Los Llanos Orientales de
Colombia han estado ligados, desde hace siglos, a la ganadería extensiva:
esa forma de criar ganado en libertad, en territorios abiertos, amplios, donde
la sabana, el agua y el tiempo dictan las reglas. En el caso de Casanare,
durante mucho tiempo se trabajó con el ganado criollo de raza casanareña,
un animal hecho a la medida de la sabana inundable: resistente, adaptado,
fuerte, capaz de convivir con el barro, el verano inclemente, el agua creciente
y la inmensidad.
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| Vaqueros llevando el ganado para el trabajo de llano. Foto: Lucía Córdoba Prieto |
Para que este sistema fuera
posible se necesitaban dos cosas esenciales: grandes extensiones de sabana
con pastos naturales y fuentes de agua permanentes. Solo así podía
mantenerse la cría y el levante del ganado que después sería comercializado.
Pero más allá de lo productivo, lo que se fue construyendo en torno a esta
actividad fue una forma de vida, una cultura entera, una manera de entender el
territorio.
Hace más de cien años, en los
llanos, la tierra no tenía valor por sí sola. El verdadero valor lo daba
el ganado.
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| Ganado del Hato La Charanga en Orocué. Foto: Lucía Córdoba |
La lógica era simple y brutal:
a cada res le correspondía una hectárea. De modo que la posesión del territorio
no se entendía como hoy, con escrituras y linderos exactos, sino a través de la
marca en el animal. El primero que enlazaba una res cimarrona, le cortaba la
oreja o le ponía el hierro caliente con el símbolo de su familia, pasaba a
reclamar no solo el animal, sino también la tierra que “le correspondía”. Cada
hato, cada familia, tenía y aún tiene su hierro: una figura única, un emblema
de pertenencia, una firma encendida sobre el cuero.
Ese control se ejercía bajo lo
que se conocía como la Ley del Llano. No era una ley escrita en códigos
ni decretos, sino un acuerdo tácito entre los antiguos llaneros para apropiarse
del ganado libre de marcas que vagaba por las sabanas y no pertenecía a nadie.
A ese ganado lo llamaban cachilapo. El primero que lograba enlazarlo y
marcarlo se quedaba con el animal… y con la tierra que ese animal representaba.
Así, res por res, hierro por hierro, fueron naciendo los grandes hatos
ganaderos.
Un hato era mucho más
que una finca. Era una extensión de tierra con más de mil cabezas de ganado y,
por tanto, con más de mil hectáreas. En aquella época llegaron a formarse hatos
de hasta 300 mil hectáreas, territorios tan vastos que parecían no tener
fin. Controlar, recoger, marcar y vacunar el ganado era una tarea titánica:
faenas que duraban semanas o incluso meses, y que solo podían realizarse una o
dos veces al año. Cuando el número de reses alcanzaba las 200 mil o 250 mil
cabezas, se requerían cuadrillas enteras de vaqueros moviéndose por el
territorio, arreando el ganado hasta los embarcaderos y corrales de cada hato.
Todo eso, por supuesto, a lomo de caballo y enfrentando cada día el rigor del
llano.
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| Mapa del territorio Zambranero en el año 1920, por donde debían cruzar los vaqueros con el ganado. |
¿Recuerdan la historia de la
familia Zambrano?
Para la década de 1920, el
primer Gerardo Zambrano era ya uno de los terratenientes y ganaderos más
importantes de la región. Sus tierras se extendían desde Nunchía hasta Orocué,
y a través de ellas movilizaba ganado con la ayuda de sus llaneros. En una entrada
anterior hablé del hato El Encanto, en San Luis de Palenque. Hoy quiero
hablar de otro territorio zambranero igual de impresionante, pero todavía más
cargado de memoria antigua: La Charanga, en el municipio de Orocué,
Casanare.
Y no es cualquier lugar.
La Charanga está enclavada en
una tierra que respira literatura, mito e historia. Es territorio de La
Vorágine, la gran obra de José Eustasio Rivera, y también una de las cunas
de la tradición oral del llano, donde nacieron o tomaron fuerza muchas de las
leyendas que aún estremecen a quien se atreva a oírlas de noche.
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| Llanero del trabajo de llano del Hato La Charanga. |
El hato La Charanga fue
adquirido por el primer Gerardo Zambrano, “El Fundador”, en tiempos de la
Primera Guerra Mundial. En aquella época, en la zona del río Duya vivían varios
europeos dedicados al comercio de plumas, animales, caucho y sarrapio. Cuando
estalló la guerra, muchos alemanes que residían en otros países fueron llamados
de regreso para combatir por su patria. Esa circunstancia hizo que varias de
las tierras que ocupaban en Casanare fueran vendidas a bajo costo. Don Gerardo
vio la oportunidad y la tomó. Así amplió aún más su territorio.
La Charanga —nombre que ya
traía el predio desde la época en que perteneció a un alemán— abarcaba más de 40
mil hectáreas, extendiéndose por lo que hoy comprende la reserva indígena
Sáliva de San Juanito, la vereda La Esmeralda Oriental, la laguna de Paravare y
las costas del río Meta en Orocué.
Era un mundo entero.
Con el tiempo, el primer
Gerardo decidió entregar parte del territorio de El Encanto a su hijo natural,
Alberto Burgos, quien lo administró de forma separada. Más tarde, tras la
muerte de don Gerardo, en 1992, el resto del territorio fue dividido entre sus
otros seis hijos. De esos predios aún se conservan como tierras zambraneras Buena
Vista, Los Sarrapios, La Palmita y La Charanga, esta
última heredada por el segundo Gerardo de la familia, don Gerardo Zambrano
Guío, “El Patriarca”, y donde todavía se mantiene la casa original.
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| Llanero Sáliva del trabajo de llano del Hato La Charanga. |
Aunque muchos de los herederos
siguen vivos, hoy el manejo de estos predios está principalmente en manos de
sus hijos. Es el caso de Los Sarrapios, administrado por don Juan Carlos
Vargas, y de La Charanga, que hoy lidera el tercer Gerardo: don Carlos
Gerardo Zambrano, hijo del Patriarca.
Lo extraordinario es que en
estos hatos el trabajo de llano todavía se hace como se hacía antes.
Los vaqueros, llaneros e
indígenas Sáliva que hoy realizan las labores ganaderas en las tierras
zambraneras de Orocué son descendientes de las familias que trabajaron con el
primer Gerardo. Heredaron no solo un oficio, sino un conocimiento completo del
territorio: una sabiduría que pasó de padres a hijos, de abuelos a nietos, como
se heredan las cicatrices y los refranes.
Y fue allí, en La Charanga,
donde tuve la fortuna de ver un trabajo de llano real, de esos que uno
imagina en relatos de hace cien años. Allí vi llaneros pata al suelo e
indígenas Sáliva como salidos de una película de época, solo que esto no era
cine: era verdad.
Cuando llegué, los llaneros ya
llevaban varios días sabana adentro recogiendo el ganado. La duración de estas
faenas depende de muchas cosas: del número de animales, de lo bravos que estén,
de lo mañosas que sean las reses. Algunas se esconden entre las matas de monte
y cuesta un mundo sacarlas. El ganado de Orocué no es ganado mansito: conserva
todavía mucho del cruce con la raza criolla casanareña y, además, a diferencia
de otros hatos, aquí no se les topizan ni liman los cachos. Son animales más
enteros, más bravos, más llano.
Al llegar a la casa del hato,
solo estaban las mujeres, preparando la comida y la bebida para los vaqueros
que regresarían con el ganado: casi siete mil reses de todos los predios
zambraneros de Orocué.
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| La Guata del Pauto y Marleny "La Negrita" en la casa del Hato La Charanga. |
Me recibió Marleny, “La
Negrita”, como le decimos con cariño, con un café cerrero de esos que le
acomodan el alma a cualquiera. Ella es la esposa del mensual de La Charanga y
una mujer admirable. Se encarga de la casa, de la cocina, de tres hijos
maravillosos… y también se le mide al trabajo duro: inmoviliza cachilapos,
marca ganado, limpia animales. Una llanera completa, sin necesidad de decirlo
dos veces.
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| Llaneros con el ganado en el corral para iniciar el trabajo de llano. Foto: Lucía Córdoba. |
La labor de las mujeres en
estas jornadas es fundamental. Alimentar a más de cuarenta personas, mañana,
tarde y noche, no es poca cosa. Y menos cuando se trata de hombres que gastan
la fuerza entera trabajando en corrales, potreros y mangas bajo el sol. Ellas
son verdaderas maestras de la cocina llanera: conocen al detalle los cortes de
carne de res, de marrano cerrero, los peces de río, los tiempos del trabajo y
el plato que mejor le cae a cada momento. Y no exagero si digo que nada les
queda mal. Cocinan como si alimentar fuera otra forma de sostener la
sabana.
La llegada de los vaqueros con
el ganado es un espectáculo difícil de describir sin quedarse corto. Vienen a
caballo, guiando cientos de reses hasta el corral, donde empiezan a dividirlas
por potreros: vacas a un lado, mautes —animales de uno o dos años— en otro,
toros reproductores aparte, becerros en su espacio. Al mismo tiempo, los
hombres también se organizan por cuadrillas y funciones. Todo tiene un orden.
Todo parece caos, pero no lo es.
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| Don Eugenio rezando el ganado. Foto: Lucía Córdoba |
En cada potrero identifican
hembras preñadas, mautes que van para castración, animales de cría, futuros
reproductores, becerros sin marcar, reses enfermas o fracturadas. Las que
necesitan atención especial se llevan a potreros cercanos a la casa, donde pueden
ser vigiladas y tratadas por veterinarios.
Pero no todo se resuelve con
medicina de botiquín.
Algunos de los llaneros más
sabios, y también algunos indígenas, todavía practican el rezo de sanación.
Lo vi con mis propios ojos. Lo hacía “Porremono”, un indígena Sáliva que
trabajaba como vaquero en estas faenas. Nunca supe su nombre real. En el llano,
los apodos mandan. Y vaya si mandan. Allí existe toda una ciencia de apodar al
otro con una mezcla perfecta de burla, afecto y resignación. Casi todos los
llaneros que conocí tenían apodo, y a varios jamás les supe el nombre de pila.
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| "Porremono" en el corral de trabajo de llano. Foto: Lucía Córdoba |
A Porremono le decían así
porque tenía la porra —la cabeza— como la de un mono. A otro le decían “Chapo”
por bajito. A otro, “Careñame”, por ser blanco como la yuca. Y he escuchado
apodos tan crueles y tan trágicos que solo en el llano pueden pronunciarse sin
que se caiga el cielo encima. Ahí uno entiende que el humor llanero a veces
tiene filo… pero casi siempre viene con cariño.
Al caer la tarde, una vez
terminada la identificación y separación de los animales, la gente regresa a la
casa del hato. Cenan, cuentan historias del día, se ríen, se echan chistes.
Después viene el guarapito, ese trago artesanal hecho con panela, y con
él llegan también los cuentos de miedo, los mitos, las leyendas, las canciones
llaneras y el sonido del cuatro. Para una guata como yo, eso era un tesoro. Uno
de esos momentos que no se olvidan, por más kilómetros que pasen.
Al día siguiente, la jornada
empieza a las cuatro de la mañana.
Un tinto bien cargado, unas
arepuelas, los caballos aperados, y a salir pata al suelo hacia el corral. Ese
día era el más duro, el más largo, el más bravo. Yo fui con mis botas
pantaneras y mi disfraz de llanera: camisa de cuadros, poncho, sombrero y más
entusiasmo que sentido común. Me instalé en lo que consideré mi palco VIP: las
maderas al final de la manga principal, el mejor lugar, según yo, para hacer
fotos y verlo todo de cerca.
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| Llanero aperando su caballo para iniciar la jornada de trabajo de llano. Foto: Lucía Córdoba. |
Lo que yo no sabía era que mi
palco VIP estaba peligrosamente cerca del desastre.
Los llaneros se sonreían al
verme sentada ahí, pero yo me sentía la más llanera del paseo.
Por potreros fueron trayendo
el ganado al embarcadero. Desde allí, las reses pasaban a la manga. Todo estaba
perfectamente coordinado: unos se encargaban de mover a los animales, otros
hacían de tranqueros, reteniéndolos con palos gruesos por delante y por detrás.
Una vez inmovilizados, otros tres hombres se encargaban de bañarlos con
antiparasitario y aplicarles las vacunas correspondientes. Luego les hacían
cortes o señales en la oreja para identificar las dosis recibidas y el animal
regresaba a la libertad.
Cada operación duraba entre
siete y ocho minutos.
Siete u ocho minutos que
podían volverse eternos si el animal era grande, bravo y estaba de mal humor.
La jornada empezó con mautes
pequeños, así que todo parecía controlable. Pero cuando llegó el turno de los
toros reproductores, el panorama cambió. En cuestión de minutos vi aparecer,
por encima de la manga, el lomo de dos toros gigantes y los cachos afilados
sobresaliendo por la parte alta de las maderas… justo donde yo estaba sentada.
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| Mautes pasando por la manga de vacunación. Foto: Lucía Córdoba |
De un salto me lancé al
corral.
Grave error.
Las reses que estaban allí
eran precisamente las recién vacunadas, así que no se encontraban ni tranquilas
ni agradecidas. Corrí como pude hacia uno de los huecos entre las maderas y
logré salir del otro lado sin una bota —la otra quedó enterrada en el barro—,
blanca como un papel, empapada en sudor y temblando completa.
Los llaneros, como era de
esperarse, me miraban de reojo y se sonreían.
Yo, muy digna pero muy asustada, no volví a subirme a la manga. Me quedé desde afuera viendo todo a prudente distancia. Cuando acabó la jornada y regresamos a la casa, entre las anécdotas del día quedó, por supuesto, el susto que se llevó la guata con los toros. Entre risas me decían que con ese vestuario tan llanero que yo llevaba, pensaban que era una criolla de verdad y que solo me había faltado el cuchillo al cinto para defenderme de las bestias.
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| La guata tomándose selfies edurante el trabajo de llano desde las tablas de la manga. |
Pero esa jornada venía aún más
intensa.
Ese día se terminaría la
vacunación, se marcarían los cachilapos con hierro caliente y se castrarían los
mautes destinados al engorde. Para mí, ecóloga y sensible, aquello se anunciaba
como una prueba dura. Me planté frente al corral con la cámara y el alma medio
apretada.
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| Vaqueros posando para la foto. |
Después de la vacunación,
llevaron a los becerros a un potrero cercano. Mugían mucho porque los habían
separado de sus madres, aunque sería solo por poco tiempo. A un lado del corral
ardía la leña con la que calentaban el hierro. De cinco en cinco, los becerros
iban entrando. Dos llaneros sujetaban a cada cachilapo, uno por la cola y otro
por la cabeza. Cuando lograban controlarlo, torcían con cuidado hasta hacerlo
perder el equilibrio. El animal caía, uno se sentaba encima para inmovilizarlo
y el otro corría por el hierro candente para ponerle la marca sobre la cadera.
El becerro mugía, sí.
Pero más que de dolor, mugía
de angustia, de desconcierto, de no entender.
Después de la marca, aplicaban
enseguida un ungüento cicatrizante. El momento más delicado venía al soltarlo:
incómodo, asustado, rabioso. Entonces, entre dos hombres, lo levantaban de
nuevo y lo dejaban libre para que saliera corriendo a buscar a su madre, con la
rosa de los Zambrano grabada en el cuero.
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| Marcada de cachilapos con el hierro ardiente. Fotos: Lucía Córdoba. |
En esa tarea, Gerardo
Esteban Orjuela Zambrano era un maestro. El cuarto Gerardo de la familia,
veterinario de profesión, encargado de la sanidad animal y, a mi juicio, el más
llanero de la generación actual. De todos ellos, era el único que andaba pata
al suelo como los demás trabajadores.
La marcación dura apenas unos
minutos y ocurre una sola vez en la vida del animal. Si no se hiciera, el
becerro seguiría siendo un cachilapo, vulnerable al abigeato, al robo, a
perderse en una historia peor. Sé que hoy existe mucha polémica alrededor del
hierro caliente, y la entiendo. Yo misma estoy en contra del maltrato animal.
Pero también puedo decir, porque lo vi, que en estas faenas lo primero es el
bienestar de la res. Son minutos difíciles, sí, pero a cambio esos animales
tienen una vida entera de libertad: corren por sabanas naturales, beben agua
limpia, pastan a cielo abierto y forman parte del paisaje vivo de la sabana
inundable.
Y eso también importa.
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| Vaqueros llevando al becerro ya marcado a la libertad. Foto: Lucía Córdoba. |
Algunos, después de una vida libre, terminarán siendo alimento. Es la lógica de la vida, la cadena que sostiene la existencia desde siempre. Lo importante es entender que la ganadería extensiva tradicional del llano ha sido, y sigue siendo, una pieza clave en la conservación del material genético de plantas y animales de la Orinoquía. Varios estudios han demostrado que es una práctica compatible con la conservación, una forma de producir que puede convivir con la fauna silvestre y con ecosistemas de altísimo valor ecológico.
Así que la próxima vez que coma carne, hágase una pregunta sencilla, pero incómoda:
¿De dónde viene?
¿Qué vida llevó ese animal?
¿Cómo fue criado? ¿Qué paisaje sostuvo con su existencia?
Y si esa carne viene del
Casanare, del Arauca, del Vichada o del llano adentro del Meta, sepa que
probablemente está comiendo la carne de un animal que vivió libre, que fue
criado con pastos naturales y agua limpia, y cuya presencia ayudó a mantener
viva la sabana inundable, uno de los ecosistemas más valiosos de Colombia.
Las tradiciones culturales de
este país tienen un valor inmenso. No solo cuentan quiénes fuimos: también
ayudan a conservar quiénes somos.
Y en el llano, a veces, cuidar
una vaca, marcar un becerro, cantar al caer la tarde o tomar guarapito después
de la faena no son simples costumbres.
Son una forma de defender la
historia.
Y también la vida.
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| Foto con todos los vaqueros que participaron del trabajo de llano en el Hato La Charanga. |

















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