lunes, 23 de febrero de 2026

TEMPORADA 2. EL TUPARRO. CAP. 4. EL LUGAR Y LA FORMA

 

TEMPORADA 2. EL TUPARRO

CAPITULO 4. EL LUGAR Y LA FORMA

Antes de entender a los chicos, tuve que entender el territorio.
Y antes de entender el territorio, aceptar que no estaba hecho para explicarse con facilidad.

La guerra en Colombia no empezó con un disparo aislado, sino con una herida abierta: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. A partir de entonces, liberales y conservadores se desangraron en una violencia que sembró resentimientos profundos y abonó el terreno para el nacimiento de las guerrillas en los años sesenta: ELN, M-19, EPL y las FARC. Esta última, durante décadas, fue una de las más poderosas, financiada por el narcotráfico y fortalecida, entre otras prácticas atroces, por el reclutamiento forzado de menores.

Periódico El Tiempo.

En los campos, el miedo se volvió rutina. Las guerrillas desplazaron a miles de familias campesinas. Muchas huyeron no solo para salvar la vida, sino para proteger a sus hijos. Era una práctica cruel y frecuente: niños de seis, ocho o diez años arrancados de sus casas, internados en la selva, entrenados para obedecer sin preguntar, para disparar sin temblar, para matar sin culpa.

Así comenzó el éxodo.

Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga. Las grandes ciudades prometían oportunidades que casi nunca llegaban. Las familias que escapaban con lo puesto terminaron, muchas veces, durmiendo bajo puentes, entre bolsas de basura, cubriéndose con cartones húmedos. Para anestesiar el hambre y el frío, algunos inhalaban pegantes industriales o consumían bazuco, esa mezcla miserable de residuos de droga con polvo de ladrillo, ceniza y cualquier cosa que ardiera.

La sociedad les puso nombres: indigentes, ñeros, desechables, gamines. Como si cambiarles el nombre borrara la responsabilidad colectiva. Eran, en realidad, los hijos visibles de una guerra invisible. Su aspecto asustaba; su olor incomodaba; su existencia interpelaba. Muchos crecieron en la calle, tuvieron hijos en la calle, envejecieron en la calle. Algunos nunca conocieron otra cosa.

periódico El Tiempo.

En medio de ese panorama surgió el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (IDIPRON), un programa de la Alcaldía de Bogotá dirigido por el padre Javier de Nicoló, un salesiano que decidió apostar por lo que otros daban por perdido. Con disciplina, afecto y estructura, logró rescatar y formar a más de cuarenta mil jóvenes, acompañándolos hasta convertirse en ciudadanos autónomos y productivos.

El programa funcionaba como una red viva.

Las casas de acogida estaban ubicadas en zonas céntricas de las ciudades. Allí los habitantes de calle podían bañarse, comer, dormir bajo techo. También tenían acceso a talleres, alfabetización y actividades formativas. Nadie los perseguía; los observaban sin acosarlos. Cuando alguien regresaba varias veces, le ofrecían ingresar formalmente al programa. Si aceptaba, pasaba a una zona de espera hasta completar el grupo que sería asignado a una unidad formativa.

Las unidades formativas eran internados. Allí los jóvenes podían terminar el bachillerato e incluso acceder a estudios técnicos o universitarios. Además, trabajaban: pintaban espacios públicos, sembraban jardines, limpiaban parques. Entre los años noventa y dos mil era común verlos por las calles con su overol naranja. Tal vez los recuerdes. Eran ellos: los que habían sido invisibles, ahora trabajando a plena luz del día. Algunos completaron todo el proceso. Hoy son abogados, comerciantes, empresarios. La redención, cuando es real, no hace ruido: transforma vidas en silencio.

Las unidades nunca eran mixtas. Entre las más emblemáticas estaban La Florida —conocida como la “República de los Muchachos”—, Bosconia, La 11, Liberia y La 78. También existían Unidades de Protección Integral como La 32, Arcadia y Normandía. Y estaban las sedes rurales: la finca Buenavista o Casa Roja en La Calera, la casa de Acandí en el Chocó —donde enviaban a los bebés— y la sede integral del Tuparro, en el Vichada.

El Tuparro. La más lejana. La más extrema. Allí enviaban a los más conflictivos, a los que nadie quería recibir, a los que parecían no tener retorno. Y, sin embargo, el lugar era perfecto para empezar de nuevo.

Una sabana inmensa que regalaba sensación de libertad, pero no concedía escapatoria. Un río ancho, indomable, imposible de cruzar a nado. Kilómetros de horizonte plano donde, si no conoces el camino, no sobrevives. La naturaleza imponía reglas claras: aquí se aprende o se perece.

La Unidad Formativa del Tuparro estaba compuesta por cuatro casas, separadas entre sí por caminatas de seis a nueve horas. El aislamiento no era simbólico; era real.

El Cejal era la casa de trabajo. Allí iban los chicos que rechazaban el estudio. También era, en la práctica, la casa de disciplina estricta: quienes incumplían gravemente las normas de convivencia —violencia, robos, agresiones— eran enviados allí. El aislamiento no buscaba humillar, sino confrontar. Era una pausa obligatoria para replantearse.

Pinardi era una de las casas de estudio, situada en el corazón de la sabana. Allí residían los jóvenes de contextura más fuerte; trabajaban exclusivamente profesores hombres. El entorno era duro, el ritmo exigente.

Tambora era la casa principal. Tenía el teléfono, el puerto, el almacén de provisiones, la lancha y el lanchero. Era el punto de conexión con el mundo exterior y, al mismo tiempo, una frontera invisible. Allí trabajábamos solo mujeres, y los chicos asignados a Tambora eran los más pequeños de contextura, los más frágiles en apariencia.

Yo llegué allí creyendo que iba a enseñar.

No sabía que primero tendría que desaprender el miedo, los prejuicios y la idea cómoda de que el bien y el mal son categorías simples. En el Tuparro entendí que la guerra no solo se libra con fusiles. También se libra —y se gana— cuando alguien decide apostar por una segunda oportunidad en medio de la sabana infinita.

TAMBORA

Tambora, era una estructura cuadrada e imperfecta plantada en la mitad de la sabana, abrazada por el río Orinoco como si el agua fuera a la vez protección y advertencia.

En el centro del cuadrado había una cancha inmensa. Demasiado grande para ser solo una cancha. Allí se jugaba fútbol, sí, pero también se gritaba, se discutía, se elegían autoridades, se castigaba, se celebraba. Todo pasaba ahí. Era la plaza pública, el escenario, el corazón expuesto de la casa. La zona social. El lugar donde los cuerpos decían lo que las palabras no alcanzaban.

El comedor estaba en el borde mismo del río.
Una plataforma de concreto sostenida sobre una roca, con un techo de zinc que sonaba como tambor cuando llovía. Comer allí era un privilegio involuntario. Mientras servíamos platos sencillos, pasaban delfines rosados, canoas indígenas de madera oscura, monos curiosos que se asomaban entre los árboles. El Orinoco era ancho, solemne, inmenso. Parecía un mar que no tenía prisa.

Comíamos todos los días con una vista que cualquier hotel de lujo envidiaría.
Y sin embargo, nadie estaba allí por la vista.

En el extremo norte se levantaba una construcción de dos pisos, tipo palafito. Era la zona más doméstica de Tambora. Arriba estaban las habitaciones de la directora, las profesoras, la biblioteca y la cocina. Abajo, una bodega enorme guardaba el mercado. La remesa. La supervivencia.

El mercado llegaba cada tres meses.

Venía en la misma barcaza en la que nosotros habíamos llegado el primer día. Una barcaza lenta, cargada hasta el límite, que navegaba durante semanas por el Orinoco y el río Tomo, atravesando el Vichada hasta llegar al Meta. La conducía Amín. Siempre Amín.

En esas cajas no solo venía arroz, harina o enlatados. Venían cartas escritas a mano, comida “rica”, cervezas, dulces, cigarrillos. Venía el mundo exterior comprimido en cartón. Todo servía. Todo se intercambiaba. Todo tenía valor.

Ese edificio se unía por un puente elevado a la construcción más imponente de Tambora:

un bloque de cuatro pisos, de concreto crudo, con barrotes de acero. Cárcel sin eufemismos.

En el primer piso dormían los muchachos. Dos salones gigantes llenos de camarotes metálicos. Por la noche los encerrábamos con llave. No por castigo. Por prevención. El miedo también dormía allí.

En el segundo y tercer piso estaban los salones de clase, distribuidos por cursos. En Tambora enseñábamos desde primaria hasta octavo de bachillerato. En la casa Pinardi —la de los grandes, los fuertes— solo se dictaba secundaria. Allá ya no había lugar para la infancia.

El cuarto piso era otra cosa.

Era un tesoro.

Una terraza abierta desde donde la sabana y el Orinoco se mostraban sin pudor. El paisaje allí no se contemplaba: se imponía. En ese espacio se hacían los actos culturales, las presentaciones, las noches que todavía hoy me cuesta creer que existieron. Bajo ese cielo vivimos algunas de las horas más mágicas de nuestras vidas. Sin electricidad. Sin ruido. Solo viento, voces y estrellas.

Cerrando el cuadrado, al otro lado de la cancha, había una plataforma de concreto con tres salones de clase y una terraza social que miraba directo al centro. Abajo, una bodega misteriosa por donde se entraba al llegar en lancha. Era una especie de umbral. Por allí entraban las cosas… y muchas veces, los silencios.

Esa construcción se unía por otro puente elevado a la zona del comedor. Desde allí se veía el busto de Bolívar.

Gigante.
Inmóvil.
Observándolo todo.

El mechón de su cabello parecía moverse con el viento. Durante mi tiempo allí no era más que una hoja. Hoy es un árbol. Yo tengo la prueba. Una foto del antes. Otra del ahora. El tiempo también se quedó a vivir en Tambora.

Ese era el escenario.

Un lugar hermoso y brutal a la vez.
Conservado por el aislamiento.
Protegido por el miedo.
Sostenido por una lógica que no admitía medias tintas.

Y dentro de ese cuadrado, en medio del paisaje más libre que he conocido, vivían encerrados más de cien chicos que nunca habían sido realmente libres.

Todo lo que pasó después —la violencia, el amor, la ternura, el terror—

solo puede entenderse desde ahí.

Desde el lugar.
Desde la forma.

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