jueves, 16 de abril de 2020

EL LEGADO DE LOS ZAMBRANO: HISTORIA, SABANA Y CONSERVACIÓN EN EL ENCANTO DE GUANAPALO


Si hay algo verdaderamente valioso en la cultura llanera, son sus legados.

Esa herencia profunda que no se guarda en cajas ni se firma en papeles, sino que se transmite viviendo: en la manera de montar a caballo, de trabajar la sabana, de contar una historia al calor del café cerrero, de criar hijos con respeto por la tierra y de seguir diciéndole al mundo —una y otra vez— que el llanero no solo ha sido protagonista de la historia de Colombia, sino también custodio silencioso de su biodiversidad y de su memoria cultural.



Familia Zambrano en la entrada del Hato Montana.
Foto: Natalia Roa






































Gracias a esa decisión obstinada de no dejar morir lo esencial, el legado llanero ha quedado plasmado en el arte de Nelson Barragán, en la música inmortal del Cholo Valderrama, en la poesía recia del Cachi Ortegón y, sobre todo, en la vida misma de tantos criollos pata al suelo que aún siguen en la mitad de la sabana, trabajando llano, criando ganado y cuidando esas tierras planas que sostienen la vida en todos los sentidos posibles.

La familia Zambrano sabe muy bien lo que significa continuar un legado.

Uno de esos que no solo atraviesan generaciones, sino que se vuelven territorio.

Todo comenzó con el primer Gerardo Zambrano, un hombre que llegó a las tierras casanareñas en 1908 y cuyo nombre quedó ligado para siempre a la historia de poblados tan importantes como Orocué y San Luis de Palenque. No fue simplemente un propietario de tierras. Fue un hombre de visión, de empuje y de época. Uno de esos personajes que, sin proponérselo como estatua, terminan convertidos en referencia.

Don Gerardo vivía en Nunchía y, para entonces, era dueño de una inmensa extensión de tierra entre Nunchía y la zona del Pirichigua y Guanapalo, un territorio que hoy corresponde a la vereda San Rafael de Guanapalo, en el municipio de San Luis de Palenque. En aquellas sabanas se trabajaba ganadería de raza criolla casanareña sobre pastos naturales, y aquellos hatos servían además como estaciones de descanso y abastecimiento durante los largos recorridos desde el piedemonte hasta el río Meta.


Mapa de aproximación de la extensión de tierra que pertenecía al primer Gerardo Zambrano y su familia para los años 1.920

Hay que imaginar ese mundo para entender su magnitud.

No había carreteras, no había motores, no había atajos. El comercio entraba por el Orinoco hasta Puerto Carreño y de allí seguía por el Meta hasta Orocué, que en ese entonces no era más que unas cuantas casas asomadas al puerto, esperando mercancías, noticias y gente. Todo lo demás era distancia. Agua. Barro. Sabana. Tiempo.

La travesía desde el Pirichigua hasta Orocué, hecha a caballo, era interminable. Hacía falta otro punto estratégico de descanso y abastecimiento. Fue entonces cuando, en tiempos de la Primera Guerra Mundial, don Gerardo decidió comprar las tierras del Duya. Por esos años vivían en esa zona varios europeos dedicados al comercio de plumas, animales, caucho y sarrapio. Cuando la guerra los obligó a volver a Europa para combatir, muchas de esas tierras fueron vendidas a bajo costo. Don Gerardo vio la oportunidad y la tomó. Así aumentó su dominio territorial y se consolidó como dueño de predios en Nunchía, San Luis de Palenque, Trinidad y Orocué. Por eso, con razón, es recordado como uno de los fundadores de estos municipios.


Don Gerardo Zambrano a sus 90 años cabalgando de a caballo.
Foto: Carlos Arturo Zambrano

El hato del Duya, con casi 30 mil leguas de tierra, se llamó La Charanga. Y el de la zona del Pirichigua recibió un nombre que parece escrito por el destino: El Encanto.

Y vaya si lo era.

En el gran hato El Encanto trabajaron cientos de criollos. Hombres de sabana abierta, acostumbrados a jornadas de meses enteros, arreando miles de reses criollas a través de las tierras zambraneras, siempre a caballo, siempre expuestos a los ríos crecidos, al barro, al sol que raja la nuca, a los jaguares, a los pumas, a las anacondas… y a los espantos, porque el llano tiene también esa costumbre maravillosa de mezclar la zoología con el misterio.

Era tanta la extensión de tierra y tantos los llaneros que trabajaban para el primer Gerardo, que alrededor de esa actividad fueron naciendo pequeños poblados formados por trabajadores y sus familias. Con el tiempo, esos asentamientos se convirtieron en veredas, como Guanapalo, en San Luis de Palenque. Además, don Gerardo creó un albergue para los hijos de sus trabajadores, donde aprendían a leer, a escribir y, sobre todo, a trabajar llano. También fundó la escuela de San Rafael de Guanapalo. Allí crecieron y se formaron llaneros como Seudiel Walteros y sus hermanos, y allí comenzó a forjarse una relación entre familia, territorio y cultura que aún hoy sigue viva.

Don Gerardo Zambrano "El Patriarca"
Foto: Natalia Roa

En El Encanto nació y creció el segundo Gerardo Zambrano, conocido como El Patriarca, junto a sus hermanos, entre ellos la señora Carmen Mariela Zambrano. Don Gerardo, ya con más de nueve décadas a cuestas, sigue caminando las sabanas heredadas por su padre como quien recorre un álbum vivo. En cada paso suyo hay una historia. En cada recuerdo, una época entera. Muchas de las líneas que hoy escribo nacieron precisamente de escucharlo a él: al hijo de la sabana, al heredero del relato, a la memoria viva de ese territorio.

Los protagonistas de esta historia pertenecen a la tercera generación de la familia Zambrano: don Juan Carlos Vargas Zambrano, don Germán Rodríguez Zambrano y don Carlos Gerardo Zambrano, hijo de El Patriarca. Los tres son primos. Los tres heredaron no solo tierras, sino una responsabilidad. Hoy son propietarios de tres fundos que hicieron parte del gran hato El Encanto: Mata de Palma, Altamira y Montana, tierras recibidas del primer Gerardo Zambrano, el fundador.

Y la historia, lejos de detenerse, siguió creciendo en sus manos.


Los primos Zambrano, Izq a Der: Juan Carlos
Vargas Zambrano, Germán Rodriguez Zambrano,
un trabajador, Carlos Gerardo Zambrano
y Simona. Foto: Tomada de Facebook.

Esta familia ha hecho historia en estas tierras planas y sigue haciéndola. Los tres primos Zambrano decidieron no traicionar la herencia recibida. Comprendieron que el verdadero valor de sus predios no estaba solo en su potencial productivo, sino en la riqueza natural y cultural que contienen. Rodeados por la presión de la industria petrolera y arrocera, entendieron algo que no todo el mundo alcanza a ver: que conservar también es una forma de grandeza.

Por eso sus predios aún mantienen un altísimo porcentaje de sabanas naturales, esteros, morichales y garceros intactos. La intervención ha sido mínima, y precisamente ahí radica buena parte del reconocimiento que hoy tienen. Donde otros hubieran arrasado para “progresar”, ellos decidieron conservar para permanecer.






Hace cuatro años tuve la oportunidad de conocerlos y de trabajar junto a ellos en la construcción de una idea que entonces parecía audaz: consolidar sus predios como Reservas Naturales de la Sociedad Civil y convertirlos en pioneros del turismo de naturaleza en la región. La propuesta, impulsada con el acompañamiento de la Fundación Cunaguaro, buscaba abrirles un nuevo camino: seguir protegiendo la sabana, mantener sus prácticas ganaderas extensivas y, al mismo tiempo, mostrarle al mundo la biodiversidad y la cultura llanera que habita en esas tierras.

Era, en el fondo, una manera contemporánea de honrar el legado de los dos Gerardos.

El primero en apostarle con decisión a esa aventura fue don Juan Carlos Vargas Zambrano, del hato Mata de Palma, predio heredado de su madre, la señora Carmen Mariela Zambrano. Juan Carlos es un reconocido arquitecto que, por esas vueltas inesperadas que da la vida, en otro tiempo trabajó en Bogotá con mi madre. Según ella —y no tengo razones para dudarlo— es un arquitecto importante. Pero más allá de eso, lo que vi en él fue a un hombre dispuesto a cambiar la comodidad de la ciudad por un sueño más hondo: el de conservar.


En la tapa de Mata de Palma, de Izq a Der: La Guata, Juan
Carlos Zambrano, un turista Chileno y uno Local.
Foto: Lucía Córdoba

























Con don Juan Carlos recorrí muchas veces los pastizales de Mata de Palma soñando en voz alta el futuro del hato. Me permitió aportar a la construcción de ese proyecto como quien deja entrar a alguien a la cocina de sus sueños. Nos sentábamos a tomar café cerrero a orillas de la tapa rebosante de chigüiros que adorna su casa, y montábamos a caballo contemplando una biodiversidad tan abrumadora que por momentos parecía inventada.

Era imposible no conmoverse.

Veíamos osos hormigueros gigantes, osos meleros, zorros, garzas de todos los colores y huellas frescas de puma. Recogimos cráneos de animales silvestres, de esos que el verano inclemente deja sobre los pastos como pequeñas reliquias de la sabana. Para mí eran tesoros. Para algunos criollos, una excentricidad más de esta guata. Qué se le va a hacer: cada quien ama lo suyo como puede.

Gracias a don Juan Carlos conocí también a Seudiel Walteros, mi gran amor criollo, ese amigo pata al suelo al que admiro, respeto y estimo profundamente. Hoy Seudiel es el guía local de turismo de naturaleza más cotizado de San Luis de Palenque, y buena parte de esa realidad nació de un sueño que empezó en Mata de Palma. Un sueño que creció tanto, que otros criollos también se sumaron a la labor de guianza, combinando el trabajo de llano con el turismo de naturaleza. Así, ellos se acercaron a otros mundos, y esos otros mundos pudieron por fin asomarse a la vida real de un llanero pata al suelo, a su forma de entender la naturaleza, el tiempo y la existencia.


Biodiversidad en la tapa del Hato Mata de Palma.
Foto: Lucía Córdoba
























En muy poco tiempo, don Juan Carlos logró organizar en Mata de Palma una oferta de alojamiento, alimentación, cabalgatas de observación de fauna, degustaciones gastronómicas y experiencias culturales que hoy convierten al hato en un destino que vale la pena vivir, no solo visitar.

A esa aventura se sumó su primo, don Germán Rodríguez Zambrano, del hato Altamira, con el apoyo de su esposa Martha. Don Germán es un ganadero reconocido en la región, un hombre profundamente enamorado del llano y de sus sabanas, siempre acompañado por Simona, su inseparable perra siberiana, que lo sigue con la fidelidad de quien sabe perfectamente quién es su humano.

Con don Germán conocí uno de los garceros más hermosos e impresionantes que he visto en mi vida. El garcero de Altamira alberga más de nueve especies distintas de aves, y en época reproductiva ofrece un espectáculo sencillamente inolvidable: colores, cantos, vuelos, bailes y plumas que parecen salidas de un delirio feliz. Al igual que su primo, organizó su predio para recibir visitantes, y hoy cuenta con alojamiento cómodo y con el apoyo de don Ricardo, un criollo que se inició en la guianza turística siguiendo la estela de Seudiel y que ahora es, ni más ni menos, uno de los guardianes del puma en esas tierras.

Don Germán Rodriguez Zambrano y Simona.
Foto: Lucía Còrdoba.

El último en sumarse a esta aventura fue don Carlos Gerardo Zambrano, del hato Montana. Piloto de avión comercial durante años, vinculado a una de las aerolíneas más conocidas del país, también decidió modificar el rumbo de su vida profesional para dedicarse de lleno a este proyecto que transformó a toda su familia. Lo hizo con el apoyo incondicional de su esposa y de sus hijos, que hoy son parte esencial del camino que han construido.

En Montana, don Carlos Gerardo convirtió la casa tradicional del hato en una casa-hotel en medio de la sabana, con todas las comodidades y lujos necesarios, pero sin perder la estética ni el alma del hato llanero. Allí se ofrece gastronomía tradicional con un giro moderno y elegante, una experiencia posible gracias a Daniel Vera, esposo de su hija María Cristina, un chef capaz de enamorar a cualquiera con su sazón. La comunicación, la fotografía y la proyección visual del proyecto están a cargo de su hijo Carlos Arturo, fotógrafo profesional de enorme talento. Y la administración, el orden y la belleza cotidiana del lugar descansan en manos de Karym, su esposa, una mujer luminosa, amable, firme y profundamente admirable.

Por las sabanas de Montana, entre venados y chigüiros, caminé alguna vez con el segundo Gerardo Zambrano, con el Patriarca, con el abuelo, con la historia viva de esa tierra. En medio de aquella inmensidad me contó la historia de sus tierras y de sus criollos. Tuve además el privilegio de celebrar sus 90 años en ese mismo lugar: bailamos joropo, comimos carne asada en trincho y, entre risas, descubrió que yo “le pertenecía” al ver mi sombrero criollo marcado con los hierros de su familia. Cosas del llano: uno llega de visita y termina medio herrado emocionalmente.

La aventura que comenzó con don Juan Carlos y a la que luego se unieron sus primos y sus familias, lleva ya más de tres años de trabajo serio, comprometido y visionario. En este camino los han acompañado organizaciones como Cunaguaro, Parques Nacionales Naturales, WWF, Calidris, Panthera y el Programa Riqueza Natural de USAID, entre otras, en su proceso para convertirse en Reservas Naturales de la Sociedad Civil e ingresar al mundo del turismo de naturaleza con una apuesta sólida.

Garcero de Altamira. Foto: Lucía Córdoba























Hoy son reconocidos como el núcleo de reservas El Encanto de Guanapalo, nombre que honra la historia del lugar. Este núcleo cuenta con más de 9.000 hectáreas, de las cuales 1.200 están destinadas a conservación. Además, alberga un registro de 271 especies de aves migratorias, endémicas, casi endémicas y gregarias. Esa riqueza biológica les permitió obtener la designación global de Área de Importancia para la Conservación de las Aves (AICA), siendo la sexta reserva natural de Casanare en lograrlo.

Su sueño se ha cumplido.

Su legado se mantiene.

Y su apuesta por la conservación no solo los beneficia a ellos, sino a todos.


Familia completa de don Carlos Gerardo Zambrano, sus
3 hijos, su esposa Karym y su padre Don Gerardo Zambrano.
Foto: Carlos Arturo Zambrano

Porque cuando una familia decide conservar una sabana, no está protegiendo solamente su propiedad: está cuidando agua, fauna, memoria, paisaje, cultura y futuro. Está demostrando que sí se puede. Que conservar la biodiversidad no es un lujo ni una rareza romántica: es una manera digna, inteligente y profundamente hermosa de habitar el mundo.

Muchas de las historias que he contado —y muchas de las que vendrán— nacieron en las tierras zambraneras. Esta familia me abrió las puertas de sus hatos, de sus casas y de su historia. Gracias a ellos pude hacer una verdadera inmersión en la sabana inundable; conocí a los criollos que hoy inspiran a esta guata, a mis grandes amigos de la sabana. En esas tierras experimenté la sensación de la libertad verdadera. Allí contemplé la naturaleza en su forma más poderosa: manadas de venados, chigüiros, babillas enormes, zorros, osos hormigueros gigantes, aves de mil colores, búhos, lechuzas, chenchenas y anacondas.



Celebración de los 90 años de Don Gerardo, Izq a Der: La Guata, Don Gerardo y Seudiel Gualteros.
Foto: Carlos Arturo Zambrano


Fui inmensamente feliz.

Allí conocí el llano.

Y allí me enamoré de él.

Dicen en estas tierras —y don Germán lo repite con convicción— que El Encanto de Guanapalo tiene embrujo.

Yo les creo.

Así que déjese embrujar.

Péguese la rodadita.

Vaya y conozca el llano de verdad, de la mano de una familia que no solo conserva un territorio: conserva una historia, una forma de vida y una manera de amar la tierra.

Y eso, créame, vale toda la pena del mundo.

Los primos Zambrano y su familia, recibiendo
orgullosos la designación de AICA.
Foto: De facebook
































El Encanto de Guanapalo tiene un embrujo como dice don Germán, déjese embrujar y péguese la rodadita a conocer el llano de verdad con esta familia que hace historia, vale la pena hacerlo.

https://www.facebook.com/ElEncantodeGuanapalo/?ref=br_rs

lunes, 13 de abril de 2020

CONSERVANDO ABEJAS NATIVAS CON LA FAMILIA ABRIL

A medida que uno se adentra en la sabana inundable —la observa, la camina, la escucha— empiezan a aparecer preguntas. Preguntas inevitables sobre su historia, sobre la forma en que este territorio ha sido habitado, trabajado y entendido en lo productivo, lo social y lo cultural.

Porque no es cualquier paisaje.

Oso Melero (Tamandua tetradactyla) caminando por
la sabana florecida. Foto: Lucía Córdoba























En esta inmensidad que a veces parece salvaje y otras veces simplemente indomable, los sistemas ganaderos llevan décadas —por no decir siglos— funcionando como una de las principales actividades económicas. Y lo hacen apoyándose en algo que, a simple vista, parece un milagro: la biodiversidad de forrajes naturales.

La lambedora, la guaratara, el cutupén… y tantas otras plantas con flor que ofrece la sabana alimentan el ganado sin que el ganadero tenga que sembrar, fertilizar o mantener como en otros sistemas productivos.

Entonces la pregunta cae por su propio peso:

¿Cómo es posible que todo esto se mantenga, año tras año, estación tras estación, sin un “costo” aparente?

Las sabanas inundables tienen un valor ecosistémico enorme, especialmente en la regulación hídrica. Los bancos, los bajos, los esteros… funcionan como una maquinaria natural perfectamente ajustada. Pero ¿qué sostiene realmente la composición florística de estos espacios? ¿Por qué no colapsa? ¿Por qué sigue ahí, funcionando, como si alguien la cuidara?


Chigüiro (Hydrochoerus hydrochaeris) descansando
en un estero florecido. Foto: Lucía Córdoba






















Y luego están las plantas.

El guarataro, la pajita del Niño Dios, la estrella, los lirios, la dormidera, la orquídea sabanera, la campanilla, el boro, el mastranto… especies que no solo embellecen el paisaje, sino que aportan oxígeno, nutrientes y equilibrio.

¿Aparecen solas?

¿O hay algo —o alguien— detrás de esa aparente espontaneidad?

Y cuando uno se mete más adentro en el llano —de verdad adentro—, cuando empieza a conocer la historia de los hatos, las costumbres y la gente que habita estos territorios apartados, surgen otras preguntas.

Porque hay algo que no cuadra.

Esos llaneros criollos, pata al suelo, con una fortaleza que parece no tener fecha de caducidad… y una longevidad que desafía cualquier estadística.

¿De dónde sale esa resistencia?

¿Será la carne de chigüiro? ¿El chimó? ¿O hay algo más que no estamos viendo?




Y cuando se enferman… ¿qué hacen?

Porque aquí no hay hospitales a la vuelta de la esquina. A veces el centro de salud más cercano está a cinco horas —y eso si el camino ayuda—. Entonces, ¿cómo se curaban antes, cuando ni siquiera había carreteras? ¿De dónde sacaban la luz en noches sin luna? ¿Con qué se aseaban? ¿Cómo endulzaban ese guarapo que nunca falta en un hato?

Fue así, entre pregunta y pregunta, que empecé a indagar.

Y todas las respuestas, curiosamente, apuntaban al mismo lugar.

—“Son las chunchulitas, doctora… las angelitas, las sapitas, las guare, las rabipintadas, la doncellita, la rumina…”—

Me decían entre sonrisas.

Todas ellas: abejas nativas sin aguijón. Las “mansitas”.



Panal de abejas nativas sin aguijón (Melipona favosa)
Foto: Natalia Roa




























Recuerdo perfectamente la primera vez que algo hizo clic.

En uno de los hatos que visité, me llamaron la atención unos troncos redondos colgados en el techo de la caballeriza. No eran decoración. Eran hogar.

—Panales —me dijeron—. De nuestras abejas.

Y esa era la miel que consumían.

Desde ese momento, no pude soltar el tema.

Cada hato al que llegaba, cada techo que miraba… ahí estaban. Uno, dos, cinco… siempre había troncos colgando. Y con cada pregunta fui entendiendo algo más grande: las abejas no son un detalle en el llano… son parte del sistema.

Polinizan los potreros, mantienen los pastizales, sostienen los bancos, los bajos, los esteros. Alimentan las plantas que dan sombra, las que decoran, las que equilibran. Y a cambio, los llaneros las cuidan, siembran flores en sus jardines, las protegen.

Es un pacto silencioso.

La miel no es solo alimento. Es medicina. Es tradición. Es vida.


Familia Abril trabajando en un tronco panal. de Izq a Der Boincieth,
Héctor Abril (Padre), Damaris y Héctor Abril Hijo. Foto: natalia Roa



























En el llano, para casi cualquier dolencia —respiratoria, digestiva, circulatoria, inmunológica— hay una receta con miel. Se usa para los ojos, los oídos, la piel, la boca. Para la fiebre. Para las heridas. Mezclada con cerumen, se convierte en cataplasma. En remedio. En solución.

Y no solo eso.

La cera sirve para hacer jabones. Para hacer velas. Para alumbrar noches que antes eran completamente oscuras.

Hoy hay carreteras, hay tiendas, hay acceso a otras cosas. Pero muchos llaneros siguen criando sus abejas. Siguen confiando en ellas.

Y uno de los ejemplos más bonitos de todo esto lo encontré en la vereda Los Chochos, en Trinidad, Casanare.


Don Héctor Abril (Padre)
Foto: Lucía Córdoba

Ahí conocí a Don Héctor Abril.

Llegué a su hato, La Reforma, en medio de un Diagnóstico Rural Participativo. Un territorio dividido en seis fundos, uno para cada hijo, ubicado justo donde nace el caño Yatea, un sistema hídrico clave para la cuenca del río Meta.

Pero lo primero que me atrapó no fue el ganado.

Fueron los jardines.

Alrededor de la casa, flores por todas partes. Un contraste casi absurdo con la sabana inundada que la rodeaba en ese momento. Un oasis. Un imán de vida.

Don Héctor me mostró su sistema ganadero con orgullo. 





Todo muy claro, muy ordenado. Pero cuando la visita terminaba, me invitó a un café cerrero en la caballeriza.

Y ahí… cambió todo.

Miré hacia el techo.

No había un tronco.

Había más de diez.

Le pregunté si criaba abejas.

Sonrió.

De esas sonrisas que anuncian historia.

—“Hace más de 50 años…”— me dijo.

Y en ese instante, la conversación dejó de ser una visita técnica y se convirtió en una clase magistral de vida.

Me llevó a la parte de atrás de la casa. Más de 100 panales. Cien.

Y empezó a hablar.

De cómo se comportan. De qué las estresa. De cuándo las abejas soldado bloquean la entrada. De las peleas entre colonias. De las flores que prefieren. De cómo extrae la miel sin dañarlas.

Yo no escuchaba… yo veía.

Era como si me estuviera narrando un documental en tiempo real.

En esas cuatro horas entendí algo que no me habían explicado en ningún libro: las abejas son el hilo invisible que conecta la producción, la cultura, la salud y la conservación.

Son, literalmente, el sistema funcionando.

Héctor Abril (Padre) con sus panales.
Foto: Natalia Roa


























Y hay algo más.

El cuidado.

Don Héctor solo extrae miel en verano. Y no la saca toda. Nunca.

Cada pequeña cápsula —de apenas 2 a 5 mililitros— se abre con delicadeza y se extrae con jeringa. Un trabajo lento, paciente. Casi quirúrgico.

Pero siempre deja la mitad.

Porque esa miel también es de ellas.

Así garantiza que la colmena siga viva, fuerte, funcional.

Eso no es producción.

Eso es respeto.

Ese conocimiento lo comparte con su esposa, doña Estela Fuentes, y sus hijos: Héctor, Damaris, Boincieth, Danielito y Nohora. Cada uno desde su mundo —ganadería, política, docencia, campo—, pero todos conectados por el mismo compromiso con las meliponas.

Familia Abril. De Izq a Der: Daniel Abril, la señora Estela
Fuentes y Damaris Abril. Foto: Natalia Roa.



Hoy, ellos son el corazón de esta historia.

Y también la razón por la que decidí insistir en una idea que durante mucho tiempo no encontró eco: fortalecer la meliponicultura como una estrategia real de conservación, de producción sostenible y de rescate cultural.

Fueron dos años tocando puertas.





ONG, empresas, petroleras, gobiernos… silencio.

Hasta que la idea llegó a la Asociación de Becarios de Casanare.

Y ahí sí.

Con el impulso de personas y organizaciones que decidieron creer, y con el apoyo del Programa Riqueza Natural USAID, el proyecto empezó a caminar.

“La miel de la biodiversidad”.

Un sueño que ya no es solo de los Abril. Es de muchos.


Don Héctor Abril (Hijo) y su esposa la señora Luz Ospina.
Foto: Lucía Córdoba

Un sueño que habla de conservar la sabana inundable, de sostener tradiciones, de valorar el conocimiento local.

Un sueño que ahora miro desde lejos, desde “el otro lado del charco”… pero al que sigo profundamente conectada.

Porque sé que está en buenas manos.

Y porque historias como esta dejan claro algo que a veces olvidamos:

Que la conservación no siempre empieza en grandes discursos.

A veces empieza en un tronco colgado en una caballeriza.

Y en unas abejas pequeñas… que sostienen un mundo enorme.


Mural en la Escuela "El Triunfo" en homenaje a las abejas nativas de la sabana. 
La flor es una Cayena.


miércoles, 8 de abril de 2020

A LOS LLANEROS BIEN CRIOLLITOS


Según la literatura histórica de los llanos de Colombia y Venezuela, el llanero no es solo quien habita el llano: es, sobre todo, quien lo sabe vivir. Es jinete, es vaquero, es sabanero. Un hombre —y una mujer— formados en el arte de trabajar con el ganado en condiciones que hoy parecerían casi imposibles. En aquellos tiempos, la ganadería era prácticamente salvaje, y dominarla implicaba enfrentarse a bestias criollas, corpulentas, ariscas y poco dóciles en sabanas abiertas donde el peligro no era una excepción, sino parte del paisaje. Allí, entre esteros y monte, no era raro medirse con anacondas gigantes o espantar “tigres” para proteger el hato.

Su origen es mestizo, como casi todo lo poderoso en América: mezcla de pueblos indígenas —principalmente arahuacos—, colonos españoles (andaluces y canarios) y, en menor medida, población africana traída durante la conquista . De esa mezcla nació no solo una forma de habitar el territorio, sino una identidad completa: un acento inconfundible, una manera de hablar, de cantar, de montar, de trabajar… y de resistir.

Porque el llanero no solo arreó ganado: también hizo historia. Su papel en las guerras de independencia fue clave, gracias a su destreza como jinete y su capacidad de moverse en un territorio hostil que para otros era indomable . Tal vez por eso —por su origen, su carácter y su historia— el llanero terminó convirtiéndose en algo más que una persona: se volvió símbolo, mito, personaje casi de leyenda.

Y claro… también se romantizó. Bastante.

Pero si uno le pregunta a un llanero de verdad qué significa serlo, la respuesta no suena a película, suena a vida:

Ser llanero es representar al hombre trabajador, humilde y valiente; ese que le agradece a la vida con una copla en los labios y un paisaje en la cabeza. Ese que sabe que nació en tierras planas y legendarias, de ríos crecidos, toros bravos, vacas mañosas, caballos cerreros, princesas indias, arpas afinadas y copleros relancinos.

Y ahí es donde todo cobra sentido.

Porque esos llaneros son los que hoy me inspiran a escribir estas líneas y a seguir dándole vida a este blog de la Guata del Pauto.

Ahora, siendo honestos: yo no nací en el llano.

Soy la típica rola —bogotana, para que no haya duda—, lo que en estas tierras llaman “guata”. Es decir: inexperta para sobrevivir en la sabana sin que algo me pase, incapaz de abrir un broche sin ayuda, ingenua tratando con llaneros y, para rematar, con dos pies izquierdos para bailar joropo. Un caso completo.




























Pero hace ocho años llegué a las tierras planas de Casanare… y algo cambió.

Durante este tiempo tuve el privilegio —porque no hay otra palabra— de conocer llaneros auténticos. Criollitos como el mastranto. Hombres y mujeres pata al suelo, de cuchillo al cinto, caballo recio y sombrero curtido de trabajo. Gente llena de historias, pero también de una amabilidad que desarma y una generosidad que no se enseña: se hereda.

Me abrieron las puertas de sus casas, pero sobre todo de su cotidianidad. Me enseñaron su cultura, sus saberes, sus formas. Y sí, también se burlaron… pero con ese humor fino, respetuoso, que termina siendo otra forma de cariño. Así, entre risas y aprendizaje, fuimos tejiendo amistades que hoy siguen intactas, incluso con 10.000 kilómetros y un océano de por medio.



























Conocí llaneros famosos y otros que no salen en ningún lado, pero que deberían. Porque son ellos los verdaderos protagonistas de este territorio. Hoy, todos ellos son los personajes que habitan los relatos de la Guata del Pauto: historias reales, memorias vivas, pedazos de vida que guardo con un cariño profundo.

Y cada vez que hablo de un criollo, no puedo evitar recordar esa frase del Cachi Ortegón:

"Un llanero pata al suelo no camina… besa la tierra que lo besa."

Si hay algo que me enseñó el llano, es que esa frase no es poesía… es literal.



Familia Zambrano en el hato Montana,
RNSC El Encanto de Guanapalo.
 Quiero agradecer especialmente a una de las familias más representativas de estas tierras: la familia Zambrano, en Trinidad, San Luis de Palenque y Orocué. Dueños de hatos y guardianes de una forma de vida que resiste al tiempo, como la RNSC El Encanto de Guanapalo.

A don Juan Carlos Vargas, del hato Mata de Palma; a don Carlos Gerardo Zambrano y su esposa Carim, del hato Montana; y a don Germán y su esposa, del hato Altamira.

Gracias por abrirme no solo sus tierras, sino sus historias. Por permitirme aprender, aportar un granito de arena 


y, sobre todo, sentir el llano desde adentro.

Porque si hoy escribo estos relatos, es gracias a ustedes.

Y ojalá —de verdad— quienes lean esto, no solo lo entiendan…

sino que lo sientan.

 

https://www.facebook.com/ElEncantodeGuanapalo/


viernes, 14 de junio de 2019

CABALLOS, LLANO Y LLANEROS


Caballo Salvaje Hato La Charanga
en  Orocué, Casanare.
Hablar de llano adentro es hablar de caballos. Igualmente hablar de criollos pata´l suelo es imposible hacerlo sin mencionar a los caballos. El caballo en esta región plana y eterna es un personaje fundamental, no solo para penetrar lo más profundo de sus sabanas sobre sus lomos, sino porque en esta región aún existen hatajos de caballos salvajes.

Un hatajo es un grupo de caballos dominados por un macho alfa, donde sus yeguas, que pueden ser muchas, por lo general van acompañadas de sus potros. Cuando estos potros llegan a su edad adulta buscan formar sus propios hatajos con otras yeguas, llenando así las sabanas de nuevos caballos salvajes.

Cuando digo que son salvajes es porque andan libres por la llanura y nadie nunca los ha montado. Esto es algo imposible de creer para una guata cachaca como yo, que solo había visto caballos maltratados y remolcando zorras llenas de basura por las calles de Bogotá, o que relacionaba el mundo de los caballos (sobre todo los de paso fino) con traquetos o narcotraficantes.


Hatajo de caballos salvajes en la RNSC Hato La Aurora, Hato Corozal - Casanare

La vida en Casanare me cambio esa percepción. Pude ver en esas sabanas abiertas hatajos de más de 50 caballos, caballos libres y felices que son parte del paisaje y parte de la cultura. Cuando un llanero doma su caballo lo hace parte de su familia y parte de él mismo. Aquí el caballo, el llano y el llanero son uno solo, como lo explican múltiples canciones del folclor de esta tierra. “se clava en el anca de mi castaño oscuro, que no es mi compañero, porque él y yo somos uno solo…como el llano…solo”.1

Hatajo de caballos salvajes en RNSC Hato
La Aurora, Hato Corozal - Casanare
Ver estos hatajos de caballos es un espectáculo natural que en Latinoamérica solo se puede ver en las pampas argentinas y en los llanos orientales de Colombia y Venezuela. Los hay castaños, zainos, rucios moros o rucios blancos, canelos, paraulatos, coloraos o alazanos; ruanos, apalusa, cebrunos y rosillos. Aunque podría quedarme hablando de sus múltiples colores creo que no existe forma tan majestuosa como la del Cachi Ortegón en su poema recitado por el Cholo Valderrama “si un niño ciego tiene un caballo” (https://www.youtube.com/watch?v=fZVwGo52NTE)

La muerte de un compañero equino para un llanero es la pérdida de parte de su alma. Así lo expresa Reinaldo Armas al cantar un lamento de profunda tristeza por la pérdida de su Rucio Moro2 Sin embargo, no solo fueron las letras de estas canciones como conocí el dolor por la muerte de un caballo compañero, sino que la compartí con Seudiel Walteros “El Llanerazo” cuando su caballo Bola e´queso apareció muerto en la sabana por la mordedura de una serpiente venenosa.

Ver a un hombre tan fuerte llorar y derrumbarse por la partida de su amigo, me permitió entender esa conexión tan maravillosa que existe entre el caballo y el llanero.

Foto 1: El Loco hijo de don Isidro. Foto 2: Seudiel Walteros "El llanerazo", Foto 3: Don Isidro, hermano de Seudiel Llanerazo de llanerazos. Todos 3 a lomo de su mejor amigo equino.
Tal vez es por eso que le cantan, le escriben y lo honran “Caballo tu eres mi vida, eres mi patria, mi ensueño, sin ti no habría poetas, ni existirían los llaneros”3, muchos le temen al día en que en el llano ya no se monten caballos “Que no se muera la raza, primo, de los hombres de a caballo o que muera yo primero pa´no tener que llorarlos”4

He comprendido que los criollos  sienten un profundo respeto hacia ellos ya que entienden que en sus lomos se forjó la historia de la tierra plana “Caballo al hablar de ti he de quitarme el sombrero, respetar tu linaje no importa el color del pelo,  solo me importa que seas tesoro que desde el cielo nos mandó Dios pa´ poder decir que somos llaneros”.5  

También cantan con angustia al día que por llegar a viejos no puedan volver a hacer lo que hacían con sus caballos “como será mi tristeza si yo logro llegá  anciano, cuando mis manos no puedan limpiarle el lomo a un  caballo, acomodarle una silla, tampoco sacudí un fardo, quizá ni ponerle el freno ni mucho menos montarlo, ese es el peor castigo que me podrán dar los años”6.

Para mi sorpresa con los caballos hasta calculan la edad de los llaneros “Si un gallo dura tres años, y tres gallos dura un perro, tres perros dura un caballo, según las cuentas que llevo, un hombre recio pal llano dura tres caballos buenos7

La Guata del Pauto en uno de sus caballos de travesía por
la RNSC Rancho Paravare en Orocué, Casanare.
Esta Guata enamorada también disfrutó y conoció parte del llano de a caballo. Con miedo y profundo respeto monté en sus lomos y canté sobre ellos, mientras me perdía en las pasturas nativas de la sabana inundable. Muchas veces vi pasar esos hatajos enormes de caballos salvajes, que paraban a chismosear quienes éramos y con sigilo corrían libres hacia la llanura. Hoy comparto su grandeza, sus canciones y su libertad, que en últimas son su gran riqueza y la mía para contar mi experiencia.

Próxima entrada: De a caballo hasta el Hato Santana


11. Canción: Caballo del Cholo Valderrama (https://www.youtube.com/watch?v=BdhUF3xpEAw)
22. Canción: La muerte del rucio moro de Reinaldo Armas.
33. Canción: Caballo del Cholo Valderrama (https://www.youtube.com/watch?v=BdhUF3xpEAw)
44. Canción: Patrón véndame el caballo del Cholo Valderrama
55. Canción: Caballo del Cholo Valderrama (https://www.youtube.com/watch?v=BdhUF3xpEAw)
66. Canción: Mi tristeza del Cholo Valderrama
77. Canción: Mi caballo y yo del Cholo Valderrama



Caballo Salvaje en las sabanas de las RNSC Altagracia en Trinidad Casanare.


       Hatajo de caballos en la RNSC El Encanto de Guanapalo, San Luis de Palenque - Casanare

 Por. Lucía Córdoba Prieto
Fotos y videos: Lucía Córdoba Prieto
Edición: Natalia Roa López