martes, 14 de abril de 2026

SEGUNDA TEMPORADA. EL TUPARRO. CAP.7 "AMOR EN CONSERVA"

 CAPÍTULO 7. "AMOR EN CONSERVA"

Pero en el Tuparro no todo era terror.

También había algo que nos movía a todos, como un motor invisible, testarudo, imposible de apagar: el amor.

A las seis de la mañana cruzaban el cielo como una explosión de color, gritando como si el mundo se estuviera acabando… y a las seis de la tarde volvían, igual de escandalosas, igual de libres.
A los quince días… ya quería declararles la guerra.

Amor por todo. Por lo mínimo. Por lo absurdo.

La primera semana estábamos completamente enamoradas de las bandadas de guacamayas.

Al principio era mágico.

—Otra vez estas desgraciadas —pensaba, con ojeras de campeonato—.

Porque sí, eran hermosas… pero no tenían ningún respeto por el insomnio ajeno.


Así pasaban los días.
Con las mismas dinámicas, las mismas actividades… pero nunca se volvían rutina.
Siempre pasaba algo.
Siempre había algo que arreglar, que escuchar, que aprender.
O alguien que te rompía el corazón… o te lo reconstruía en el mismo día.
Vivíamos como estrellas de la farándula.
Pero sin glamour, sin contrato… y con un público bastante más intenso.
Paparazzis. Día y noche.
Nuestra habitación era el único refugio sagrado. El único lugar donde nadie podía entrar.
Pero cada mañana, a las 6:30 en punto, abríamos la puerta…
Y ahí estaban.
Cuatro. Cinco. Siete chicos.
Esperando.
No por comida.
No por órdenes.
Por una sonrisa.
Por una mirada.
Por un “buenos días” que les dijera, sin palabras, que existían para alguien.
Solo querían atención.
Y eso… era lo más difícil de dar y lo más fácil de olvidar.

 


Antes del desayuno, un cigarrillo con café oscuro en las gradas que daban a la cocina.
Siempre aparecía alguno. O varios.
Como si el humo llamara a la tribu.
Luego el comedor nos esperaba con esas vistas que te dejaban sin aire:
el Orinoco pasando lento, delfines asomando como fantasmas elegantes, indígenas cruzando en sus canoas, monos gritando desde la orilla…
Y nosotros ahí, desayunando chocolate con agua y cuchufletas fritas.
Las cuchufletas…
Una especie de arepa inflada hecha con lo mínimo: harina y agua.
Las tías —las cocineras— hacían magia.
Porque no importaba lo simple: todo sabía a hogar.
Y cuando no había nada… había cuchufletas.
Siempre había cuchufletas.
Sospecho que si el fin del mundo hubiera llegado, alguien habría sobrevivido a base de ellas.
La dieta era… digamos… repetitiva.
Garbanzos.
Arroz.
Garbanzos.
Lentejas.
Garbanzos.
Guisantes.
Garbanzos.
Frijoles.
Y, por si quedaba duda… garbanzos.
Dos veces por semana aparecía proteína animal:
un pollo flaco que parecía haber sufrido más que nosotros…
y los jueves…
Los gloriosos jueves de salchicha en lata con puré de patata.
Mi comida favorita.
Mi momento espiritual de la semana.
Amaba esa salchicha con una intensidad que hoy me daría vergüenza confesar en voz alta… pero ahí dentro, era oro en conserva.
La comida en el Tuparro era sagrada.
Y si era rica… era territorio emocional.
Los chicos lo sabían.
Sabían lo que significaba para mí el jueves.
Un día, uno terminó de cenar, se levantó… y antes de irse, dejó en mi plato la colita de su salchicha.
—Disfrútelo, maxis.
Detrás de él, otro hizo lo mismo.
Y otro.
Y otro.
Cada jueves, pequeñas ofrendas.
Pedazos de algo que para ellos también era un lujo.
“Maxis”.
Así llamaban a un gran amigo.
Y yo, con el plato lleno de colitas de salchicha… entendí algo brutal:
que el amor no siempre llega en grandes gestos.
A veces llega en forma de sobras.
De lo poco que alguien decide no guardarse.
Y eso… pesa más que cualquier banquete.


Más que Navidad. Más que cumpleaños. Más que cualquier cosa.
y era como ver llegar la vida misma.
Cartas.
recuerdo esas noches y pienso:

Cada tres meses llegaba la barcaza.

El día más esperado.

La veíamos aparecer desde el puente del Bolívar, avanzando

por el Orinoco…

Traía comida.

Noticias.

Pedazos del mundo que habíamos dejado atrás.

Y entonces ocurrió algo que hoy parece casi mágico:

Volvimos a escribir cartas a mano.

Horas bajo la luz de una vela, contando lo que nos pasaba, lo

que sentíamos, lo que no sabíamos cómo explicar.


Sin internet.

Sin ruido.

Sin distracciones.

Solo la verdad.


Hoy, en este mundo de inmediatez, de notificaciones, de historias que desaparecen en 24 horas…

qué lujo tan salvaje era tener tiempo para sentir.

La barcaza llegando con nuestra comida y nuestras cajas mágicas.

En la barcaza también llegaban las respuestas.


Regalos.

Cerveza.

Salchichas.


Y pacas de cigarrillos —“peches”—.

Los peches eran moneda, terapia y diplomacia.

Los chicos hacían de todo por uno.

Hasta resolver sudokus.

Lo cual, sinceramente, en ese contexto… ya rozaba el  milagro.

La abstinencia era dura.

Muy dura.

Pero eso… es otra historia.

Resolviendo un sudoku, el premio era un "peche"

Una mañana abrí la puerta.
Estaban los de siempre.
Todos… menos uno.
Y entonces lo vi.
Pequeño.
Demasiado pequeño para ese lugar.
En una esquina.
Mirando al suelo.
Mirando de reojo, como pidiendo permiso para existir.
Había llegado hacía una semana.
Descalzo.
Sucio.
Roto.
No hablaba.
Le pregunté qué había pasado.
Me dijo que los grandes le habían quitado todo.
Todo.
Le pedí su ropa.
La lavamos.
La arreglamos.
Le cosí botones a una camisa blanca con flores enormes, casi ridículas… casi hermosas.
Luego lo llevé al río.
Lo ayudé a bañarse.
Al día siguiente…
Ahí estaba.
El primero en la puerta.
Limpio.
Arreglado.
Sonriendo como si le hubieran devuelto algo más que ropa.
—¿Cómo te llamas?
—Me llaman siete cabezas.
Durante casi un año, siete cabezas fue el primero en estar ahí.
Esperando.
Orgulloso de su camisa.
De su presencia.
Pero su pelo… seguía siendo un desastre.
Como el de todos.
Así que inventamos los “sábados de spa”.


Lavábamos pies con hongos —una experiencia que no le
deseo a nadie—,
cortábamos pelo, curábamos heridas visibles… y otras que no se veían tanto.
Yo me especialicé en dos cosas:
pies imposibles…
y rapar cabezas.
Tenía mano. No sé por qué.
Un sábado llegó siete cabezas.
Lo senté.
Le mojé el pelo.
Empecé a pasar la máquina…
Y entonces lo vi.
Su cráneo.
Las protuberancias. Los golpes. La historia escrita en hueso.
Tenía diez años…
y una cabeza que contaba demasiadas guerras.
Ahí entendí su nombre.


y me dieron ganas de romper algo. o a alguien.

Pero no.

Solo seguí. Con cuidado. En silencio.

Día tras día, volvió a esa puerta. A esa esquina. A ese pequeño ritual de ser visto.

Esperando una mirada que antes nunca tuvo.

Porque sí… las historias eran duras.

Pero lo que pasaba en esa casa… era profundamente 

hermoso.

Era una segunda oportunidad.

Un lugar inseguro que, de alguna manera, lograba ser refugio.

Un espacio donde, entre golpes, reglas imposibles y hambre…

ocurría algo extraordinario:

volvían a ser niños.

Y quizá esa era la verdadera magia del Tuparro.

No cambiar el pasado.

No borrar el dolor.

Sino hacer algo mucho más difícil:

demostrar que incluso en los lugares más rotos del mundo…el amor —ese terco, imperfecto, a veces absurdo—

sigue encontrando la forma de quedarse.

Y cuando lo hace…

lo cambia todo.