CAPITULO 6. LA NOCHE DEL TERROR Y OTROS DEMONIOS
Nada en esa casa era improvisado.
Eso fue lo que más me costó entender.
Desde afuera parecía caos: gritos, peleas, encierro, cuerpos jóvenes cargando una violencia desbordada. Pero por dentro había reglas. Durísimas. Precisas. Aceptadas.
El padre Javier aparecía poco. Y cuando lo hacía, todo cambiaba.
No necesitaba levantar la voz. Su presencia bastaba para que la casa se tensara como un músculo a punto de romperse. Él había diseñado un sistema que muchos cuestionarían —y con razón—, pero que funcionaba en un lugar donde nada más parecía hacerlo.
La comida, intocable.
La casa tenía una estructura sociopolítica creada por los propios chicos. Democrática, decían. Y lo era… dentro de sus propios códigos. Tenían alcalde, secretario, junta. Elegidos entre ellos. Ellos decidían. Ellos juzgaban. Ellos castigaban.
El bien común era sagrado.
Una vez dos chicos se robaron el arroz de las bodegas. No fue hambre. Fue desafío. La junta se reunió. No hubo gritos. No hubo golpes. El castigo fue simple: preparar olladas enormes de arroz y obligarlos a comer hasta que no pudieran más.
No volvieron a robar. El malestar estomacal les duró dos días.
Otra vez apareció el club de la pelea. Corrillos, apuestas, golpes organizados. Violencia convertida en espectáculo. Detectamos a los dos que lo promovían. El castigo fue extremo: encerrarlos juntos, un palo para cada uno. Solo podían salir cuando uno le sacara sangre al otro.
No pelearon, ni siquiera lo intentaron. Duraron encerrados cuatro días en uno de los salones con barrotes de hierro del primer piso. Una pasarela permitía pasar justo por el frente. Tal vez el escarnio público fue suficiente para que ese tipo de violencia no volviera a aparecer.
No volvieron a organizar nada parecido.
Alguna vez pedimos ayuda al alcalde de los chicos. Llevábamos varias semanas escuchando, en plena madrugada, ruidos en la bodega donde guardábamos la comida. Poco a poco los sacos de arroz, lentejas y garbanzos iban disminuyendo con una rapidez alarmante.
Así que empezamos a vigilar las siguientes noches, tratando de entender qué estaba ocurriendo. Y lo descubrimos.
Eran indígenas de la zona.
Llegaban en silencio, como sombras, y entraban a la casa para llevarse la comida. Era algo que ocurría constantemente. No solo se llevaban los alimentos: también desaparecían las pocas medicinas que teníamos, especialmente las pruebas y tratamientos contra el paludismo.
Hablábamos con ellos. Les pedíamos que no lo hicieran. Les explicábamos que la comida era para los chicos.
Pero seguían viniendo.
Y en ese lugar no había policía. No había autoridad a la que acudir. Allí no existían sirenas ni uniformes. Solo la selva.
Era, simple y brutalmente, la ley del más fuerte.
Después de pensarlo mucho, decidimos pedir ayuda al alcalde de los chicos. Él organizó la estrategia para la noche.
Nosotras estaríamos atentas a la incursión. En cuanto escucháramos movimiento, daríamos la señal al centinela, el único que tenía la llave de la habitación donde dormían los chicos. Él abriría la puerta y entonces saldrían todos, desaforados, a asustar y expulsar a los indígenas. La idea era provocar el suficiente miedo para que la próxima vez se lo pensaran dos veces antes de volver a entrar.
El alcalde y su junta hicieron su parte. Animaron a los chicos, los exaltaron, les pidieron que tomaran lo que encontraran —palos, piedras, lo que fuera— y que corrieran por toda la casa hasta echar a los intrusos.
Aquella noche la casa entera contenía la respiración.
A las dos de la madrugada escuchamos los primeros pasos en la zona de la bodega.
Un silbido corto.
La señal.
El centinela abrió la puerta.
Y en cuestión de segundos, ciento veinte chicos salieron disparados en medio de la oscuridad, armados con palos y piedras, gritando como si toda la rabia del mundo les saliera por la garganta.
La casa se convirtió en una escena irreal.
Solo se oían pasos corriendo, gritos, golpes contra las paredes. Sombras que se movían en la oscuridad como en una película de terror.
—¡No los maten!
Lo peor que podía pasar estaba ocurriendo.
Nosotras solo gritábamos desde la oscuridad:
—¡No los maten!
El tiempo se volvió espeso. Lento. Insoportable.
Mientras esperábamos, imaginábamos lo peor.
Después de casi una hora, el silencio regresó. Primero tímido. Luego completo. Solo quedaron algunas risas a lo lejos.
Corrimos hasta la habitación de los chicos.
Todos habían regresado.
Algunos tenían moretones. Otros pequeñas cortadas que se habían hecho entre ellos mismos. En la oscuridad nadie distinguía quién era indígena y quién era uno de los chicos del programa.
Pero nadie había muerto.
Los indígenas habían huido. Y no volvieron.
Los chicos estaban eufóricos. Se lo habían pasado como en una aventura salvaje.
Y nosotras, aunque casi nos morimos de angustia imaginando todo lo que podría haber sucedido, sentimos también una extraña satisfacción.
La misión se había cumplido.
Entre todos —como una familia improvisada, rota, pero familia al fin— habíamos defendido nuestra casa y nuestra comida.
A la mañana siguiente nos sentíamos más unidos que nunca.
Aunque yo participaba en todo aquello, lo observaba con una mezcla peligrosa de rechazo y comprensión. Nada de eso encajaba con lo que había estudiado. Nada se parecía a la pedagogía que me habían enseñado. Y, sin embargo… algo se aplacaba. Algo se ordenaba. Algo, de alguna manera extraña, funcionaba.
Y dentro de todo ese contexto de violencia —una violencia que allí parecía tener un extraño sentido— existía la noche del terror.
Una vez al año el padre visitaba la casa. Los primeros días eran de amor puro, de cantos de alabanza, de abrazos, de una alegría casi religiosa.
Pero la última noche era diferente.
Lúgubre.
Dolorosa.
Oscura.
Para muchos, la única figura paterna que habían tenido en su vida.
No explico.
No absuelvo.
Esa noche nos encerraban a los profesores en nuestras habitaciones. No podíamos salir. No debíamos intervenir.
Solo escuchar.
Abajo, en la planta baja, los chicos se formaban en dos hileras. Los castigados ya estaban señalados.
Pasaban uno a uno por el caminito mientras sus propios compañeros los golpeaban.
Lo llamaban el caminito de honor.
Al final del pasillo los esperaba el padre… o el alcalde. Allí llegaba el último golpe.
No era el más fuerte. Tal vez solo una palmada. El cuerpo ya había soportado todo lo demás al atravesar el caminito.
Pero ese era el que más dolía.
Porque era el golpe del padre.
Ese hombre que les había dado una segunda oportunidad.
Y decepcionar a tu padre… eso sí que duele.
Después venía la reprimenda de los educadores.
Los gritos eran desgarradores.
Desde nuestra habitación solo podíamos llorar y suplicar que aquello terminara. Golpeábamos la puerta. Gritábamos. Pedíamos que pararan.
Nadie nos escuchaba.
O quizá sí.
Pero no importaba.
Esa era su ley. Una ley que ellos mismos habían elegido, votado y aceptado.
Y aquí viene la parte más difícil de escribir, incluso hoy:
Después de esa noche, la casa se calmaba.
El golpe funcionaba.
Los chicos parecían otros. No estaban tristes. No estaban hundidos. Increíblemente sonreían. Cantaban. Jugaban en calma.
La paz duraba unos dos meses.
Luego la locura de esa casa volvía a aparecer, porque en realidad nunca desaparecía del todo.
No justifico.
Solo narro.
Había violencias que no sabíamos cómo detener.
El año siguiente llegó un grupo muy distinto al primero. Más conflictivos. Y quizá algunos con más maldad.
Empezamos a encontrar señales de abuso sexual entre ellos.
Se había formado algo parecido a una pequeña mafia sexual. Al final no era exactamente abuso. Eran acuerdos oscuros, miserables: los chicos más pequeños se vendían a los mayores por un cigarrillo.
La situación llegó a tal punto que teníamos que salir por las noches con linternas para separarlos.
¿Cómo se podía enfrentar algo así?
Y entonces llegó la hepatitis C.
Una epidemia que dejó a más de veinte chicos infectados.
Todos tuvieron que ser trasladados a Bogotá.
Y de repente ya no tuvimos que seguir separando abusadores de abusados.
A veces pienso que esa casa no era una escuela.
Era un espejo brutal de lo que hoy es el mundo entero.
Allí el orden no era justo.
Era funcional.
Y en ese equilibrio precario —entre el miedo y la norma, entre la selva intacta y los cuerpos rotos— aprendí algo que todavía me incomoda admitir:
La moral es un lujo cuando la supervivencia es urgente.
Todavía hoy no sé qué pensar de todo aquello.
Y quizá por eso sigo escribiéndolo.
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