SEGUNDA TEMPORADA
"EL TUPARRO"
CAPITULO 2: LAS PERSONAS Y LA LÓGICA
Nosotras llegábamos como profesoras. En el papel éramos
docentes de colegio. En la práctica éramos muchas cosas más. Éramos maestras,
sí, pero también madres improvisadas, enfermeras sin título, psicólogas sin
manual, confidentes nocturnas, figuras de apego para chicos que nunca habían
tenido una.
Escuchábamos historias que no estaban en ningún currículo.
Consolábamos cuerpos grandes con dolores de niños. Dábamos caricias torpes,
consejos que nacían más del instinto que de la teoría. Aprendimos a abrazar sin
prometer, a acompañar sin salvar.
Con cada nuevo grupo que llegaba —más o menos cada seis
meses— se organizaban elecciones. Los chicos escogían a su alcalde y a su
secretario. No era simbólico. Gobernaban de verdad. Con ellos se conformaba una
junta que tomaba decisiones disciplinarias cuando alguien cruzaba las normas de
convivencia.
Ellos decidían cuándo hacer redadas porque habían aparecido
cuchillos. Organizaban los turnos de aseo, la ayuda en la cocina, el lavado de
platos. Marcaban la línea. El bien común no se negociaba. Especialmente la
comida.
El hambre había enseñado bien sus reglas.
Y luego estaban las tías.
Mujeres negras, venidas del Chocó biogeográfico, con una
fuerza silenciosa que sostenía todo lo demás. Eran las encargadas de la cocina.
De la comida. De la alquimia diaria. Con agua de río y harina lograban algo que
sabía a hogar. Cuando la remesa escaseaba, su sazón hacía milagros.
Tenían una autoridad distinta. No gritaban. No castigaban.
Miraban. Y bastaba. Sus palabras entraban sin violencia. Eran refugio y límite
a la vez.
Y estaba Amín.
Era nuestro enlace con lo que no estaba allí.
La directora vivía en Tambora con su esposo. Desde allí
dirigía administrativamente las cuatro casas. Pero la disciplina cotidiana no
pasaba por ella. Pasaba por el modelo social que los chicos habían construido
para sobrevivir juntos.
Y sobre todo eso, flotando sin estar presente todo el tiempo, estaba el padre.
El padre Javier.
Para la mayoría de los chicos fue el único padre que
conocieron. Lo amaban. Lo respetaban. Le tenían una devoción que desbordaba.
Con su llegada aparecía la ilusión: regalos, ropa nueva, juegos, paseos,
canciones.
El canto era su herramienta favorita.
Porque cuando el padre llegaba, se cerraban cuentas.
Él no vivía allí, pero gobernaba el espíritu del lugar. Su
figura condensaba amor y terror en partes iguales. Para algunos, era el abrazo
que nunca tuvieron. Para otros, el juicio inevitable.
Traía pijamas, zapatos, implementos de aseo. Para unos era
alivio. Para otros, mercancía futura. Guardaban lo mejor para venderlo en
Bogotá y volver al vicio. Cada objeto tenía múltiples destinos.
La noche del terror.



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