CAPITULO 3. La llegada
¿Recuerdan la revista?
Cinco años después, en diciembre de 2004, celebrábamos en
casa mi graduación como ecóloga. Mi madre había preparado mi plato favorito:
¡lentejas! Mi padre no podía estar más orgulloso; aquel también era un logro
suyo. Con mucho trabajo había costeado mis estudios profesionales en una
universidad privada.
Esa noche, durante la cena, mientras el vapor de las
lentejas empañaba los vidrios y el orgullo llenaba la mesa, me dijo con una
serenidad que no admitía réplica:
—Mi responsabilidad económica con usted llega hasta acá. Ya
es profesional, así que a partir de mañana, y mientras viva bajo este mismo
techo, tendrá que pagar un alquiler o pagar los recibos de la casa.
No hubo drama. Solo realidad. Y la realidad, cuando llega,
no toca la puerta: entra y se sienta a la mesa.
Al día siguiente llené las oficinas de Bogotá con mi hoja de
vida. La envié a todas partes: de mesera, de cajera, de niñera, de profesora. A
todo lo que implicara empezar. Hasta que un día de febrero recibí una llamada:
—La llamamos por su hoja de vida. Queremos hacerle una
entrevista. El trabajo es como educadora en el programa de IDIPRON de la
Alcaldía de Bogotá, para trabajar en la sede de “El Tuparro”, en el Vichada…
bla, bla, bla…
No escuché nada más.
El día de la entrevista entendí que el trabajo era con una
población especial y que tendría tres meses de prueba remunerada. Si no me
gustaba, podía devolverme sin ninguna multa por incumplimiento de contrato.
Realmente la tenía fácil: aceptaba, iba, conocía y me devolvía. Así de simple.
O eso creía.
Nos encontramos a la hora indicada en uno de los hangares
del aeropuerto de Guaymaral, al norte de Bogotá. Viajábamos en un vuelo chárter
para quince tripulantes. Éramos varios profesores, desconocidos entre nosotros,
unidos únicamente por una mezcla extraña de curiosidad, miedo y una convicción
todavía ingenua de que estábamos allí para hacer el bien.
Mientras nos hacían el briefing nos mirábamos y sonreíamos
tímidamente, como quien comparte un secreto sin saber exactamente cuál es.
Hasta que alguno decidió romper el hielo:
—Yo tengo un poco de miedo. He escuchado que en ese lugar
los chicos violaron, asesinaron y descuartizaron a una monja del programa.
Encontraron sus restos en el río.
Todos abrimos los ojos al mismo tiempo. El silencio se
volvió espeso.
Otro respondió casi de inmediato:
—Esas son historias. Debe ser un lugar muy seguro. No nos
contratarían si no fuera así.
Sus palabras lograron calmar la tensión e hicieron que
empezáramos a hablarnos los unos a los otros. Como si conversar fuera una forma
de espantar fantasmas.
Subimos al chárter con un miedo que no queríamos sentir. Así
que, durante el vuelo, reímos, hablamos y observábamos maravillados el paisaje.
Desde el aire, la tierra se extendía inmensa y verde, surcada por ríos que
parecían serpientes de plata bajo el sol. Las nubes proyectaban sombras que
corrían sobre la sabana infinita, y por primera vez comprendí que no estaba
viajando solo a un nuevo trabajo: estaba entrando en otro mundo.
Y ya no había vuelta atrás.
El Tuparro desde arriba se veía exactamente igual a la fotografía de la revista: verde infinito, ríos anchos como mares, una belleza intacta que no parecía real. Nada anunciaba lo que venía después. Nada advertía.
El aterrizaje fue brusco. No había pista, solo tierra
abierta y una sensación inmediata de estar donde no sobra nadie. Bajamos uno a
uno, cargando maletas que parecían ridículas frente a la inmensidad del lugar.
Entonces los vi.
—¿Le ayudo, profe?
Querían cargar las maletas.
Ese fue el primer desajuste. El primer golpe suave, casi
imperceptible, contra todas mis ideas previas. El miedo no siempre viene a
hacer daño. A veces viene a ayudar, torpemente, como sabe.
Nos subieron a una barcaza enorme, una canoa
desproporcionada para cruzar el río Orinoco. Desde el agua, el paisaje se
volvía irreal. El río parecía no tener orillas. El silencio pesaba. Nadie
hablaba demasiado. Algunos de los chicos se reían, otros observaban con una
atención incómoda, como si estuvieran midiendo algo que nosotros no veíamos.
Al otro lado apareció la casa.
O, mejor dicho, la estructura.
En la mitad de la sabana infinita a orillas del río Orinoco
se alzaba un busto de Bolívar, oxidado, con un mechón de cabello que parecía
moverse con el viento, como si el tiempo también hubiera quedado atrapado allí.
Detrás, una mole de concreto sobre una roca, pegada al río. Al subir, las
barras de acero se hacían evidentes. No eran ventanas. Eran rejas.
Gritaban. Sacaban las manos entre los barrotes. Se colgaban
como monos hambrientos. Reían, insultaban, pedían atención. El sonido era
ensordecedor. Una bienvenida que no aparecía en ningún manual pedagógico.
Más tarde supe que ese aislamiento no era casual. Allí llegaban los que no podían ir a ningún otro lugar. Los que daban miedo incluso entre los que ya daban miedo. Pero esa tarde todavía no lo sabía. Esa tarde solo sentí que había cruzado una frontera invisible.
La belleza del paisaje no suavizaba nada.
Al contrario: lo hacía más cruel.
Mientras entrábamos, uno de los chicos me miró fijo. No
sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad que no supe
leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era yo.
Preguntaba cuánto iba a durar.
Yo tampoco lo sabía.
Ese fue el primer día y ya nada se parecía a la revista.



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