividades… pero nunca se volvían rutina.
Siempre pasaba algo.
Siempre había algo que arreglar, que escuchar, que aprender.
O alguien que te rompía el corazón… o te lo reconstruía en el mismo día.
Vivíamos como estrellas de la farándula.
Pero sin glamour, sin contrato… y con un público bastante más intenso.
Paparazzis. Día y noche.
Nuestra habitación era el único refugio sagrado. El único lugar donde nadie podía entrar.
Pero cada mañana, a las 6:30 en punto, abríamos la puerta…
Y ahí estaban.
Cuatro. Cinco. Siete chicos.
Esperando.
No por comida.
No por órdenes.
Por una sonrisa.
Por una mirada.
Por un “buenos días” que les dijera, sin palabras, que existían para alguien.
Solo querían atención.
Y eso… era lo más difícil de dar y lo más fácil de olvidar.

 


Antes del desayuno, un cigarrillo con café oscuro en las gradas que daban a la cocina.
Siempre aparecía alguno. O varios.
Como si el humo llamara a la tribu.
Luego el comedor nos esperaba con esas vistas que te dejaban sin aire:
el Orinoco pasando lento, delfines asomando como fantasmas elegantes, indígenas cruzando en sus canoas, monos gritando desde la orilla…
Y nosotros ahí, desayunando chocolate con agua y cuchufletas fritas.
Las cuchufletas…
Una especie de arepa inflada hecha con lo mínimo: harina y agua.
Las tías —las cocineras— hacían magia.
Porque no importaba lo simple: todo sabía a hogar.
Y cuando no había nada… había cuchufletas.
Siempre había cuchufletas.
Sospecho que si el fin del mundo hubiera llegado, alguien habría sobrevivido a base de ellas.
La dieta era… digamos… repetitiva.
Garbanzos.
Arroz.
Garbanzos.
Lentejas.
Garbanzos.
Guisantes.
Garbanzos.
Frijoles.
Y, por si quedaba duda… garbanzos.
Dos veces por semana aparecía proteína animal:
un pollo flaco que parecía haber sufrido más que nosotros…
y los jueves…
Los gloriosos jueves de salchicha en lata con puré de patata.
Mi comida favorita.
Mi momento espiritual de la semana.
Amaba esa salchicha con una intensidad que hoy me daría vergüenza confesar en voz alta… pero ahí dentro, era oro en conserva.
La comida en el Tuparro era sagrada.
Y si era rica… era territorio emocional.
Los chicos lo sabían.
Sabían lo que significaba para mí el jueves.
Un día, uno terminó de cenar, se levantó… y antes de irse, dejó en mi plato la colita de su salchicha.
—Disfrútelo, maxis.
Detrás de él, otro hizo lo mismo.
Y otro.
Y otro.
Cada jueves, pequeñas ofrendas.
Pedazos de algo que para ellos también era un lujo.
“Maxis”.
Así llamaban a un gran amigo.
Y yo, con el plato lleno de colitas de salchicha… entendí algo brutal:
que el amor no siempre llega en grandes gestos.
A veces llega en forma de sobras.
De lo poco que alguien decide no guardarse.
Y eso… pesa más que cualquier banquete.


Más que Navidad. Más que cumpleaños. Más que cualquier cosa.
y era como ver llegar la vida misma.
Cartas.
recuerdo esas noches y pienso:

Cada tres meses llegaba la barcaza.

El día más esperado.

La veíamos aparecer desde el puente del Bolívar, avanzando

por el Orinoco…

Traía comida.

Noticias.

Pedazos del mundo que habíamos dejado atrás.

Y entonces ocurrió algo que hoy parece casi mágico:

Volvimos a escribir cartas a mano.

Horas bajo la luz de una vela, contando lo que nos pasaba, lo

que sentíamos, lo que no sabíamos cómo explicar.


Sin internet.

Sin ruido.

Sin distracciones.

Solo la verdad.


Hoy, en este mundo de inmediatez, de notificaciones, de historias que desaparecen en 24 horas…

qué lujo tan salvaje era tener tiempo para sentir.

La barcaza llegando con nuestra comida y nuestras cajas mágicas.

En la barcaza también llegaban las respuestas.


Regalos.

Cerveza.

Salchichas.


Y pacas de cigarrillos —“peches”—.

Los peches eran moneda, terapia y diplomacia.

Los chicos hacían de todo por uno.

Hasta resolver sudokus.

Lo cual, sinceramente, en ese contexto… ya rozaba el  milagro.

La abstinencia era dura.

Muy dura.

Pero eso… es otra historia.

Resolviendo un sudoku, el premio era un "peche"

Una mañana abrí la puerta.
Estaban los de siempre.
Todos… menos uno.
Y entonces lo vi.
Pequeño.
Demasiado pequeño para ese lugar.
En una esquina.
Mirando al suelo.
Mirando de reojo, como pidiendo permiso para existir.
Había llegado hacía una semana.
Descalzo.
Sucio.
Roto.
No hablaba.
Le pregunté qué había pasado.
Me dijo que los grandes le habían quitado todo.
Todo.
Le pedí su ropa.
La lavamos.
La arreglamos.
Le cosí botones a una camisa blanca con flores enormes, casi ridículas… casi hermosas.
Luego lo llevé al río.
Lo ayudé a bañarse.
Al día siguiente…
Ahí estaba.
El primero en la puerta.
Limpio.
Arreglado.
Sonriendo como si le hubieran devuelto algo más que ropa.
—¿Cómo te llamas?
—Me llaman siete cabezas.
Durante casi un año, siete cabezas fue el primero en estar ahí.
Esperando.
Orgulloso de su camisa.
De su presencia.
Pero su pelo… seguía siendo un desastre.
Como el de todos.
Así que inventamos los “sábados de spa”.


Lavábamos pies con hongos —una experiencia que no le
deseo a nadie—,
cortábamos pelo, curábamos heridas visibles… y otras que no se veían tanto.
Yo me especialicé en dos cosas:
pies imposibles…
y rapar cabezas.
Tenía mano. No sé por qué.
Un sábado llegó siete cabezas.
Lo senté.
Le mojé el pelo.
Empecé a pasar la máquina…
Y entonces lo vi.
Su cráneo.
Las protuberancias. Los golpes. La historia escrita en hueso.
Tenía diez años…
y una cabeza que contaba demasiadas guerras.
Ahí entendí su nombre.


y me dieron ganas de romper algo. o a alguien.

Pero no.

Solo seguí. Con cuidado. En silencio.

Día tras día, volvió a esa puerta. A esa esquina. A ese pequeño ritual de ser visto.

Esperando una mirada que antes nunca tuvo.

Porque sí… las historias eran duras.

Pero lo que pasaba en esa casa… era profundamente 

hermoso.

Era una segunda oportunidad.

Un lugar inseguro que, de alguna manera, lograba ser refugio.

Un espacio donde, entre golpes, reglas imposibles y hambre…

ocurría algo extraordinario:

volvían a ser niños.

Y quizá esa era la verdadera magia del Tuparro.

No cambiar el pasado.

No borrar el dolor.

Sino hacer algo mucho más difícil:

demostrar que incluso en los lugares más rotos del mundo…el amor —ese terco, imperfecto, a veces absurdo—

sigue encontrando la forma de quedarse.

Y cuando lo hace…

lo cambia todo.

 



lunes, 16 de marzo de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 6

 CAPITULO 6. LA NOCHE DEL TERROR Y OTROS DEMONIOS

Nada en esa casa era improvisado.

Eso fue lo que más me costó entender.

Desde afuera parecía caos: gritos, peleas, encierro, cuerpos jóvenes cargando una violencia desbordada. Pero por dentro había reglas. Durísimas. Precisas. Aceptadas.

El padre Javier aparecía poco. Y cuando lo hacía, todo cambiaba.
No necesitaba levantar la voz. Su presencia bastaba para que la casa se tensara como un músculo a punto de romperse. Él había diseñado un sistema que muchos cuestionarían —y con razón—, pero que funcionaba en un lugar donde nada más parecía hacerlo.
La comida, intocable.

La casa tenía una estructura sociopolítica creada por los propios chicos. Democrática, decían. Y lo era… dentro de sus propios códigos. Tenían alcalde, secretario, junta. Elegidos entre ellos. Ellos decidían. Ellos juzgaban. Ellos castigaban.

El bien común era sagrado.

Una vez dos chicos se robaron el arroz de las bodegas. No fue hambre. Fue desafío. La junta se reunió. No hubo gritos. No hubo golpes. El castigo fue simple: preparar olladas enormes de arroz y obligarlos a comer hasta que no pudieran más.

No volvieron a robar. El malestar estomacal les duró dos días.


Otra vez apareció el club de la pelea. Corrillos, apuestas, golpes organizados. Violencia convertida en espectáculo. Detectamos a los dos que lo promovían. El castigo fue extremo: encerrarlos juntos, un palo para cada uno. Solo podían salir cuando uno le sacara sangre al otro.

No pelearon, ni siquiera lo intentaron. Duraron encerrados cuatro días en uno de los salones con barrotes de hierro del primer piso. Una pasarela permitía pasar justo por el frente. Tal vez el escarnio público fue suficiente para que ese tipo de violencia no volviera a aparecer.

No volvieron a organizar nada parecido.

Alguna vez pedimos ayuda al alcalde de los chicos. Llevábamos varias semanas escuchando, en plena madrugada, ruidos en la bodega donde guardábamos la comida. Poco a poco los sacos de arroz, lentejas y garbanzos iban disminuyendo con una rapidez alarmante.

No éramos capaces de salir. No sabíamos qué podía ser.

¿Un zorro?
¿El jaguar?
¿Ladrones?

Así que empezamos a vigilar las siguientes noches, tratando de entender qué estaba ocurriendo. Y lo descubrimos.

Eran indígenas de la zona.

Llegaban en silencio, como sombras, y entraban a la casa para llevarse la comida. Era algo que ocurría constantemente. No solo se llevaban los alimentos: también desaparecían las pocas medicinas que teníamos, especialmente las pruebas y tratamientos contra el paludismo.

Hablábamos con ellos. Les pedíamos que no lo hicieran. Les explicábamos que la comida era para los chicos.

Pero seguían viniendo.

Y en ese lugar no había policía. No había autoridad a la que acudir. Allí no existían sirenas ni uniformes. Solo la selva.

Era, simple y brutalmente, la ley del más fuerte.

Después de pensarlo mucho, decidimos pedir ayuda al alcalde de los chicos. Él organizó la estrategia para la noche.

Nosotras estaríamos atentas a la incursión. En cuanto escucháramos movimiento, daríamos la señal al centinela, el único que tenía la llave de la habitación donde dormían los chicos. Él abriría la puerta y entonces saldrían todos, desaforados, a asustar y expulsar a los indígenas. La idea era provocar el suficiente miedo para que la próxima vez se lo pensaran dos veces antes de volver a entrar.

El alcalde y su junta hicieron su parte. Animaron a los chicos, los exaltaron, les pidieron que tomaran lo que encontraran —palos, piedras, lo que fuera— y que corrieran por toda la casa hasta echar a los intrusos.

Aquella noche la casa entera contenía la respiración.

A las dos de la madrugada escuchamos los primeros pasos en la zona de la bodega.

Un silbido corto.

La señal.

El centinela abrió la puerta.

Y en cuestión de segundos, ciento veinte chicos salieron disparados en medio de la oscuridad, armados con palos y piedras, gritando como si toda la rabia del mundo les saliera por la garganta.

La casa se convirtió en una escena irreal.
Solo se oían pasos corriendo, gritos, golpes contra las paredes. Sombras que se movían en la oscuridad como en una película de terror.
—¡No los maten!

Lo peor que podía pasar estaba ocurriendo.

Nosotras solo gritábamos desde la oscuridad:

—¡No los maten!

El tiempo se volvió espeso. Lento. Insoportable.

Mientras esperábamos, imaginábamos lo peor.

Después de casi una hora, el silencio regresó. Primero tímido. Luego completo. Solo quedaron algunas risas a lo lejos.

Corrimos hasta la habitación de los chicos.

Todos habían regresado.

Algunos tenían moretones. Otros pequeñas cortadas que se habían hecho entre ellos mismos. En la oscuridad nadie distinguía quién era indígena y quién era uno de los chicos del programa.

Pero nadie había muerto.

Los indígenas habían huido. Y no volvieron.

Los chicos estaban eufóricos. Se lo habían pasado como en una aventura salvaje.

Y nosotras, aunque casi nos morimos de angustia imaginando todo lo que podría haber sucedido, sentimos también una extraña satisfacción.

La misión se había cumplido.

Entre todos —como una familia improvisada, rota, pero familia al fin— habíamos defendido nuestra casa y nuestra comida.

A la mañana siguiente nos sentíamos más unidos que nunca.

Aunque yo participaba en todo aquello, lo observaba con una mezcla peligrosa de rechazo y comprensión. Nada de eso encajaba con lo que había estudiado. Nada se parecía a la pedagogía que me habían enseñado. Y, sin embargo… algo se aplacaba. Algo se ordenaba. Algo, de alguna manera extraña, funcionaba.

Y dentro de todo ese contexto de violencia —una violencia que allí parecía tener un extraño sentido— existía la noche del terror.

Una vez al año el padre visitaba la casa. Los primeros días eran de amor puro, de cantos de alabanza, de abrazos, de una alegría casi religiosa.

Pero la última noche era diferente.

Lúgubre.
Dolorosa.

Oscura.

Para muchos, la única figura paterna que habían tenido en su vida.
No explico.
No absuelvo.

Esa noche nos encerraban a los profesores en nuestras habitaciones. No podíamos salir. No debíamos intervenir.

Solo escuchar.

Abajo, en la planta baja, los chicos se formaban en dos hileras. Los castigados ya estaban señalados.

Pasaban uno a uno por el caminito mientras sus propios compañeros los golpeaban.

Lo llamaban el caminito de honor.

Al final del pasillo los esperaba el padre… o el alcalde. Allí llegaba el último golpe.

No era el más fuerte. Tal vez solo una palmada. El cuerpo ya había soportado todo lo demás al atravesar el caminito.

Pero ese era el que más dolía.

Porque era el golpe del padre.

Ese hombre que les había dado una segunda oportunidad.

Y decepcionar a tu padre… eso sí que duele.

Después venía la reprimenda de los educadores.

Los gritos eran desgarradores.

Desde nuestra habitación solo podíamos llorar y suplicar que aquello terminara. Golpeábamos la puerta. Gritábamos. Pedíamos que pararan.

Nadie nos escuchaba.

O quizá sí.

Pero no importaba.

Esa era su ley. Una ley que ellos mismos habían elegido, votado y aceptado.

Y aquí viene la parte más difícil de escribir, incluso hoy:

Después de esa noche, la casa se calmaba.

El golpe funcionaba.

Los chicos parecían otros. No estaban tristes. No estaban hundidos. Increíblemente sonreían. Cantaban. Jugaban en calma.

La paz duraba unos dos meses.

Luego la locura de esa casa volvía a aparecer, porque en realidad nunca desaparecía del todo.

No justifico.

Solo narro.

Había violencias que no sabíamos cómo detener.


El año siguiente llegó un grupo muy distinto al primero. Más conflictivos. Y quizá algunos con más maldad.

Empezamos a encontrar señales de abuso sexual entre ellos.

Se había formado algo parecido a una pequeña mafia sexual. Al final no era exactamente abuso. Eran acuerdos oscuros, miserables: los chicos más pequeños se vendían a los mayores por un cigarrillo.

La situación llegó a tal punto que teníamos que salir por las noches con linternas para separarlos.

¿Cómo se podía enfrentar algo así?

Y entonces llegó la hepatitis C.

Una epidemia que dejó a más de veinte chicos infectados.

Todos tuvieron que ser trasladados a Bogotá.

Y de repente ya no tuvimos que seguir separando abusadores de abusados.

A veces pienso que esa casa no era una escuela.

Era un espejo brutal de lo que hoy es el mundo entero.

Allí el orden no era justo.

Era funcional.

Y en ese equilibrio precario —entre el miedo y la norma, entre la selva intacta y los cuerpos rotos— aprendí algo que todavía me incomoda admitir:

La moral es un lujo cuando la supervivencia es urgente.

Todavía hoy no sé qué pensar de todo aquello.

Y quizá por eso sigo escribiéndolo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 5

CAPITULO 5. LA PRIMERA CLASE

El día que llegamos, mientras entrábamos, uno de los chicos me miró fijo. No sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad que no supe leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era yo. Preguntaba cuánto iba a durar.

Ese día nos recibió la directora de entonces y nos condujo hasta lo que sería nuestra habitación. Era un espacio largo y oscuro, cargado de un olor persistente a humedad. Cinco camarotes de hierro pesado ocupaban la mayor parte del cuarto. Al fondo, una ventana de cristales opacos dejaba entrever el baño: un cuartito mal ventilado, con una puerta que no cerraba bien. Dos lavamanos torcidos sostenían un espejo roto, opaco, amarillento por el sol y los años.

Frente a los lavamanos había dos cubículos con sanitarios viejos, percudidos y agrietados. A un lado, una ducha con baldosas que alguna vez intentaron ser blancas. Entre las juntas, los hongos habían ganado terreno: manchas negras en las boquillas y un tono amarillento que cubría la cerámica del suelo.

Cinco de nosotras debíamos compartir esa habitación. Comenzaba así una convivencia obligada con personas que apenas acabábamos de conocer, algo parecido a un reality show, pero sin cámaras ni posibilidad de abandonar el set cuando uno quisiera.

No había electricidad. Solo la luz que alcanzaba a producir una planta eléctrica que funcionaba con gasolina. Durante dos horas al día —de seis y media a ocho y media de la noche— el lugar se iluminaba lo suficiente para vernos las caras y confirmar que seguíamos allí.

No había comunicación. Ni internet, ni señal, ni teléfonos. Para salir había que tomar una lancha, y el punto más cercano al que se podía llegar era el centro administrativo del Parque Nacional Natural El Tuparro.

Las condiciones no eran fáciles y todos lo supimos desde el primer día. Esa noche casi nadie durmió. Era el momento de decidir si quedarse o marcharse.

Al día siguiente los hombres fueron separados del grupo y trasladados a la casa Pinardi. Las mujeres nos quedamos en la casa Tambora. Dos de los profesores que habían llegado con nosotros pidieron regresar a Bogotá.

La mirada de aquel chico al llegar tenía un significado que entonces no entendí. Era parte de una apuesta silenciosa que hacían entre ellos. Cada vez que llegaba un grupo nuevo de profesores, los chicos asignaban números. Esos números representaban los días que creían que duraríamos antes de irnos.

Y no les faltaba experiencia.

Para el primer mes, de los doce profesores que habíamos llegado, la mitad ya se había marchado.

No era solo el aislamiento ni las condiciones de vida. Era también el miedo.

El miedo que todas sentimos antes de nuestra primera clase.

El aula era un cuarto amplio e iluminado, con paredes desnudas y pupitres que parecían haber sobrevivido a varias guerras. Olía a sudor viejo, a encierro, a rabia acumulada. Nada en ese espacio invitaba a aprender. Todo invitaba a resistir.

Entré sola.

No porque fuera valiente, sino porque todavía no sabía medir el peligro. Tenía veinticuatro años, un título recién estrenado y una idea profundamente equivocada de lo que significaba educar.

Ellos ya estaban allí.

No hablaban. Apenas se movían. Me observaban como se observa a alguien que acaba de entrar en un territorio que no le pertenece. Sabían cosas que yo todavía no sabía. Siempre fue así.

Lo identifiqué de inmediato.

Había uno al que los demás miraban de reojo. No necesitaba levantar la voz ni moverse demasiado para imponer respeto. Estaba sentado al fondo, relajado, con una sonrisa mínima, peligrosa. Su cuerpo decía lo que su boca no necesitaba repetir: aquí mando yo.

Era de mi misma estatura, de huesos gruesos, piel morena y facciones indígenas. Pómulos marcados, nariz ancha y chata, cabello negro, grueso y liso. Tenía una mirada esquiva, desconfiada, siempre un poco enojada.

Cuando empecé a hablar, se levantó.

Caminó hacia mí despacio. Demasiado despacio. Cada paso era una advertencia. Se acercó hasta quedar a centímetros de mi cara. Sentí su respiración, su olor, su intención.

—¿Y usted qué cree que viene a hacer aquí, cucha*?

No era una pregunta.

El aula entera se tensó. Los otros chicos esperaban el espectáculo. Apostaban en silencio cuánto tardaría yo en quebrarme.

No recuerdo haber pensado.

Recuerdo haber reaccionado.

Lo empujé. 

No con técnica. No con elegancia. Con rabia, con miedo, con puro instinto. Lo insulté. Le grité cosas que jamás habría dicho en otro contexto. Cosas que ni siquiera sabía que existían dentro de mí. 

-Usted a mi no me jode y se sienta hijo de puta-

Lo empujé hacia dentro del salón y cerré la puerta.

Lo dejé encerrado.

El silencio fue inmediato.

Yo temblaba. Por dentro y por fuera. Pero no di un paso atrás. No porque supiera lo que hacía, sino porque ya no podía retroceder. Él golpeó la puerta, gritó, insultó. Nadie se movió.

Al final se fue.


Ese día entendí dos cosas fundamentales:

la primera, que había cruzado una línea invisible;

la segunda, que si no lograba acercarme a él, no sobreviviría allí.

No intenté enfrentarlo otra vez. Hice algo más lento y más peligroso: me acerqué a los pocos a quienes él llamaba amigos. Tres chicos de apellido Celis que, con el tiempo, terminarían convirtiéndose en mi familia. Silenciosos, observadores, pícaros, leales entre ellos.

A través de ellos empecé a aislarlo, sin violencia. Quitándole público. Quitándole eco.

No tuvo muchas opciones.

Meses después, cuando la soledad empezó a pesar, se acercó. Poco a poco, con paciencia, nos dimos la oportunidad de conocernos. Y entonces apareció algo que nadie esperaba.

Ni él. Ni yo.

Apareció el cariño.

Nos entendimos sin pedirnos perdón. Construimos una relación áspera, hecha de límites claros y afecto torpe. De esos que no saben abrazar, pero sí saben cuidar. Con él aprendí que la dureza extrema suele esconder una necesidad desesperada de ser visto.

Al año siguiente lo llevaron de nuevo a Bogotá.

Desapareció en las calles, como si todo lo que habíamos construido hubiera sido solo un paréntesis. Cuando regresó, lo enviaron otra vez al Tuparro.

El padre Javier les entregaba una vez al año una muda de ropa: zapatos, pijama, algo limpio para empezar de nuevo. Para ellos aquello era un tesoro. Algunos lo vendían para conseguir droga. Otros lo guardaban para sus hermanos o para el día en que volvieran a la ciudad.

Él ese año hizo algo distinto.

Me guardó su pijama.

Era rosada.

Un color que no le gustaba.

Pero pensó en mí. No la vendió, no la cambió, no la guardó para nadie más. La conservó todo ese tiempo hasta que volvimos a encontrarnos, como si fuera una promesa pequeña, silenciosa, infantil.

Tiempo después, durante unas vacaciones en Bogotá, me llevó a conocer a la dueña de una tienda en un barrio llamado Egipto, al sur de la ciudad. Quería que yo supiera de dónde venía. Quería mostrarme su mundo.

Yo lo acompañé.

Sin miedo. O con uno distinto.

Años después lo mataron.

Cuando me enteré no lloré de inmediato. El duelo llegó tarde, como llegan las cosas que no tienen lugar donde ponerse. A veces pienso que ese día terminó de enseñarme la lección que había comenzado en aquella primera clase.

El amor no siempre salva.

Pero transforma, incluso cuando no alcanza.

Y a veces, eso es todo lo que hay.


lunes, 23 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 4

 

CAPITULO 4. EL LUGAR Y LA FORMA

Antes de entender a los chicos, tuve que entender el territorio.
Y antes de entender el territorio, aceptar que no estaba hecho para explicarse con facilidad.

La guerra en Colombia no empezó con un disparo aislado, sino con una herida abierta: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. A partir de entonces, liberales y conservadores se desangraron en una violencia que sembró resentimientos profundos y abonó el terreno para el nacimiento de las guerrillas en los años sesenta: ELN, M-19, EPL y las FARC. Esta última, durante décadas, fue una de las más poderosas, financiada por el narcotráfico y fortalecida, entre otras prácticas atroces, por el reclutamiento forzado de menores.

Periódico El Tiempo.

En los campos, el miedo se volvió rutina. Las guerrillas desplazaron a miles de familias campesinas. Muchas huyeron no solo para salvar la vida, sino para proteger a sus hijos. Era una práctica cruel y frecuente: niños de seis, ocho o diez años arrancados de sus casas, internados en la selva, entrenados para obedecer sin preguntar, para disparar sin temblar, para matar sin culpa.

Así comenzó el éxodo.

Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga. Las grandes ciudades prometían oportunidades que casi nunca llegaban. Las familias que escapaban con lo puesto terminaron, muchas veces, durmiendo bajo puentes, entre bolsas de basura, cubriéndose con cartones húmedos. Para anestesiar el hambre y el frío, algunos inhalaban pegantes industriales o consumían bazuco, esa mezcla miserable de residuos de droga con polvo de ladrillo, ceniza y cualquier cosa que ardiera.

La sociedad les puso nombres: indigentes, ñeros, desechables, gamines. Como si cambiarles el nombre borrara la responsabilidad colectiva. Eran, en realidad, los hijos visibles de una guerra invisible. Su aspecto asustaba; su olor incomodaba; su existencia interpelaba. Muchos crecieron en la calle, tuvieron hijos en la calle, envejecieron en la calle. Algunos nunca conocieron otra cosa.

periódico El Tiempo.

En medio de ese panorama surgió el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (IDIPRON), un programa de la Alcaldía de Bogotá dirigido por el padre Javier de Nicoló, un salesiano que decidió apostar por lo que otros daban por perdido. Con disciplina, afecto y estructura, logró rescatar y formar a más de cuarenta mil jóvenes, acompañándolos hasta convertirse en ciudadanos autónomos y productivos.

El programa funcionaba como una red viva.

Las casas de acogida estaban ubicadas en zonas céntricas de las ciudades. Allí los habitantes de calle podían bañarse, comer, dormir bajo techo. También tenían acceso a talleres, alfabetización y actividades formativas. Nadie los perseguía; los observaban sin acosarlos. Cuando alguien regresaba varias veces, le ofrecían ingresar formalmente al programa. Si aceptaba, pasaba a una zona de espera hasta completar el grupo que sería asignado a una unidad formativa.

Las unidades formativas eran internados. Allí los jóvenes podían terminar el bachillerato e incluso acceder a estudios técnicos o universitarios. Además, trabajaban: pintaban espacios públicos, sembraban jardines, limpiaban parques. Entre los años noventa y dos mil era común verlos por las calles con su overol naranja. Tal vez los recuerdes. Eran ellos: los que habían sido invisibles, ahora trabajando a plena luz del día. Algunos completaron todo el proceso. Hoy son abogados, comerciantes, empresarios. La redención, cuando es real, no hace ruido: transforma vidas en silencio.

Las unidades nunca eran mixtas. Entre las más emblemáticas estaban La Florida —conocida como la “República de los Muchachos”—, Bosconia, La 11, Liberia y La 78. También existían Unidades de Protección Integral como La 32, Arcadia y Normandía. Y estaban las sedes rurales: la finca Buenavista o Casa Roja en La Calera, la casa de Acandí en el Chocó —donde enviaban a los bebés— y la sede integral del Tuparro, en el Vichada.

El Tuparro. La más lejana. La más extrema. Allí enviaban a los más conflictivos, a los que nadie quería recibir, a los que parecían no tener retorno. Y, sin embargo, el lugar era perfecto para empezar de nuevo.

Una sabana inmensa que regalaba sensación de libertad, pero no concedía escapatoria. Un río ancho, indomable, imposible de cruzar a nado. Kilómetros de horizonte plano donde, si no conoces el camino, no sobrevives. La naturaleza imponía reglas claras: aquí se aprende o se perece.

La Unidad Formativa del Tuparro estaba compuesta por cuatro casas, separadas entre sí por caminatas de seis a nueve horas. El aislamiento no era simbólico; era real.

El Cejal era la casa de trabajo. Allí iban los chicos que rechazaban el estudio. También era, en la práctica, la casa de disciplina estricta: quienes incumplían gravemente las normas de convivencia —violencia, robos, agresiones— eran enviados allí. El aislamiento no buscaba humillar, sino confrontar. Era una pausa obligatoria para replantearse.

Pinardi era una de las casas de estudio, situada en el corazón de la sabana. Allí residían los jóvenes de contextura más fuerte; trabajaban exclusivamente profesores hombres. El entorno era duro, el ritmo exigente.

Tambora era la casa principal. Tenía el teléfono, el puerto, el almacén de provisiones, la lancha y el lanchero. Era el punto de conexión con el mundo exterior y, al mismo tiempo, una frontera invisible. Allí trabajábamos solo mujeres, y los chicos asignados a Tambora eran los más pequeños de contextura, los más frágiles en apariencia.

Yo llegué allí creyendo que iba a enseñar.

No sabía que primero tendría que desaprender el miedo, los prejuicios y la idea cómoda de que el bien y el mal son categorías simples. En el Tuparro entendí que la guerra no solo se libra con fusiles. También se libra —y se gana— cuando alguien decide apostar por una segunda oportunidad en medio de la sabana infinita.

TAMBORA

Tambora, era una estructura cuadrada e imperfecta plantada en la mitad de la sabana, abrazada por el río Orinoco como si el agua fuera a la vez protección y advertencia.

En el centro del cuadrado había una cancha inmensa. Demasiado grande para ser solo una cancha. Allí se jugaba fútbol, sí, pero también se gritaba, se discutía, se elegían autoridades, se castigaba, se celebraba. Todo pasaba ahí. Era la plaza pública, el escenario, el corazón expuesto de la casa. La zona social. El lugar donde los cuerpos decían lo que las palabras no alcanzaban.

El comedor estaba en el borde mismo del río.
Una plataforma de concreto sostenida sobre una roca, con un techo de zinc que sonaba como tambor cuando llovía. Comer allí era un privilegio involuntario. Mientras servíamos platos sencillos, pasaban delfines rosados, canoas indígenas de madera oscura, monos curiosos que se asomaban entre los árboles. El Orinoco era ancho, solemne, inmenso. Parecía un mar que no tenía prisa.

Comíamos todos los días con una vista que cualquier hotel de lujo envidiaría.
Y sin embargo, nadie estaba allí por la vista.

En el extremo norte se levantaba una construcción de dos pisos, tipo palafito. Era la zona más doméstica de Tambora. Arriba estaban las habitaciones de la directora, las profesoras, la biblioteca y la cocina. Abajo, una bodega enorme guardaba el mercado. La remesa. La supervivencia.

El mercado llegaba cada tres meses.

Venía en la misma barcaza en la que nosotros habíamos llegado el primer día. Una barcaza lenta, cargada hasta el límite, que navegaba durante semanas por el Orinoco y el río Tomo, atravesando el Vichada hasta llegar al Meta. La conducía Amín. Siempre Amín.

En esas cajas no solo venía arroz, harina o enlatados. Venían cartas escritas a mano, comida “rica”, cervezas, dulces, cigarrillos. Venía el mundo exterior comprimido en cartón. Todo servía. Todo se intercambiaba. Todo tenía valor.

Ese edificio se unía por un puente elevado a la construcción más imponente de Tambora:

un bloque de cuatro pisos, de concreto crudo, con barrotes de acero. Cárcel sin eufemismos.

En el primer piso dormían los muchachos. Dos salones gigantes llenos de camarotes metálicos. Por la noche los encerrábamos con llave. No por castigo. Por prevención. El miedo también dormía allí.

En el segundo y tercer piso estaban los salones de clase, distribuidos por cursos. En Tambora enseñábamos desde primaria hasta octavo de bachillerato. En la casa Pinardi —la de los grandes, los fuertes— solo se dictaba secundaria. Allá ya no había lugar para la infancia.

El cuarto piso era otra cosa.

Era un tesoro.

Una terraza abierta desde donde la sabana y el Orinoco se mostraban sin pudor. El paisaje allí no se contemplaba: se imponía. En ese espacio se hacían los actos culturales, las presentaciones, las noches que todavía hoy me cuesta creer que existieron. Bajo ese cielo vivimos algunas de las horas más mágicas de nuestras vidas. Sin electricidad. Sin ruido. Solo viento, voces y estrellas.

Cerrando el cuadrado, al otro lado de la cancha, había una plataforma de concreto con tres salones de clase y una terraza social que miraba directo al centro. Abajo, una bodega misteriosa por donde se entraba al llegar en lancha. Era una especie de umbral. Por allí entraban las cosas… y muchas veces, los silencios.

Esa construcción se unía por otro puente elevado a la zona del comedor. Desde allí se veía el busto de Bolívar.

Gigante.
Inmóvil.
Observándolo todo.

El mechón de su cabello parecía moverse con el viento. Durante mi tiempo allí no era más que una hoja. Hoy es un árbol. Yo tengo la prueba. Una foto del antes. Otra del ahora. El tiempo también se quedó a vivir en Tambora.

Ese era el escenario.

Un lugar hermoso y brutal a la vez.
Conservado por el aislamiento.
Protegido por el miedo.
Sostenido por una lógica que no admitía medias tintas.

Y dentro de ese cuadrado, en medio del paisaje más libre que he conocido, vivían encerrados más de cien chicos que nunca habían sido realmente libres.

Todo lo que pasó después —la violencia, el amor, la ternura, el terror—

solo puede entenderse desde ahí.

Desde el lugar.
Desde la forma.