lunes, 16 de marzo de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 6

 CAPITULO 6. LA NOCHE DEL TERROR Y OTROS DEMONIOS

Nada en esa casa era improvisado.

Eso fue lo que más me costó entender.

Desde afuera parecía caos: gritos, peleas, encierro, cuerpos jóvenes cargando una violencia desbordada. Pero por dentro había reglas. Durísimas. Precisas. Aceptadas.

El padre Javier aparecía poco. Y cuando lo hacía, todo cambiaba.
No necesitaba levantar la voz. Su presencia bastaba para que la casa se tensara como un músculo a punto de romperse. Él había diseñado un sistema que muchos cuestionarían —y con razón—, pero que funcionaba en un lugar donde nada más parecía hacerlo.
La comida, intocable.

La casa tenía una estructura sociopolítica creada por los propios chicos. Democrática, decían. Y lo era… dentro de sus propios códigos. Tenían alcalde, secretario, junta. Elegidos entre ellos. Ellos decidían. Ellos juzgaban. Ellos castigaban.

El bien común era sagrado.

Una vez dos chicos se robaron el arroz de las bodegas. No fue hambre. Fue desafío. La junta se reunió. No hubo gritos. No hubo golpes. El castigo fue simple: preparar olladas enormes de arroz y obligarlos a comer hasta que no pudieran más.

No volvieron a robar. El malestar estomacal les duró dos días.


Otra vez apareció el club de la pelea. Corrillos, apuestas, golpes organizados. Violencia convertida en espectáculo. Detectamos a los dos que lo promovían. El castigo fue extremo: encerrarlos juntos, un palo para cada uno. Solo podían salir cuando uno le sacara sangre al otro.

No pelearon, ni siquiera lo intentaron. Duraron encerrados cuatro días en uno de los salones con barrotes de hierro del primer piso. Una pasarela permitía pasar justo por el frente. Tal vez el escarnio público fue suficiente para que ese tipo de violencia no volviera a aparecer.

No volvieron a organizar nada parecido.

Alguna vez pedimos ayuda al alcalde de los chicos. Llevábamos varias semanas escuchando, en plena madrugada, ruidos en la bodega donde guardábamos la comida. Poco a poco los sacos de arroz, lentejas y garbanzos iban disminuyendo con una rapidez alarmante.

No éramos capaces de salir. No sabíamos qué podía ser.

¿Un zorro?
¿El jaguar?
¿Ladrones?

Así que empezamos a vigilar las siguientes noches, tratando de entender qué estaba ocurriendo. Y lo descubrimos.

Eran indígenas de la zona.

Llegaban en silencio, como sombras, y entraban a la casa para llevarse la comida. Era algo que ocurría constantemente. No solo se llevaban los alimentos: también desaparecían las pocas medicinas que teníamos, especialmente las pruebas y tratamientos contra el paludismo.

Hablábamos con ellos. Les pedíamos que no lo hicieran. Les explicábamos que la comida era para los chicos.

Pero seguían viniendo.

Y en ese lugar no había policía. No había autoridad a la que acudir. Allí no existían sirenas ni uniformes. Solo la selva.

Era, simple y brutalmente, la ley del más fuerte.

Después de pensarlo mucho, decidimos pedir ayuda al alcalde de los chicos. Él organizó la estrategia para la noche.

Nosotras estaríamos atentas a la incursión. En cuanto escucháramos movimiento, daríamos la señal al centinela, el único que tenía la llave de la habitación donde dormían los chicos. Él abriría la puerta y entonces saldrían todos, desaforados, a asustar y expulsar a los indígenas. La idea era provocar el suficiente miedo para que la próxima vez se lo pensaran dos veces antes de volver a entrar.

El alcalde y su junta hicieron su parte. Animaron a los chicos, los exaltaron, les pidieron que tomaran lo que encontraran —palos, piedras, lo que fuera— y que corrieran por toda la casa hasta echar a los intrusos.

Aquella noche la casa entera contenía la respiración.

A las dos de la madrugada escuchamos los primeros pasos en la zona de la bodega.

Un silbido corto.

La señal.

El centinela abrió la puerta.

Y en cuestión de segundos, ciento veinte chicos salieron disparados en medio de la oscuridad, armados con palos y piedras, gritando como si toda la rabia del mundo les saliera por la garganta.

La casa se convirtió en una escena irreal.
Solo se oían pasos corriendo, gritos, golpes contra las paredes. Sombras que se movían en la oscuridad como en una película de terror.
—¡No los maten!

Lo peor que podía pasar estaba ocurriendo.

Nosotras solo gritábamos desde la oscuridad:

—¡No los maten!

El tiempo se volvió espeso. Lento. Insoportable.

Mientras esperábamos, imaginábamos lo peor.

Después de casi una hora, el silencio regresó. Primero tímido. Luego completo. Solo quedaron algunas risas a lo lejos.

Corrimos hasta la habitación de los chicos.

Todos habían regresado.

Algunos tenían moretones. Otros pequeñas cortadas que se habían hecho entre ellos mismos. En la oscuridad nadie distinguía quién era indígena y quién era uno de los chicos del programa.

Pero nadie había muerto.

Los indígenas habían huido. Y no volvieron.

Los chicos estaban eufóricos. Se lo habían pasado como en una aventura salvaje.

Y nosotras, aunque casi nos morimos de angustia imaginando todo lo que podría haber sucedido, sentimos también una extraña satisfacción.

La misión se había cumplido.

Entre todos —como una familia improvisada, rota, pero familia al fin— habíamos defendido nuestra casa y nuestra comida.

A la mañana siguiente nos sentíamos más unidos que nunca.

Aunque yo participaba en todo aquello, lo observaba con una mezcla peligrosa de rechazo y comprensión. Nada de eso encajaba con lo que había estudiado. Nada se parecía a la pedagogía que me habían enseñado. Y, sin embargo… algo se aplacaba. Algo se ordenaba. Algo, de alguna manera extraña, funcionaba.

Y dentro de todo ese contexto de violencia —una violencia que allí parecía tener un extraño sentido— existía la noche del terror.

Una vez al año el padre visitaba la casa. Los primeros días eran de amor puro, de cantos de alabanza, de abrazos, de una alegría casi religiosa.

Pero la última noche era diferente.

Lúgubre.
Dolorosa.

Oscura.

Para muchos, la única figura paterna que habían tenido en su vida.
No explico.
No absuelvo.

Esa noche nos encerraban a los profesores en nuestras habitaciones. No podíamos salir. No debíamos intervenir.

Solo escuchar.

Abajo, en la planta baja, los chicos se formaban en dos hileras. Los castigados ya estaban señalados.

Pasaban uno a uno por el caminito mientras sus propios compañeros los golpeaban.

Lo llamaban el caminito de honor.

Al final del pasillo los esperaba el padre… o el alcalde. Allí llegaba el último golpe.

No era el más fuerte. Tal vez solo una palmada. El cuerpo ya había soportado todo lo demás al atravesar el caminito.

Pero ese era el que más dolía.

Porque era el golpe del padre.

Ese hombre que les había dado una segunda oportunidad.

Y decepcionar a tu padre… eso sí que duele.

Después venía la reprimenda de los educadores.

Los gritos eran desgarradores.

Desde nuestra habitación solo podíamos llorar y suplicar que aquello terminara. Golpeábamos la puerta. Gritábamos. Pedíamos que pararan.

Nadie nos escuchaba.

O quizá sí.

Pero no importaba.

Esa era su ley. Una ley que ellos mismos habían elegido, votado y aceptado.

Y aquí viene la parte más difícil de escribir, incluso hoy:

Después de esa noche, la casa se calmaba.

El golpe funcionaba.

Los chicos parecían otros. No estaban tristes. No estaban hundidos. Increíblemente sonreían. Cantaban. Jugaban en calma.

La paz duraba unos dos meses.

Luego la locura de esa casa volvía a aparecer, porque en realidad nunca desaparecía del todo.

No justifico.

Solo narro.

Había violencias que no sabíamos cómo detener.


El año siguiente llegó un grupo muy distinto al primero. Más conflictivos. Y quizá algunos con más maldad.

Empezamos a encontrar señales de abuso sexual entre ellos.

Se había formado algo parecido a una pequeña mafia sexual. Al final no era exactamente abuso. Eran acuerdos oscuros, miserables: los chicos más pequeños se vendían a los mayores por un cigarrillo.

La situación llegó a tal punto que teníamos que salir por las noches con linternas para separarlos.

¿Cómo se podía enfrentar algo así?

Y entonces llegó la hepatitis C.

Una epidemia que dejó a más de veinte chicos infectados.

Todos tuvieron que ser trasladados a Bogotá.

Y de repente ya no tuvimos que seguir separando abusadores de abusados.

A veces pienso que esa casa no era una escuela.

Era un espejo brutal de lo que hoy es el mundo entero.

Allí el orden no era justo.

Era funcional.

Y en ese equilibrio precario —entre el miedo y la norma, entre la selva intacta y los cuerpos rotos— aprendí algo que todavía me incomoda admitir:

La moral es un lujo cuando la supervivencia es urgente.

Todavía hoy no sé qué pensar de todo aquello.

Y quizá por eso sigo escribiéndolo.

miércoles, 11 de marzo de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 5

CAPITULO 5. LA PRIMERA CLASE

El día que llegamos, mientras entrábamos, uno de los chicos me miró fijo. No sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad que no supe leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era yo. Preguntaba cuánto iba a durar.

Ese día nos recibió la directora de entonces y nos condujo hasta lo que sería nuestra habitación. Era un espacio largo y oscuro, cargado de un olor persistente a humedad. Cinco camarotes de hierro pesado ocupaban la mayor parte del cuarto. Al fondo, una ventana de cristales opacos dejaba entrever el baño: un cuartito mal ventilado, con una puerta que no cerraba bien. Dos lavamanos torcidos sostenían un espejo roto, opaco, amarillento por el sol y los años.

Frente a los lavamanos había dos cubículos con sanitarios viejos, percudidos y agrietados. A un lado, una ducha con baldosas que alguna vez intentaron ser blancas. Entre las juntas, los hongos habían ganado terreno: manchas negras en las boquillas y un tono amarillento que cubría la cerámica del suelo.

Cinco de nosotras debíamos compartir esa habitación. Comenzaba así una convivencia obligada con personas que apenas acabábamos de conocer, algo parecido a un reality show, pero sin cámaras ni posibilidad de abandonar el set cuando uno quisiera.

No había electricidad. Solo la luz que alcanzaba a producir una planta eléctrica que funcionaba con gasolina. Durante dos horas al día —de seis y media a ocho y media de la noche— el lugar se iluminaba lo suficiente para vernos las caras y confirmar que seguíamos allí.

No había comunicación. Ni internet, ni señal, ni teléfonos. Para salir había que tomar una lancha, y el punto más cercano al que se podía llegar era el centro administrativo del Parque Nacional Natural El Tuparro.

Las condiciones no eran fáciles y todos lo supimos desde el primer día. Esa noche casi nadie durmió. Era el momento de decidir si quedarse o marcharse.

Al día siguiente los hombres fueron separados del grupo y trasladados a la casa Pinardi. Las mujeres nos quedamos en la casa Tambora. Dos de los profesores que habían llegado con nosotros pidieron regresar a Bogotá.

La mirada de aquel chico al llegar tenía un significado que entonces no entendí. Era parte de una apuesta silenciosa que hacían entre ellos. Cada vez que llegaba un grupo nuevo de profesores, los chicos asignaban números. Esos números representaban los días que creían que duraríamos antes de irnos.

Y no les faltaba experiencia.

Para el primer mes, de los doce profesores que habíamos llegado, la mitad ya se había marchado.

No era solo el aislamiento ni las condiciones de vida. Era también el miedo.

El miedo que todas sentimos antes de nuestra primera clase.

El aula era un cuarto amplio e iluminado, con paredes desnudas y pupitres que parecían haber sobrevivido a varias guerras. Olía a sudor viejo, a encierro, a rabia acumulada. Nada en ese espacio invitaba a aprender. Todo invitaba a resistir.

Entré sola.

No porque fuera valiente, sino porque todavía no sabía medir el peligro. Tenía veinticuatro años, un título recién estrenado y una idea profundamente equivocada de lo que significaba educar.

Ellos ya estaban allí.

No hablaban. Apenas se movían. Me observaban como se observa a alguien que acaba de entrar en un territorio que no le pertenece. Sabían cosas que yo todavía no sabía. Siempre fue así.

Lo identifiqué de inmediato.

Había uno al que los demás miraban de reojo. No necesitaba levantar la voz ni moverse demasiado para imponer respeto. Estaba sentado al fondo, relajado, con una sonrisa mínima, peligrosa. Su cuerpo decía lo que su boca no necesitaba repetir: aquí mando yo.

Era de mi misma estatura, de huesos gruesos, piel morena y facciones indígenas. Pómulos marcados, nariz ancha y chata, cabello negro, grueso y liso. Tenía una mirada esquiva, desconfiada, siempre un poco enojada.

Cuando empecé a hablar, se levantó.

Caminó hacia mí despacio. Demasiado despacio. Cada paso era una advertencia. Se acercó hasta quedar a centímetros de mi cara. Sentí su respiración, su olor, su intención.

—¿Y usted qué cree que viene a hacer aquí, cucha*?

No era una pregunta.

El aula entera se tensó. Los otros chicos esperaban el espectáculo. Apostaban en silencio cuánto tardaría yo en quebrarme.

No recuerdo haber pensado.

Recuerdo haber reaccionado.

Lo empujé. 

No con técnica. No con elegancia. Con rabia, con miedo, con puro instinto. Lo insulté. Le grité cosas que jamás habría dicho en otro contexto. Cosas que ni siquiera sabía que existían dentro de mí. 

-Usted a mi no me jode y se sienta hijo de puta-

Lo empujé hacia dentro del salón y cerré la puerta.

Lo dejé encerrado.

El silencio fue inmediato.

Yo temblaba. Por dentro y por fuera. Pero no di un paso atrás. No porque supiera lo que hacía, sino porque ya no podía retroceder. Él golpeó la puerta, gritó, insultó. Nadie se movió.

Al final se fue.


Ese día entendí dos cosas fundamentales:

la primera, que había cruzado una línea invisible;

la segunda, que si no lograba acercarme a él, no sobreviviría allí.

No intenté enfrentarlo otra vez. Hice algo más lento y más peligroso: me acerqué a los pocos a quienes él llamaba amigos. Tres chicos de apellido Celis que, con el tiempo, terminarían convirtiéndose en mi familia. Silenciosos, observadores, pícaros, leales entre ellos.

A través de ellos empecé a aislarlo, sin violencia. Quitándole público. Quitándole eco.

No tuvo muchas opciones.

Meses después, cuando la soledad empezó a pesar, se acercó. Poco a poco, con paciencia, nos dimos la oportunidad de conocernos. Y entonces apareció algo que nadie esperaba.

Ni él. Ni yo.

Apareció el cariño.

Nos entendimos sin pedirnos perdón. Construimos una relación áspera, hecha de límites claros y afecto torpe. De esos que no saben abrazar, pero sí saben cuidar. Con él aprendí que la dureza extrema suele esconder una necesidad desesperada de ser visto.

Al año siguiente lo llevaron de nuevo a Bogotá.

Desapareció en las calles, como si todo lo que habíamos construido hubiera sido solo un paréntesis. Cuando regresó, lo enviaron otra vez al Tuparro.

El padre Javier les entregaba una vez al año una muda de ropa: zapatos, pijama, algo limpio para empezar de nuevo. Para ellos aquello era un tesoro. Algunos lo vendían para conseguir droga. Otros lo guardaban para sus hermanos o para el día en que volvieran a la ciudad.

Él ese año hizo algo distinto.

Me guardó su pijama.

Era rosada.

Un color que no le gustaba.

Pero pensó en mí. No la vendió, no la cambió, no la guardó para nadie más. La conservó todo ese tiempo hasta que volvimos a encontrarnos, como si fuera una promesa pequeña, silenciosa, infantil.

Tiempo después, durante unas vacaciones en Bogotá, me llevó a conocer a la dueña de una tienda en un barrio llamado Egipto, al sur de la ciudad. Quería que yo supiera de dónde venía. Quería mostrarme su mundo.

Yo lo acompañé.

Sin miedo. O con uno distinto.

Años después lo mataron.

Cuando me enteré no lloré de inmediato. El duelo llegó tarde, como llegan las cosas que no tienen lugar donde ponerse. A veces pienso que ese día terminó de enseñarme la lección que había comenzado en aquella primera clase.

El amor no siempre salva.

Pero transforma, incluso cuando no alcanza.

Y a veces, eso es todo lo que hay.