CAPÍTULO 7. "AMOR EN CONSERVA"
Pero en el Tuparro no todo era terror.
También había algo que nos movía a todos, como un motor invisible, testarudo,
imposible de apagar: el amor.
Amor por todo. Por lo mínimo. Por lo absurdo.
La primera semana estábamos completamente enamoradas de las
bandadas de guacamayas.
A las seis de la mañana cruzaban el cielo como una explosión de color, gritando
como si el mundo se estuviera acabando… y a las seis de la tarde volvían, igual
de escandalosas, igual de libres.
Al principio era mágico.
A los quince días… ya quería declararles la guerra.
—Otra vez estas desgraciadas —pensaba, con ojeras de
campeonato—.
Porque sí, eran hermosas… pero no tenían ningún respeto por
el insomnio ajeno.
Así pasaban los días.
Con las mismas dinámicas, las mismas actividades… pero nunca se volvían rutina.
Siempre pasaba algo.
Siempre había algo que arreglar, que escuchar, que aprender.
O alguien que te rompía el corazón… o te lo reconstruía en el mismo día.
Vivíamos como estrellas de la farándula.
Pero sin glamour, sin contrato… y con un público bastante más intenso.
Paparazzis. Día y noche.
Nuestra habitación era el único refugio sagrado. El único
lugar donde nadie podía entrar.
Pero cada mañana, a las 6:30 en punto, abríamos la puerta…
Y ahí estaban.
Cuatro. Cinco. Siete chicos.
Esperando.
No por comida.
No por órdenes.
Por una sonrisa.
Por una mirada.
Por un “buenos días” que les dijera, sin palabras, que existían para alguien.
Solo querían atención.
Y eso… era lo más difícil de dar y lo más fácil de olvidar.
Y nosotros ahí, desayunando chocolate con agua y
cuchufletas fritas.
La dieta era… digamos… repetitiva.
Los gloriosos jueves de salchicha en lata con puré de
patata.
Amaba esa salchicha con una intensidad que hoy me daría
vergüenza confesar en voz alta… pero ahí dentro, era oro en conserva.
Un día, uno terminó de cenar, se levantó… y antes de irse,
dejó en mi plato la colita de su salchicha.
—Disfrútelo, maxis.
Y eso… pesa más que cualquier banquete.
Cada tres meses llegaba la barcaza.
El día más esperado.
Más que Navidad. Más que cumpleaños. Más que cualquier cosa.
La veíamos aparecer desde el puente del Bolívar, avanzando
por el Orinoco…
y era como ver llegar la vida misma.
Traía comida.
Cartas.
Noticias.
Pedazos del mundo que habíamos dejado atrás.
Y entonces ocurrió algo que hoy parece casi mágico:
Volvimos a escribir cartas a mano.
Horas bajo la luz de una vela, contando lo que nos pasaba,
lo que sentíamos, lo que no sabíamos cómo explicar.
Sin internet.
Sin ruido.
Sin distracciones.
Solo la verdad.
Hoy, en este mundo de inmediatez, de notificaciones, de
historias que desaparecen en 24 horas…
recuerdo esas noches y pienso:
qué lujo tan salvaje era tener tiempo para sentir.
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| La barcaza llegando con nuestra comida y nuestras cajas mágicas. |
En la barcaza también llegaban las respuestas.
Regalos.
Cerveza.
Salchichas.
Y pacas de cigarrillos —“peches”—.
Los peches eran moneda, terapia y diplomacia.
Los chicos hacían de todo por uno.
Hasta resolver sudokus.
Lo cual, sinceramente, en ese contexto… ya rozaba el milagro.
La abstinencia era dura.
Muy dura.
Pero eso… es otra historia.
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| Resolviendo un sudoku, el premio era un "peche" |
Una mañana abrí la puerta.
Y entonces lo vi.
No hablaba.
Todo.
Al día siguiente…
—¿Cómo te llamas?
—Me llaman siete cabezas.
Así que inventamos los “sábados de spa”.
Tenía mano. No sé por qué.
Y entonces lo vi.
Su cráneo.
Pero no.
Esperando una mirada que antes nunca tuvo.
Pero lo que pasaba en esa casa… era profundamente hermoso.
volvían a ser niños.
Y quizá esa era la verdadera magia del Tuparro.
Sino hacer algo mucho más difícil:



