lunes, 11 de mayo de 2020

LA HISTORIA DE MI SOMBRERO


A un llanero que se respete no le puede faltar un sombrero. Puede faltarle la paciencia, la plata, la señal del celular y hasta las ganas de madrugar… pero el sombrero, jamás. En el llano, esa prenda no es un adorno: es una extensión de la cabeza, del carácter y, en algunos casos, hasta del ego. Pueden salir medio desnudos, pero con sombrero bien puesto.

Y no cualquier sombrero.

"Porremono" con su sombrero marcado con el símbolo del hierro de la familia Zambrano Guío, "El Botón"

En el llano hay sombrero para cada ocasión, como si se tratara de una monarquía textil. Está el veguero, de ala caída, perfecto para trabajar en las vegas y proteger el cuello de ese sol que no perdona ni al más santo. Está el borsalino, o pelo e’ guama, elegante, fino, reservado para ocasiones especiales, de esos que hacen sentir al llanero como si fuera a recibir una medalla o a romper corazones. Está también el Stetson, de marca americana, el más costoso, el más presumido, el de ir de parrando, salir al pueblo, sentarse importante en una reunión o, por supuesto, enamorar a alguien.

Pero por encima de todos, está el verdadero rey: el sombrero de trabajo.

Ese sí que tiene categoría propia.

Llanero con su sombrero de trabajo.

















Suele ser descolorido, curtido, manchado por el sol, torcido por la lluvia, con la horma vencida y alguna cicatriz de guerra. Es el sombrero que ha sobrevivido inviernos, veranos, travesías, embarradas, golpes, sustos, amaneceres, arreboles y quién sabe cuántas penas silenciosas. Ese sombrero no se cambia fácil, porque ya no es una prenda: es un compañero de vida. Ha estado ahí en largas jornadas de trabajo, en nados eternos entre ríos crecidos, en parrandos improvisados después de una recogida de ganado, en el primer café de la mañana y en el último de la tarde. Tiene en su fieltro la historia entera de un llanero recio, de esos que el Cachi Ortegón diría que están hechos de llano.

¡Ay, si esos sombreros hablaran…!

Más de una novela dejarían en ridículo.


Don Eugenio y su nieto listos para el trabajo de llano.

En el llano hay incluso un dicho sentido, casi una advertencia moral: desconfíe de quien jamás use sombrero. En Colombia y en Venezuela eso casi funciona como ley no escrita. Un llanero de verdad tiene, por lo menos, dos: el de trabajo y el elegante. Y este último puede costar una fortuna. No es raro que un hombre invierta varios jornales enteros en conseguir uno bueno. Un pelo e’ guama fino puede costar entre quinientos mil y ochocientos mil pesos colombianos, y un Stetson tejano no baja del millón. Como dice el refrán, tan llanero como revelador: “de pata al suelo, pero con sombrero caro”.

Sólo se lo quitan para saludar, comer o dormir. Cuando rezan, lo abrazan contra el pecho. Cuando llegan a descansar, lo cuelgan —ojalá en un cacho de ganado que sirva de gancho, porque aquí hasta la decoración embiste—. Si están bajo techo, lo ponen a reposar a su lado como si fuera un invitado respetable. Si tienen sed y encuentran un estero, hasta les sirve de totuma improvisada. En el llano, un hombre sin sombrero y sin caballo está a medio camino de dejar de ser llanero. Como canta Alejandro Wills: “Sobre mi caballo yo, y sobre yo, mi sombrero”.


Llaneros con sus sombreros de trabajo.

Los sombreros llaneros, como tantas otras cosas de estas tierras, también tienen su historia. Llegaron hace más de un siglo desde Europa, entrando por el río Orinoco hasta el Meta, y se comercializaban en Orocué, que por entonces era una puerta viva del comercio llanero. Fábricas europeas como Hückel, la misma que elaboraba los tradicionales sombreros negros de los judíos ortodoxos, producían parte de los sombreros que terminaron imponiéndose en las sabanas inundables de Colombia y Venezuela. Luego vendría la influencia del cowboy norteamericano con sus Stetson, y el llano haría lo que mejor sabe hacer: apropiarse de lo ajeno hasta volverlo propio.

Hoy muchos dicen que la vida de estos sombreros está amenazada. Llegan menos desde Europa y cuestan más. Pero por fortuna en Casanare hay empresas como Sombreros Florentino, en Yopal, que se han empeñado en que esta tradición no se muera. Allí diseñan, fabrican y venden sombreros de excelente calidad, respetando las hormas clásicas y, de paso, poniéndole algo de modernidad a la moda llanera.

Y fue precisamente en Florentino donde compré mi primer sombrero.


La Guata del Pauto y su sombrero verde.

Era de fieltro verde, de ala ancha, y yo, en un acto de estética bastante ambicioso, lo adorné con una pluma rosada de garza paleta y otra roja de corocora. El resultado era una mezcla entre llanera fina, ave exótica y decoración de festival tropical, pero a mí me parecía precioso. Ese fue el sombrero que me llevé al hato La Charanga, en Orocué, para mi primera experiencia en un trabajo de llano real.

Y ahí comenzó el drama.

Cuando llegaron los vaqueros al hato, arriando las reses hacia el corral, me quité el sombrero para saludar, como hacen ellos. Entre los hombres venía Porremono, un indígena Sáliva que trabajaba desde hacía años con la familia Zambrano en las tierras de Orocué.


"Porremono" con su sombrero.

































Los Sáliva son uno de los pueblos indígenas históricos de esta región. Han habitado estas sabanas y riberas desde mucho antes de que llegaran las escrituras, los alambrados, los terratenientes y las ínfulas. Su presencia en Orocué no es decorativa ni anecdótica: es parte profunda de la memoria de ese territorio. Mucho de lo que hoy llamamos “tradición llanera” tiene raíces que también pasaron por las manos, la voz y la resistencia de pueblos como el Sáliva, que aprendieron a sobrevivir a la colonización sin dejar del todo de ser quienes eran. Y allí estaba Porremono, en medio del trabajo de llano, como prueba viva de que la historia no está en los libros: está en la gente.

“Porremono” —como le decían con ese humor llanero que no pide permiso— era un hombre de contextura media, piel morena, musculoso, con una sonrisa encantadora y un sombrero que era, literalmente, una reliquia. Blanco alguna vez, grisáceo ya por el trabajo, amarillento por el sol, con la horma vencida, varios huecos, costuras fatigadas y adornado alrededor de la copa con el símbolo del hierro de la familia Zambrano Guío: El Botón, una flor en capullo, en nacimiento.

"Porremono" con su sombrero.

Ya en la tarde, después de unas cuantas miradas “como quien noJunto a él venía su hijo, Juan Pablo, un pequeñín indígena de no más de seis años, versión miniatura del padre, con esa cara de niño serio que uno sabe que algún día va a ser muy llanero o muy peligroso, o ambas cosas. Hablaba a media lengua y estaba en pleno entrenamiento de vida: sus primeras lecciones de llano las recibía al lado de su papá.

Porremono y yo nos miramos tímidamente. Durante la jornada me lanzó una que otra miradita pícara, y yo, muy contenta y bastante ridícula, pensé: “Bueno, parece que a este criollo sí le gustó esta guata”.

Qué ternura la mía.

Qué inocencia tan cara.

La verdad es que lo único que le gustaba de mí… era mi sombrero.

En la tarde, después de varias miradas laterales “como quien no quiere la cosa”, por fin se acercó y me dijo, con toda la calma del mundo, que si le regalaba el sombrero.

Y ahí fue cuando salió a relucir mi faceta de gran negociante internacional.

Le dije que no se lo regalaba… que se lo cambiaba por el de él.

Él me respondió con una negativa tajante y elegantemente burlona. Me dijo que su sombrero valía mucho, que cargaba demasiada historia, y que por lo menos necesitaba diez sombreros como el mío para siquiera considerar el cambio. Sonrió y se fue. Y así quedó la cosa.

"Porremono" con su sombrero.

Por lo menos por ese día.

A la mañana siguiente, con la luz apenas naciendo, vi en mitad de la sabana a Porremono con su hijo. Le estaba enseñando a domar un caballo salvaje que habían traído con las reses el día anterior. Desde lejos, el pequeño Juan Pablo lo miraba atentamente, como quien asiste a una clase magistral sobre cómo ser hombre sin necesidad de powerpoint.

Porremono se acercaba lentamente al caballo. Le daba palmadas suaves con el sombrero en las nalgas, le hablaba bajito, casi cantándole. El animal lanzaba una que otra patada, trataba de escaparse, pero él lo atajaba, lo volvía a traer enlazado desde otro caballo y seguía hablándole como si entre ambos existiera una conversación antigua. Después de un buen rato logró ponerle una venda en los ojos e intentó montarlo a pelo. Uno, dos, tres intentos fallidos. En uno de ellos salió volando con una dignidad admirable. Pero volvió. Y volvió otra vez. Hasta que el caballo aceptó, aunque fuera por unos minutos, llevarlo encima.

Yo miraba fascinada.

No sabía si estaba viendo una doma o una negociación diplomática entre especies.

Cuando terminó, regresó al hato, notó que yo lo había estado observando y, como si nada, volvió a pedirme el sombrero.

Yo, naturalmente, volví a ofrecerle el cambio.

Y él, naturalmente, volvió a sonreír y a seguir su camino.


La Guata del Pauto con el sombrero de "Porremono"




















Más tarde lo vi en el corral de enfermería, de pie sobre las maderas, con el sombrero abrazado al pecho y la mirada fija sobre una res enferma de gusanera. Juan Pablo estaba a su lado, mirándolo con la concentración de quien no quiere perder una sola palabra. Porremono repetía en voz baja una oración. Le estaba enseñando al niño a curar animales con el poder del rezo, con esa mezcla tan llanera entre fe, experiencia y misterio. Cuando terminó, me vio observándolo… y volvió a pedirme el sombrero regalado.

¿Y adivinan qué le respondí?

Exactamente.

Que se lo cambiaba.

Al tercer día, en plena jornada, se me acercó con cara seria y me dijo que lo había pensado bastante. Que le costaba mucho, pero que aceptaba la oferta.

Yo no lo podía creer.

Sentí la emoción absurda y gloriosa de quien acaba de cerrar el negocio de su vida.

Me quité mi sombrero nuevo, verde, de fieltro, adornado con sus plumas elegantes y se lo entregué. Él, con una expresión entre orgullosa y triste, se quitó el suyo. Antes de dármelo, lo puso contra su pecho, lo miró unos segundos y me dijo que me estaba entregando uno de sus objetos más preciados, su compañero de muchos años de trabajo, y que recordara siempre que ese sombrero cargaba muchas historias.

Y yo, que para entonces ya andaba sentimental por cualquier cosa que oliera a llano, casi me pongo a llorar ahí mismo.


Foto con todos los llaneros, "Porremono" y yo ya habíamos hecho el cambio de sombreros.

Con mi nuevo tesoro en la cabeza, salí corriendo a contarle a la Negrita, la esposa de don Albeiro Zambrano, que Porremono me había cambiado su sombrero.

Ella me miró y, con ese tono entre maternal y criminal que usan las personas que vienen a burlarse con cariño, me dijo:

—Ay, mi Luci… ahora qué va a decir la esposa de Porremono cuando lo vea llegar con un sombrero nuevo que huele a mujer. Esas mujeres Sáliva son cosa seria. ¿Qué tal que se moleste? ¿Qué tal que le haga un rezo o un bebedizo, mi Lucy?

Y se echó a reír.

Yo también me reí.

Al principio.

Más tarde, durante el almuerzo, los llaneros no dejaron pasar la oportunidad. Todos hacían comentarios sobre el cambio de sombreros y todos, absolutamente todos, coincidían en lo mismo: la esposa de Porremono.

Que tuviera cuidado.

Que esas mujeres eran bravas.

Que ojo con los rezos.

Que peor con los bebedizos.

Que uno nunca sabe.

Yo empecé a reírme un poco menos.

Al día siguiente, domingo 17 de junio de 2018, Colombia jugaba contra Polonia en el Mundial. En el hato no había televisor, así que lo escuchábamos por radio, hasta que corrió la voz de que en una casa del resguardo indígena iban a ver el partido en el único televisor disponible. Entonces todo el mundo empezó a alistarse para ir.


"Porremono" con su sombrero.

Yo también me preparé.

Me puse mi sombrero —el histórico, el de Porremono, el de la posible tragedia marital— y estaba lista para salir cuando todos me miraron y empezaron otra vez:

—Allá va a estar la esposa de Porremono…

—Yo no me acercaría por allá con ese sombrero…

—No le reciba nada de beber a nadie…

—Qué tal que le den un bebedizo por desquite…

—Esas mujeres Sáliva son bravas…

Fueron tantos, tan coordinados y tan convincentes los comentarios, que me entró un miedo completamente irracional… pero miedo al fin.

Así que tomé una decisión memorable por lo cobarde:

me quedé sola en el hato y me perdí el partido.

Sí. Preferí perderme a Colombia en el Mundial antes que enfrentar una posible escena de celos intercultural, espiritual y con bebidas sospechosas de por medio.

Como era de esperarse, eso solo empeoró las cosas.

Cuando regresaron del partido, las burlas venían en combo agrandado:

—Le mandaron saludos a la guata…

—Que tenga cuidado en la noche, que la van a venir a buscar…

—Que por qué no dio la cara…

—Que tenga cuidado cuando salga del hato, que la esperan en la carretera…

Y así pasé el resto del domingo: entre risas ajenas, comentarios maliciosos y la lenta confirmación de que, una vez más, esta guata había caído completica.

El lunes siguiente salimos del hato rumbo a Yopal. Y cuando pasamos por la reserva indígena, yo iba tapándome la cara con el poncho, muerta del susto, convencida de que en cualquier momento iba a aparecer la supuesta esposa de Porremono a pedirme explicaciones, el sombrero o mi alma.

Por supuesto, no pasó absolutamente nada.

Ni bebedizo. Ni rezo. Ni persecución. Ni escándalo.

Solo había sido una tomadera de pelo magistral, de esas que en el llano ejecutan con paciencia, talento y una cara seria que debería ser patrimonio cultural.





Al final, Porremono se quedó con mi primer sombrero llanero.

Y yo me quedé con el suyo: viejo, hermoso, gastado, lleno de historias, de trabajo, de sudor, de sabana y de vida. Hoy lo guardo como uno de los tesoros más valiosos que me traje del llano. No por lo que costara —porque seguramente en pesos no valía tanto— sino por todo lo que contenía.

Espero que Porremono siga con su mujer, con su hijo, con su sonrisa encantadora y con mi sombrero bien puesto, llenándolo de nuevas aventuras, de polvo, de lluvia y de llano.

Y yo seguiré contando, con muchísimo cariño y una sonrisa enorme, la historia de mi sombrero.

Porque a veces uno cree que compra una prenda.

Y termina llevándose un pedazo de mundo.

 






martes, 5 de mayo de 2020

LA CHARANGA: DONDE EL LLANO ANTIGUO TODAVÍA RESPIRA

Los Llanos Orientales de Colombia han estado ligados, desde hace siglos, a la ganadería extensiva: esa forma de criar ganado en libertad, en territorios abiertos, amplios, donde la sabana, el agua y el tiempo dictan las reglas. En el caso de Casanare, durante mucho tiempo se trabajó con el ganado criollo de raza casanareña, un animal hecho a la medida de la sabana inundable: resistente, adaptado, fuerte, capaz de convivir con el barro, el verano inclemente, el agua creciente y la inmensidad.


Vaqueros llevando el ganado para el trabajo de llano. Foto: Lucía Córdoba Prieto

Para que este sistema fuera posible se necesitaban dos cosas esenciales: grandes extensiones de sabana con pastos naturales y fuentes de agua permanentes. Solo así podía mantenerse la cría y el levante del ganado que después sería comercializado. Pero más allá de lo productivo, lo que se fue construyendo en torno a esta actividad fue una forma de vida, una cultura entera, una manera de entender el territorio.

Hace más de cien años, en los llanos, la tierra no tenía valor por sí sola. El verdadero valor lo daba el ganado.


Ganado del Hato La Charanga en Orocué.
Foto: Lucía Córdoba

La lógica era simple y brutal: a cada res le correspondía una hectárea. De modo que la posesión del territorio no se entendía como hoy, con escrituras y linderos exactos, sino a través de la marca en el animal. El primero que enlazaba una res cimarrona, le cortaba la oreja o le ponía el hierro caliente con el símbolo de su familia, pasaba a reclamar no solo el animal, sino también la tierra que “le correspondía”. Cada hato, cada familia, tenía y aún tiene su hierro: una figura única, un emblema de pertenencia, una firma encendida sobre el cuero.


Ese control se ejercía bajo lo que se conocía como la Ley del Llano. No era una ley escrita en códigos ni decretos, sino un acuerdo tácito entre los antiguos llaneros para apropiarse del ganado libre de marcas que vagaba por las sabanas y no pertenecía a nadie. A ese ganado lo llamaban cachilapo. El primero que lograba enlazarlo y marcarlo se quedaba con el animal… y con la tierra que ese animal representaba. Así, res por res, hierro por hierro, fueron naciendo los grandes hatos ganaderos.

Un hato era mucho más que una finca. Era una extensión de tierra con más de mil cabezas de ganado y, por tanto, con más de mil hectáreas. En aquella época llegaron a formarse hatos de hasta 300 mil hectáreas, territorios tan vastos que parecían no tener fin. Controlar, recoger, marcar y vacunar el ganado era una tarea titánica: faenas que duraban semanas o incluso meses, y que solo podían realizarse una o dos veces al año. Cuando el número de reses alcanzaba las 200 mil o 250 mil cabezas, se requerían cuadrillas enteras de vaqueros moviéndose por el territorio, arreando el ganado hasta los embarcaderos y corrales de cada hato. Todo eso, por supuesto, a lomo de caballo y enfrentando cada día el rigor del llano.


Mapa del territorio Zambranero en el año 1920, por donde debían cruzar los vaqueros con el ganado.

¿Recuerdan la historia de la familia Zambrano?

Para la década de 1920, el primer Gerardo Zambrano era ya uno de los terratenientes y ganaderos más importantes de la región. Sus tierras se extendían desde Nunchía hasta Orocué, y a través de ellas movilizaba ganado con la ayuda de sus llaneros. En una entrada anterior hablé del hato El Encanto, en San Luis de Palenque. Hoy quiero hablar de otro territorio zambranero igual de impresionante, pero todavía más cargado de memoria antigua: La Charanga, en el municipio de Orocué, Casanare.

Y no es cualquier lugar.

La Charanga está enclavada en una tierra que respira literatura, mito e historia. Es territorio de La Vorágine, la gran obra de José Eustasio Rivera, y también una de las cunas de la tradición oral del llano, donde nacieron o tomaron fuerza muchas de las leyendas que aún estremecen a quien se atreva a oírlas de noche.


Llanero del trabajo de llano del
Hato La Charanga.




El hato La Charanga fue adquirido por el primer Gerardo Zambrano, “El Fundador”, en tiempos de la Primera Guerra Mundial. En aquella época, en la zona del río Duya vivían varios europeos dedicados al comercio de plumas, animales, caucho y sarrapio. Cuando estalló la guerra, muchos alemanes que residían en otros países fueron llamados de regreso para combatir por su patria. Esa circunstancia hizo que varias de las tierras que ocupaban en Casanare fueran vendidas a bajo costo. Don Gerardo vio la oportunidad y la tomó. Así amplió aún más su territorio.

La Charanga —nombre que ya traía el predio desde la época en que perteneció a un alemán— abarcaba más de 40 mil hectáreas, extendiéndose por lo que hoy comprende la reserva indígena Sáliva de San Juanito, la vereda La Esmeralda Oriental, la laguna de Paravare y las costas del río Meta en Orocué.

Era un mundo entero.

El hato estaba compuesto por tres fundos y la casa principal. Uno de ellos también se llamaba El Encanto, y quedaba sobre las orillas del río Meta; otro era Morrocotas, cerca del río Duya; y el tercero, Buena Vista, marcaba el inicio de los límites con el hato La Guarda.

Con el tiempo, el primer Gerardo decidió entregar parte del territorio de El Encanto a su hijo natural, Alberto Burgos, quien lo administró de forma separada. Más tarde, tras la muerte de don Gerardo, en 1992, el resto del territorio fue dividido entre sus otros seis hijos. De esos predios aún se conservan como tierras zambraneras Buena Vista, Los Sarrapios, La Palmita y La Charanga, esta última heredada por el segundo Gerardo de la familia, don Gerardo Zambrano Guío, “El Patriarca”, y donde todavía se mantiene la casa original.

Llanero Sáliva del trabajo de llano
del 
Hato La Charanga.


Aunque muchos de los herederos siguen vivos, hoy el manejo de estos predios está principalmente en manos de sus hijos. Es el caso de Los Sarrapios, administrado por don Juan Carlos Vargas, y de La Charanga, que hoy lidera el tercer Gerardo: don Carlos Gerardo Zambrano, hijo del Patriarca.

Lo extraordinario es que en estos hatos el trabajo de llano todavía se hace como se hacía antes.

Los vaqueros, llaneros e indígenas Sáliva que hoy realizan las labores ganaderas en las tierras zambraneras de Orocué son descendientes de las familias que trabajaron con el primer Gerardo. Heredaron no solo un oficio, sino un conocimiento completo del territorio: una sabiduría que pasó de padres a hijos, de abuelos a nietos, como se heredan las cicatrices y los refranes.

A diferencia de los predios del Encanto de Guanapalo, en San Luis de Palenque, las tierras zambraneras de Orocué conservan aún la esencia del llano antiguo. La casa del hato principal, el tipo de pastos, la forma de trabajar, el ganado mismo… todo allí tiene un aire más viejo, más profundo, más intacto. Llegar no es fácil: desde Yopal hay que recorrer unas tres horas de carretera pavimentada y luego casi seis más por una vía destapada. Antes de entrar a Orocué, un desvío a mano derecha se interna entre resguardos indígenas y paisajes que parecen pertenecer a otro tiempo.

Y fue allí, en La Charanga, donde tuve la fortuna de ver un trabajo de llano real, de esos que uno imagina en relatos de hace cien años. Allí vi llaneros pata al suelo e indígenas Sáliva como salidos de una película de época, solo que esto no era cine: era verdad.

Cuando llegué, los llaneros ya llevaban varios días sabana adentro recogiendo el ganado. La duración de estas faenas depende de muchas cosas: del número de animales, de lo bravos que estén, de lo mañosas que sean las reses. Algunas se esconden entre las matas de monte y cuesta un mundo sacarlas. El ganado de Orocué no es ganado mansito: conserva todavía mucho del cruce con la raza criolla casanareña y, además, a diferencia de otros hatos, aquí no se les topizan ni liman los cachos. Son animales más enteros, más bravos, más llano.

Al llegar a la casa del hato, solo estaban las mujeres, preparando la comida y la bebida para los vaqueros que regresarían con el ganado: casi siete mil reses de todos los predios zambraneros de Orocué.

La Guata del Pauto y Marleny "La Negrita" en la casa del Hato La Charanga. 






















Me recibió Marleny, “La Negrita”, como le decimos con cariño, con un café cerrero de esos que le acomodan el alma a cualquiera. Ella es la esposa del mensual de La Charanga y una mujer admirable. Se encarga de la casa, de la cocina, de tres hijos maravillosos… y también se le mide al trabajo duro: inmoviliza cachilapos, marca ganado, limpia animales. Una llanera completa, sin necesidad de decirlo dos veces.

Llaneros con el ganado en el corral para iniciar el trabajo
de llano. Foto: Lucía Córdoba.


La labor de las mujeres en estas jornadas es fundamental. Alimentar a más de cuarenta personas, mañana, tarde y noche, no es poca cosa. Y menos cuando se trata de hombres que gastan la fuerza entera trabajando en corrales, potreros y mangas bajo el sol. Ellas son verdaderas maestras de la cocina llanera: conocen al detalle los cortes de carne de res, de marrano cerrero, los peces de río, los tiempos del trabajo y el plato que mejor le cae a cada momento. Y no exagero si digo que nada les queda mal. Cocinan como si alimentar fuera otra forma de sostener la sabana.

La llegada de los vaqueros con el ganado es un espectáculo difícil de describir sin quedarse corto. Vienen a caballo, guiando cientos de reses hasta el corral, donde empiezan a dividirlas por potreros: vacas a un lado, mautes —animales de uno o dos años— en otro, toros reproductores aparte, becerros en su espacio. Al mismo tiempo, los hombres también se organizan por cuadrillas y funciones. Todo tiene un orden. Todo parece caos, pero no lo es.


Don Eugenio rezando el ganado.
Foto: Lucía Córdoba

En cada potrero identifican hembras preñadas, mautes que van para castración, animales de cría, futuros reproductores, becerros sin marcar, reses enfermas o fracturadas. Las que necesitan atención especial se llevan a potreros cercanos a la casa, donde pueden ser vigiladas y tratadas por veterinarios.

Pero no todo se resuelve con medicina de botiquín.

Algunos de los llaneros más sabios, y también algunos indígenas, todavía practican el rezo de sanación. Lo vi con mis propios ojos. Lo hacía “Porremono”, un indígena Sáliva que trabajaba como vaquero en estas faenas. Nunca supe su nombre real. En el llano, los apodos mandan. Y vaya si mandan. Allí existe toda una ciencia de apodar al otro con una mezcla perfecta de burla, afecto y resignación. Casi todos los llaneros que conocí tenían apodo, y a varios jamás les supe el nombre de pila.

"Porremono" en el corral de trabajo de llano.
Foto: Lucía Córdoba




A Porremono le decían así porque tenía la porra —la cabeza— como la de un mono. A otro le decían “Chapo” por bajito. A otro, “Careñame”, por ser blanco como la yuca. Y he escuchado apodos tan crueles y tan trágicos que solo en el llano pueden pronunciarse sin que se caiga el cielo encima. Ahí uno entiende que el humor llanero a veces tiene filo… pero casi siempre viene con cariño.

Al caer la tarde, una vez terminada la identificación y separación de los animales, la gente regresa a la casa del hato. Cenan, cuentan historias del día, se ríen, se echan chistes. Después viene el guarapito, ese trago artesanal hecho con panela, y con él llegan también los cuentos de miedo, los mitos, las leyendas, las canciones llaneras y el sonido del cuatro. Para una guata como yo, eso era un tesoro. Uno de esos momentos que no se olvidan, por más kilómetros que pasen.

Al día siguiente, la jornada empieza a las cuatro de la mañana.

Un tinto bien cargado, unas arepuelas, los caballos aperados, y a salir pata al suelo hacia el corral. Ese día era el más duro, el más largo, el más bravo. Yo fui con mis botas pantaneras y mi disfraz de llanera: camisa de cuadros, poncho, sombrero y más entusiasmo que sentido común. Me instalé en lo que consideré mi palco VIP: las maderas al final de la manga principal, el mejor lugar, según yo, para hacer fotos y verlo todo de cerca.


Llanero aperando su caballo para iniciar la jornada de trabajo de llano. Foto: Lucía Córdoba.



Lo que yo no sabía era que mi palco VIP estaba peligrosamente cerca del desastre.

Los llaneros se sonreían al verme sentada ahí, pero yo me sentía la más llanera del paseo.

Por potreros fueron trayendo el ganado al embarcadero. Desde allí, las reses pasaban a la manga. Todo estaba perfectamente coordinado: unos se encargaban de mover a los animales, otros hacían de tranqueros, reteniéndolos con palos gruesos por delante y por detrás. Una vez inmovilizados, otros tres hombres se encargaban de bañarlos con antiparasitario y aplicarles las vacunas correspondientes. Luego les hacían cortes o señales en la oreja para identificar las dosis recibidas y el animal regresaba a la libertad.

Cada operación duraba entre siete y ocho minutos.

Siete u ocho minutos que podían volverse eternos si el animal era grande, bravo y estaba de mal humor.

La jornada empezó con mautes pequeños, así que todo parecía controlable. Pero cuando llegó el turno de los toros reproductores, el panorama cambió. En cuestión de minutos vi aparecer, por encima de la manga, el lomo de dos toros gigantes y los cachos afilados sobresaliendo por la parte alta de las maderas… justo donde yo estaba sentada.


Mautes pasando por la manga de vacunación.
Foto: Lucía Córdoba


La jornada la iniciaron con los mautes más pequeños, Los animales se movían con fuerza, golpeaban la estructura, hacían temblar las barandas. Ya ni fotos podía tomar. Y de repente, al mirar hacia atrás, vi uno de esos cachos tan cerca de mi espalda que el alma se me subió a la garganta.

De un salto me lancé al corral.

Grave error.

Las reses que estaban allí eran precisamente las recién vacunadas, así que no se encontraban ni tranquilas ni agradecidas. Corrí como pude hacia uno de los huecos entre las maderas y logré salir del otro lado sin una bota —la otra quedó enterrada en el barro—, blanca como un papel, empapada en sudor y temblando completa.

Los llaneros, como era de esperarse, me miraban de reojo y se sonreían.

Yo, muy digna pero muy asustada, no volví a subirme a la manga. Me quedé desde afuera viendo todo a prudente distancia. Cuando acabó la jornada y regresamos a la casa, entre las anécdotas del día quedó, por supuesto, el susto que se llevó la guata con los toros. Entre risas me decían que con ese vestuario tan llanero que yo llevaba, pensaban que era una criolla de verdad y que solo me había faltado el cuchillo al cinto para defenderme de las bestias.


La guata tomándose selfies edurante el trabajo
de llano desde las tablas de la manga.

Como era de esperarse, los llaneros me Al día siguiente, otra vez a las cuatro de la mañana, volvimos al corral para terminar lo que faltaba. Don Eugenio, el capataz del hato, me buscó para pedirme que les tomara una foto a los trabajadores junto a los caballos. Los que quisieron retratarse se acomodaron, se arreglaron, posaron con orgullo frente a la cámara. Estaban felices. Y yo también. Ese día quedaron más posudos que nunca, y yo capturé algunas de las imágenes más hermosas de llaneros que he tomado en mi vida.

Pero esa jornada venía aún más intensa.

Ese día se terminaría la vacunación, se marcarían los cachilapos con hierro caliente y se castrarían los mautes destinados al engorde. Para mí, ecóloga y sensible, aquello se anunciaba como una prueba dura. Me planté frente al corral con la cámara y el alma medio apretada.


Vaqueros posando para la foto.

Después de la vacunación, llevaron a los becerros a un potrero cercano. Mugían mucho porque los habían separado de sus madres, aunque sería solo por poco tiempo. A un lado del corral ardía la leña con la que calentaban el hierro. De cinco en cinco, los becerros iban entrando. Dos llaneros sujetaban a cada cachilapo, uno por la cola y otro por la cabeza. Cuando lograban controlarlo, torcían con cuidado hasta hacerlo perder el equilibrio. El animal caía, uno se sentaba encima para inmovilizarlo y el otro corría por el hierro candente para ponerle la marca sobre la cadera.

El becerro mugía, sí.

Pero más que de dolor, mugía de angustia, de desconcierto, de no entender.

Después de la marca, aplicaban enseguida un ungüento cicatrizante. El momento más delicado venía al soltarlo: incómodo, asustado, rabioso. Entonces, entre dos hombres, lo levantaban de nuevo y lo dejaban libre para que saliera corriendo a buscar a su madre, con la rosa de los Zambrano grabada en el cuero.


Marcada de cachilapos con el hierro ardiente. Fotos: Lucía Córdoba.


En esa tarea, Gerardo Esteban Orjuela Zambrano era un maestro. El cuarto Gerardo de la familia, veterinario de profesión, encargado de la sanidad animal y, a mi juicio, el más llanero de la generación actual. De todos ellos, era el único que andaba pata al suelo como los demás trabajadores.

La marcación dura apenas unos minutos y ocurre una sola vez en la vida del animal. Si no se hiciera, el becerro seguiría siendo un cachilapo, vulnerable al abigeato, al robo, a perderse en una historia peor. Sé que hoy existe mucha polémica alrededor del hierro caliente, y la entiendo. Yo misma estoy en contra del maltrato animal. Pero también puedo decir, porque lo vi, que en estas faenas lo primero es el bienestar de la res. Son minutos difíciles, sí, pero a cambio esos animales tienen una vida entera de libertad: corren por sabanas naturales, beben agua limpia, pastan a cielo abierto y forman parte del paisaje vivo de la sabana inundable.

Y eso también importa.



Vaqueros llevando al becerro ya marcado a la libertad. Foto: Lucía Córdoba.

Algunos, después de una vida libre, terminarán siendo alimento. Es la lógica de la vida, la cadena que sostiene la existencia desde siempre. Lo importante es entender que la ganadería extensiva tradicional del llano ha sido, y sigue siendo, una pieza clave en la conservación del material genético de plantas y animales de la Orinoquía. Varios estudios han demostrado que es una práctica compatible con la conservación, una forma de producir que puede convivir con la fauna silvestre y con ecosistemas de altísimo valor ecológico.


Gerardo Esteban Orjuela, el cuarto Gerardo con su caballo.
Foto: Lucía Córdoba Prieto


Así que la próxima vez que coma carne, hágase una pregunta sencilla, pero incómoda:

¿De dónde viene?

¿Qué vida llevó ese animal? ¿Cómo fue criado? ¿Qué paisaje sostuvo con su existencia?

Y si esa carne viene del Casanare, del Arauca, del Vichada o del llano adentro del Meta, sepa que probablemente está comiendo la carne de un animal que vivió libre, que fue criado con pastos naturales y agua limpia, y cuya presencia ayudó a mantener viva la sabana inundable, uno de los ecosistemas más valiosos de Colombia.

Las tradiciones culturales de este país tienen un valor inmenso. No solo cuentan quiénes fuimos: también ayudan a conservar quiénes somos.

Y en el llano, a veces, cuidar una vaca, marcar un becerro, cantar al caer la tarde o tomar guarapito después de la faena no son simples costumbres.

Son una forma de defender la historia.

Y también la vida.





Foto con todos los vaqueros que participaron del trabajo de llano en el Hato La Charanga.