viernes, 13 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA 

"EL TUPARRO"

CAPITULO 2: LAS PERSONAS Y LA LÓGICA

Nada en El Tuparro funcionaba por casualidad.
Tampoco por bondad pura.


El programa tenía una lógica clara, aunque incómoda: no se podía cuidar a nadie desde la distancia. Por eso todo estaba pensado para que la vida ocurriera junta, sin escapatorias emocionales. Profesores, chicos, cocineras, directivos. Todos dentro del mismo cuadrado. Todos expuestos.

Nosotras llegábamos como profesoras. En el papel éramos docentes de colegio. En la práctica éramos muchas cosas más. Éramos maestras, sí, pero también madres improvisadas, enfermeras sin título, psicólogas sin manual, confidentes nocturnas, figuras de apego para chicos que nunca habían tenido una.

Nuestra tarea no terminaba cuando acababa la clase.
Ahí apenas empezaba.

Escuchábamos historias que no estaban en ningún currículo. Consolábamos cuerpos grandes con dolores de niños. Dábamos caricias torpes, consejos que nacían más del instinto que de la teoría. Aprendimos a abrazar sin prometer, a acompañar sin salvar.

La figura materna no se enseñaba.
Se ejercía.


El orden cotidiano lo sostenían otros: los educadores.

Eran jóvenes que habían pasado por el programa. Habitantes de calle que habían logrado rehabilitarse, romper con la droga, con la violencia, con la noche. Volvían convertidos en autoridad. Conocían los códigos, las trampas, los atajos. Sabían cuándo una sonrisa era real y cuándo era amenaza.

Ellos supervisaban la disciplina.
No desde el castigo inmediato, sino desde la anticipación.

Con cada nuevo grupo que llegaba —más o menos cada seis meses— se organizaban elecciones. Los chicos escogían a su alcalde y a su secretario. No era simbólico. Gobernaban de verdad. Con ellos se conformaba una junta que tomaba decisiones disciplinarias cuando alguien cruzaba las normas de convivencia.

Era una democracia áspera.
Funcional.
A veces brutal.

Ellos decidían cuándo hacer redadas porque habían aparecido cuchillos. Organizaban los turnos de aseo, la ayuda en la cocina, el lavado de platos. Marcaban la línea. El bien común no se negociaba. Especialmente la comida.

El hambre había enseñado bien sus reglas.

Y luego estaban las tías.

Mujeres negras, venidas del Chocó biogeográfico, con una fuerza silenciosa que sostenía todo lo demás. Eran las encargadas de la cocina. De la comida. De la alquimia diaria. Con agua de río y harina lograban algo que sabía a hogar. Cuando la remesa escaseaba, su sazón hacía milagros.

Pero no solo alimentaban cuerpos.
Alimentaban presencia.

Tenían una autoridad distinta. No gritaban. No castigaban. Miraban. Y bastaba. Sus palabras entraban sin violencia. Eran refugio y límite a la vez.

Y estaba Amín.

El lanchero.
Nuestro hilo con el mundo.


Amín traía gasolina, pescado, agua potable, chucherías de la tienda indígena. Nos sacaba a escondidas a pasear por el Orinoco. Con él vimos rayas gigantes deslizarse bajo el agua espesa. Vimos al gran caimán del Orinoco asolearse en la roca donde el río Tomo se encuentra con el Orinoco.

Amín también nos llevaba a la tienda indígena a tomar cerveza.
Y hasta Venezuela, cuando la urgencia no admitía espera. Como la vez que me dio paludismo.

Era nuestro enlace con lo que no estaba allí.

En Tambora también estaba el único teléfono satelital de la zona.
Casi nunca funcionaba. Durante ocho meses al año las nubes se posaban en el cielo como un techo bajo. A veces sonaba. A veces no. Aprendimos a no depender de él. A aceptar el aislamiento como norma.

La directora vivía en Tambora con su esposo. Desde allí dirigía administrativamente las cuatro casas. Pero la disciplina cotidiana no pasaba por ella. Pasaba por el modelo social que los chicos habían construido para sobrevivir juntos.


Y sobre todo eso, flotando sin estar presente todo el tiempo, estaba el padre.

El padre Javier.

Para la mayoría de los chicos fue el único padre que conocieron. Lo amaban. Lo respetaban. Le tenían una devoción que desbordaba. Con su llegada aparecía la ilusión: regalos, ropa nueva, juegos, paseos, canciones.

El canto era su herramienta favorita.

Cantaban durante horas. Con una entrega que yo no he vuelto a ver. Era terapéutico. Era colectivo. Era una tregua.


Pero su llegada también traía miedo.

Porque cuando el padre llegaba, se cerraban cuentas.

Él no vivía allí, pero gobernaba el espíritu del lugar. Su figura condensaba amor y terror en partes iguales. Para algunos, era el abrazo que nunca tuvieron. Para otros, el juicio inevitable.

Traía pijamas, zapatos, implementos de aseo. Para unos era alivio. Para otros, mercancía futura. Guardaban lo mejor para venderlo en Bogotá y volver al vicio. Cada objeto tenía múltiples destinos.

Cada fin de año los chicos regresaban voluntariamente a Bogotá.
Algunos no volvían jamás. Otros regresaban derrotados. Y algunos, como Tribilín, decidieron no irse nunca. Llevaba más de diez años en Tambora. Decía que si volvía, su propia madre lo vendería a la prostitución.

Aquí la familia no siempre era refugio.

A veces era amenaza.

Y antes de irse, el padre guardaba la última noche.
La que nadie quería.
La que todos recordaban.

La noche del terror.

Esa historia merece su propio relato; por qué todavía hoy, no sé dónde ponerla dentro de mí. 

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