lunes, 23 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 4

 

CAPITULO 4. EL LUGAR Y LA FORMA

Antes de entender a los chicos, tuve que entender el territorio.
Y antes de entender el territorio, aceptar que no estaba hecho para explicarse con facilidad.

La guerra en Colombia no empezó con un disparo aislado, sino con una herida abierta: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. A partir de entonces, liberales y conservadores se desangraron en una violencia que sembró resentimientos profundos y abonó el terreno para el nacimiento de las guerrillas en los años sesenta: ELN, M-19, EPL y las FARC. Esta última, durante décadas, fue una de las más poderosas, financiada por el narcotráfico y fortalecida, entre otras prácticas atroces, por el reclutamiento forzado de menores.

Periódico El Tiempo.

En los campos, el miedo se volvió rutina. Las guerrillas desplazaron a miles de familias campesinas. Muchas huyeron no solo para salvar la vida, sino para proteger a sus hijos. Era una práctica cruel y frecuente: niños de seis, ocho o diez años arrancados de sus casas, internados en la selva, entrenados para obedecer sin preguntar, para disparar sin temblar, para matar sin culpa.

Así comenzó el éxodo.

Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga. Las grandes ciudades prometían oportunidades que casi nunca llegaban. Las familias que escapaban con lo puesto terminaron, muchas veces, durmiendo bajo puentes, entre bolsas de basura, cubriéndose con cartones húmedos. Para anestesiar el hambre y el frío, algunos inhalaban pegantes industriales o consumían bazuco, esa mezcla miserable de residuos de droga con polvo de ladrillo, ceniza y cualquier cosa que ardiera.

La sociedad les puso nombres: indigentes, ñeros, desechables, gamines. Como si cambiarles el nombre borrara la responsabilidad colectiva. Eran, en realidad, los hijos visibles de una guerra invisible. Su aspecto asustaba; su olor incomodaba; su existencia interpelaba. Muchos crecieron en la calle, tuvieron hijos en la calle, envejecieron en la calle. Algunos nunca conocieron otra cosa.

periódico El Tiempo.

En medio de ese panorama surgió el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud (IDIPRON), un programa de la Alcaldía de Bogotá dirigido por el padre Javier de Nicoló, un salesiano que decidió apostar por lo que otros daban por perdido. Con disciplina, afecto y estructura, logró rescatar y formar a más de cuarenta mil jóvenes, acompañándolos hasta convertirse en ciudadanos autónomos y productivos.

El programa funcionaba como una red viva.

Las casas de acogida estaban ubicadas en zonas céntricas de las ciudades. Allí los habitantes de calle podían bañarse, comer, dormir bajo techo. También tenían acceso a talleres, alfabetización y actividades formativas. Nadie los perseguía; los observaban sin acosarlos. Cuando alguien regresaba varias veces, le ofrecían ingresar formalmente al programa. Si aceptaba, pasaba a una zona de espera hasta completar el grupo que sería asignado a una unidad formativa.

Las unidades formativas eran internados. Allí los jóvenes podían terminar el bachillerato e incluso acceder a estudios técnicos o universitarios. Además, trabajaban: pintaban espacios públicos, sembraban jardines, limpiaban parques. Entre los años noventa y dos mil era común verlos por las calles con su overol naranja. Tal vez los recuerdes. Eran ellos: los que habían sido invisibles, ahora trabajando a plena luz del día. Algunos completaron todo el proceso. Hoy son abogados, comerciantes, empresarios. La redención, cuando es real, no hace ruido: transforma vidas en silencio.

Las unidades nunca eran mixtas. Entre las más emblemáticas estaban La Florida —conocida como la “República de los Muchachos”—, Bosconia, La 11, Liberia y La 78. También existían Unidades de Protección Integral como La 32, Arcadia y Normandía. Y estaban las sedes rurales: la finca Buenavista o Casa Roja en La Calera, la casa de Acandí en el Chocó —donde enviaban a los bebés— y la sede integral del Tuparro, en el Vichada.

El Tuparro. La más lejana. La más extrema. Allí enviaban a los más conflictivos, a los que nadie quería recibir, a los que parecían no tener retorno. Y, sin embargo, el lugar era perfecto para empezar de nuevo.

Una sabana inmensa que regalaba sensación de libertad, pero no concedía escapatoria. Un río ancho, indomable, imposible de cruzar a nado. Kilómetros de horizonte plano donde, si no conoces el camino, no sobrevives. La naturaleza imponía reglas claras: aquí se aprende o se perece.

La Unidad Formativa del Tuparro estaba compuesta por cuatro casas, separadas entre sí por caminatas de seis a nueve horas. El aislamiento no era simbólico; era real.

El Cejal era la casa de trabajo. Allí iban los chicos que rechazaban el estudio. También era, en la práctica, la casa de disciplina estricta: quienes incumplían gravemente las normas de convivencia —violencia, robos, agresiones— eran enviados allí. El aislamiento no buscaba humillar, sino confrontar. Era una pausa obligatoria para replantearse.

Pinardi era una de las casas de estudio, situada en el corazón de la sabana. Allí residían los jóvenes de contextura más fuerte; trabajaban exclusivamente profesores hombres. El entorno era duro, el ritmo exigente.

Tambora era la casa principal. Tenía el teléfono, el puerto, el almacén de provisiones, la lancha y el lanchero. Era el punto de conexión con el mundo exterior y, al mismo tiempo, una frontera invisible. Allí trabajábamos solo mujeres, y los chicos asignados a Tambora eran los más pequeños de contextura, los más frágiles en apariencia.

Yo llegué allí creyendo que iba a enseñar.

No sabía que primero tendría que desaprender el miedo, los prejuicios y la idea cómoda de que el bien y el mal son categorías simples. En el Tuparro entendí que la guerra no solo se libra con fusiles. También se libra —y se gana— cuando alguien decide apostar por una segunda oportunidad en medio de la sabana infinita.

TAMBORA

Tambora, era una estructura cuadrada e imperfecta plantada en la mitad de la sabana, abrazada por el río Orinoco como si el agua fuera a la vez protección y advertencia.

En el centro del cuadrado había una cancha inmensa. Demasiado grande para ser solo una cancha. Allí se jugaba fútbol, sí, pero también se gritaba, se discutía, se elegían autoridades, se castigaba, se celebraba. Todo pasaba ahí. Era la plaza pública, el escenario, el corazón expuesto de la casa. La zona social. El lugar donde los cuerpos decían lo que las palabras no alcanzaban.

El comedor estaba en el borde mismo del río.
Una plataforma de concreto sostenida sobre una roca, con un techo de zinc que sonaba como tambor cuando llovía. Comer allí era un privilegio involuntario. Mientras servíamos platos sencillos, pasaban delfines rosados, canoas indígenas de madera oscura, monos curiosos que se asomaban entre los árboles. El Orinoco era ancho, solemne, inmenso. Parecía un mar que no tenía prisa.

Comíamos todos los días con una vista que cualquier hotel de lujo envidiaría.
Y sin embargo, nadie estaba allí por la vista.

En el extremo norte se levantaba una construcción de dos pisos, tipo palafito. Era la zona más doméstica de Tambora. Arriba estaban las habitaciones de la directora, las profesoras, la biblioteca y la cocina. Abajo, una bodega enorme guardaba el mercado. La remesa. La supervivencia.

El mercado llegaba cada tres meses.

Venía en la misma barcaza en la que nosotros habíamos llegado el primer día. Una barcaza lenta, cargada hasta el límite, que navegaba durante semanas por el Orinoco y el río Tomo, atravesando el Vichada hasta llegar al Meta. La conducía Amín. Siempre Amín.

En esas cajas no solo venía arroz, harina o enlatados. Venían cartas escritas a mano, comida “rica”, cervezas, dulces, cigarrillos. Venía el mundo exterior comprimido en cartón. Todo servía. Todo se intercambiaba. Todo tenía valor.

Ese edificio se unía por un puente elevado a la construcción más imponente de Tambora:

un bloque de cuatro pisos, de concreto crudo, con barrotes de acero. Cárcel sin eufemismos.

En el primer piso dormían los muchachos. Dos salones gigantes llenos de camarotes metálicos. Por la noche los encerrábamos con llave. No por castigo. Por prevención. El miedo también dormía allí.

En el segundo y tercer piso estaban los salones de clase, distribuidos por cursos. En Tambora enseñábamos desde primaria hasta octavo de bachillerato. En la casa Pinardi —la de los grandes, los fuertes— solo se dictaba secundaria. Allá ya no había lugar para la infancia.

El cuarto piso era otra cosa.

Era un tesoro.

Una terraza abierta desde donde la sabana y el Orinoco se mostraban sin pudor. El paisaje allí no se contemplaba: se imponía. En ese espacio se hacían los actos culturales, las presentaciones, las noches que todavía hoy me cuesta creer que existieron. Bajo ese cielo vivimos algunas de las horas más mágicas de nuestras vidas. Sin electricidad. Sin ruido. Solo viento, voces y estrellas.

Cerrando el cuadrado, al otro lado de la cancha, había una plataforma de concreto con tres salones de clase y una terraza social que miraba directo al centro. Abajo, una bodega misteriosa por donde se entraba al llegar en lancha. Era una especie de umbral. Por allí entraban las cosas… y muchas veces, los silencios.

Esa construcción se unía por otro puente elevado a la zona del comedor. Desde allí se veía el busto de Bolívar.

Gigante.
Inmóvil.
Observándolo todo.

El mechón de su cabello parecía moverse con el viento. Durante mi tiempo allí no era más que una hoja. Hoy es un árbol. Yo tengo la prueba. Una foto del antes. Otra del ahora. El tiempo también se quedó a vivir en Tambora.

Ese era el escenario.

Un lugar hermoso y brutal a la vez.
Conservado por el aislamiento.
Protegido por el miedo.
Sostenido por una lógica que no admitía medias tintas.

Y dentro de ese cuadrado, en medio del paisaje más libre que he conocido, vivían encerrados más de cien chicos que nunca habían sido realmente libres.

Todo lo que pasó después —la violencia, el amor, la ternura, el terror—

solo puede entenderse desde ahí.

Desde el lugar.
Desde la forma.

martes, 17 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 3

 

CAPITULO 3. LA LLEGADA

¿Recuerdan la revista?

Cinco años después, en diciembre de 2004, celebrábamos en casa mi graduación como ecóloga. Mi madre había preparado mi plato favorito: ¡lentejas! Mi padre no podía estar más orgulloso; aquel también era un logro suyo. Con mucho trabajo había costeado mis estudios profesionales en una universidad privada.

Esa noche, durante la cena, mientras el vapor de las lentejas empañaba los vidrios y el orgullo llenaba la mesa, me dijo con una serenidad que no admitía réplica:

Mi responsabilidad económica con usted llega hasta acá. Ya es profesional, así que a partir de mañana, y mientras viva bajo este mismo techo, tendrá que pagar un alquiler o pagar los recibos de la casa.

No hubo drama. Solo realidad. Y la realidad, cuando llega, no toca la puerta: entra y se sienta a la mesa.

Al día siguiente llené las oficinas de Bogotá con mi hoja de vida. La envié a todas partes: de mesera, de cajera, de niñera, de profesora. A todo lo que implicara empezar. Hasta que un día de febrero recibí una llamada:

La llamamos por su hoja de vida. Queremos hacerle una entrevista. El trabajo es como educadora en el programa de IDIPRON de la Alcaldía de Bogotá, para trabajar en la sede de “El Tuparro”, en el Vichada… bla, bla, bla…

No escuché nada más.

El día de la entrevista entendí que el trabajo era con una población especial y que tendría tres meses de prueba remunerada. Si no me gustaba, podía devolverme sin ninguna multa por incumplimiento de contrato. Realmente la tenía fácil: aceptaba, iba, conocía y me devolvía. Así de simple. O eso creía.

Nos encontramos a la hora indicada en uno de los hangares del aeropuerto de Guaymaral, al norte de Bogotá. Viajábamos en un vuelo chárter para quince tripulantes. Éramos varios profesores, desconocidos entre nosotros, unidos únicamente por una mezcla extraña de curiosidad, miedo y una convicción todavía ingenua de que estábamos allí para hacer el bien.

Mientras nos hacían el briefing nos mirábamos y sonreíamos tímidamente, como quien comparte un secreto sin saber exactamente cuál es. Hasta que alguno decidió romper el hielo:

Yo tengo un poco de miedo. He escuchado que en ese lugar los chicos violaron, asesinaron y descuartizaron a una monja del programa. Encontraron sus restos en el río.

Todos abrimos los ojos al mismo tiempo. El silencio se volvió espeso.

Otro respondió casi de inmediato:

Esas son historias. Debe ser un lugar muy seguro. No nos contratarían si no fuera así.

Sus palabras lograron calmar la tensión e hicieron que empezáramos a hablarnos los unos a los otros. Como si conversar fuera una forma de espantar fantasmas.

Subimos al chárter con un miedo que no queríamos sentir. Así que, durante el vuelo, reímos, hablamos y observábamos maravillados el paisaje. Desde el aire, la tierra se extendía inmensa y verde, surcada por ríos que parecían serpientes de plata bajo el sol. Las nubes proyectaban sombras que corrían sobre la sabana infinita, y por primera vez comprendí que no estaba viajando solo a un nuevo trabajo: estaba entrando en otro mundo.

Y ya no había vuelta atrás.

    Río Tomo.

El Tuparro desde arriba se veía exactamente igual a la fotografía de la revista: verde infinito, ríos anchos como mares, una belleza intacta que no parecía real. Nada anunciaba lo que venía después. Nada advertía.

El aterrizaje fue brusco. No había pista, solo tierra abierta y una sensación inmediata de estar donde no sobra nadie. Bajamos uno a uno, cargando maletas que parecían ridículas frente a la inmensidad del lugar.

Entonces los vi.

Eran muchos. Demasiados.
Se acercaron de golpe. Ropa grande, sucia, gastada. Miradas duras, cuerpos tensos, cicatrices visibles incluso desde lejos. Vestían como los ladrones de las películas malas, esas que simplifican la miseria para que no duela tanto.

     Río Orinoco.

Por un segundo pensé que nos iban a rodear.
Por un segundo pensé mal, por un segundo se vino a mi mente la historia que contó el profesor en el hangar antes del vuelo.

—¿Le ayudo, profe?

Querían cargar las maletas.

Ese fue el primer desajuste. El primer golpe suave, casi imperceptible, contra todas mis ideas previas. El miedo no siempre viene a hacer daño. A veces viene a ayudar, torpemente, como sabe.

Nos subieron a una barcaza enorme, una canoa desproporcionada para cruzar el río Orinoco. Desde el agua, el paisaje se volvía irreal. El río parecía no tener orillas. El silencio pesaba. Nadie hablaba demasiado. Algunos de los chicos se reían, otros observaban con una atención incómoda, como si estuvieran midiendo algo que nosotros no veíamos.

Al otro lado apareció la casa.

O, mejor dicho, la estructura.

En la mitad de la sabana infinita a orillas del río Orinoco se alzaba un busto de Bolívar, oxidado, con un mechón de cabello que parecía moverse con el viento, como si el tiempo también hubiera quedado atrapado allí. Detrás, una mole de concreto sobre una roca, pegada al río. Al subir, las barras de acero se hacían evidentes. No eran ventanas. Eran rejas.



Los chicos estaban encerrados.

Gritaban. Sacaban las manos entre los barrotes. Se colgaban como monos hambrientos. Reían, insultaban, pedían atención. El sonido era ensordecedor. Una bienvenida que no aparecía en ningún manual pedagógico.

Sentí miedo.
Mucho.
No el miedo elegante de las historias que luego se cuentan con orgullo. Un miedo animal, básico, de esos que te hacen revisar tus decisiones en cuestión de segundos. Miré a los otros profesores. Algunos estaban pálidos. Otros fingían calma. Nadie decía lo que todos estábamos pensando: ¿en qué momento aceptamos esto?





Ese día entendí que la casa no estaba en la mitad de la nada.
Estaba exactamente donde tenía que estar.

Rodeada de una sabana interminable.
Separada por un río inmenso.
Lejos de todo.
Sin escapatoria fácil.

Más tarde supe que ese aislamiento no era casual. Allí llegaban los que no podían ir a ningún otro lugar. Los que daban miedo incluso entre los que ya daban miedo. Pero esa tarde todavía no lo sabía. Esa tarde solo sentí que había cruzado una frontera invisible.

La belleza del paisaje no suavizaba nada.

Al contrario: lo hacía más cruel.

Mientras entrábamos, uno de los chicos me miró fijo. No sonrió. No habló. Solo me sostuvo la mirada con una intensidad que no supe leer. Años después entendí que esa mirada no preguntaba quién era yo. Preguntaba cuánto iba a durar.

Yo tampoco lo sabía.

Ese fue el primer día y ya nada se parecía a la revista.





viernes, 13 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 2

CAPITULO 2: LAS PERSONAS Y LA LÓGICA

Nada en El Tuparro funcionaba por casualidad.
Tampoco por bondad pura.


El programa tenía una lógica clara, aunque incómoda: no se podía cuidar a nadie desde la distancia. Por eso todo estaba pensado para que la vida ocurriera junta, sin escapatorias emocionales. Profesores, chicos, cocineras, directivos. Todos dentro del mismo cuadrado. Todos expuestos.

Nosotras llegábamos como profesoras. En el papel éramos docentes de colegio. En la práctica éramos muchas cosas más. Éramos maestras, sí, pero también madres improvisadas, enfermeras sin título, psicólogas sin manual, confidentes nocturnas, figuras de apego para chicos que nunca habían tenido una.

Nuestra tarea no terminaba cuando acababa la clase.
Ahí apenas empezaba.

Escuchábamos historias que no estaban en ningún currículo. Consolábamos cuerpos grandes con dolores de niños. Dábamos caricias torpes, consejos que nacían más del instinto que de la teoría. Aprendimos a abrazar sin prometer, a acompañar sin salvar.

La figura materna no se enseñaba.
Se ejercía.


El orden cotidiano lo sostenían otros: los educadores.

Eran jóvenes que habían pasado por el programa. Habitantes de calle que habían logrado rehabilitarse, romper con la droga, con la violencia, con la noche. Volvían convertidos en autoridad. Conocían los códigos, las trampas, los atajos. Sabían cuándo una sonrisa era real y cuándo era amenaza.

Ellos supervisaban la disciplina.
No desde el castigo inmediato, sino desde la anticipación.

Con cada nuevo grupo que llegaba —más o menos cada seis meses— se organizaban elecciones. Los chicos escogían a su alcalde y a su secretario. No era simbólico. Gobernaban de verdad. Con ellos se conformaba una junta que tomaba decisiones disciplinarias cuando alguien cruzaba las normas de convivencia.

Era una democracia áspera.
Funcional.
A veces brutal.

Ellos decidían cuándo hacer redadas porque habían aparecido cuchillos. Organizaban los turnos de aseo, la ayuda en la cocina, el lavado de platos. Marcaban la línea. El bien común no se negociaba. Especialmente la comida.

El hambre había enseñado bien sus reglas.

Y luego estaban las tías.


Mujeres negras, venidas del Chocó biogeográfico, con una fuerza silenciosa que sostenía todo lo demás. Eran las encargadas de la cocina. De la comida. De la alquimia diaria. Con agua de río y harina lograban algo que sabía a hogar. Cuando la remesa escaseaba, su sazón hacía milagros.

Pero no solo alimentaban cuerpos.
Alimentaban presencia.

Tenían una autoridad distinta. No gritaban. No castigaban. Miraban. Y bastaba. Sus palabras entraban sin violencia. Eran refugio y límite a la vez.

Y estaba Amín.

El lanchero.
Nuestro hilo con el mundo.


Amín traía gasolina, pescado, agua potable, chucherías de la tienda indígena. Nos sacaba a escondidas a pasear por el Orinoco. Con él vimos rayas gigantes deslizarse bajo el agua espesa. Vimos al gran caimán del Orinoco asolearse en la roca donde el río Tomo se encuentra con el Orinoco.

Amín también nos llevaba a la tienda indígena a tomar cerveza.
Y hasta Venezuela, cuando la urgencia no admitía espera. Como la vez que me dio paludismo.

Era nuestro enlace con lo que no estaba allí.

En Tambora también estaba el único teléfono satelital de la zona.
Casi nunca funcionaba. Durante ocho meses al año las nubes se posaban en el cielo como un techo bajo. A veces sonaba. A veces no. Aprendimos a no depender de él. A aceptar el aislamiento como norma.

La directora vivía en Tambora con su esposo. Desde allí dirigía administrativamente las cuatro casas. Pero la disciplina cotidiana no pasaba por ella. Pasaba por el modelo social que los chicos habían construido para sobrevivir juntos.


Y sobre todo eso, flotando sin estar presente todo el tiempo, estaba el padre.

El padre Javier.

Para la mayoría de los chicos fue el único padre que conocieron. Lo amaban. Lo respetaban. Le tenían una devoción que desbordaba. Con su llegada aparecía la ilusión: regalos, ropa nueva, juegos, paseos, canciones.

El canto era su herramienta favorita.

Cantaban durante horas. Con una entrega que yo no he vuelto a ver. Era terapéutico. Era colectivo. Era una tregua.


Pero su llegada también traía miedo.

Porque cuando el padre llegaba, se cerraban cuentas.

Él no vivía allí, pero gobernaba el espíritu del lugar. Su figura condensaba amor y terror en partes iguales. Para algunos, era el abrazo que nunca tuvieron. Para otros, el juicio inevitable.

Traía pijamas, zapatos, implementos de aseo. Para unos era alivio. Para otros, mercancía futura. Guardaban lo mejor para venderlo en Bogotá y volver al vicio. Cada objeto tenía múltiples destinos.

Cada fin de año los chicos regresaban voluntariamente a Bogotá.
Algunos no volvían jamás. Otros regresaban derrotados. Y algunos, como Tribilín, decidieron no irse nunca. Llevaba más de diez años en Tambora. Decía que si volvía, su propia madre lo vendería a la prostitución.

Aquí la familia no siempre era refugio.

A veces era amenaza.

Y antes de irse, el padre guardaba la última noche.
La que nadie quería.
La que todos recordaban.

La noche del terror.

Esa historia merece su propio relato; por qué todavía hoy, no sé dónde ponerla dentro de mí. 

viernes, 6 de febrero de 2026

SEGUNDA TEMPORADA "EL TUPARRO" CAP. 1

CAPITULO 1. LA REVISTA

Aún conservo la revista de la aerolínea SAM edición 182 del año 1.999; está amarilla, quebradiza, huele a papel viejo y a promesa aplazada. No la guardé por nostalgia. La guardé porque las fotografías mostraban un lugar deliciosamente hermoso, la guardé porque me prometí a mí misma conocer ese lugar. Fue lo primero que me mintió con belleza y también con una verdad a medias.


A finales de la década de los 90´s, la Colombia mágica todavía no se podía recorrer libremente. Había lugares a los que no se iba por falta de carreteras, otros por falta de mapas, y muchos —demasiados— por miedo. El conflicto armado en Colombia no nos permitía conocer lugares increíbles y El Tuparro era uno de ellos.

Las fotografías de ese lugar, aparecían en esa revista de la aerolínea SAM que ya no existe, como aparecen las cosas que parecen intactas: lejanas, silenciosas, casi irreales. Ríos inmensos, sabanas abiertas, selva espesa. Un territorio tan hermoso como inaccesible. No porque no se quisiera llegar, sino porque no se podía.

La guerra había cerrado el paso.
Y, sin quererlo, también había cerrado la puerta al saqueo, al turismo voraz, a la prisa humana, a la destrucción que conlleva el desarrollo.


La ausencia de personas había permitido que la naturaleza siguiera siendo ella misma. No entendía aún que algunos lugares se conservan no por cuidado, sino por miedo y abandono.

5 Años después llegué allí sin épica ni romanticismo; como si la energía que había puesto en guardar la revista, prometiéndome ir algún día se hiciera realidad por el simple azar de la vida o porque realmente atraemos lo que queremos con la mente. Llegué allí no como viajera ni como científica. Llegué como educadora ambiental a una casa perdida en la mitad de la sabana sin escapatoria, llegué a un lugar donde enviaban a los que nadie sabía cómo corregir, a los que se miran con indiferencia, a los olvidados, a esos niños que nacieron y vivieron en las calles de las principales ciudades de Colombia. Llegué al borde de un país lleno de tragedias humanas en medio de la mas inexplicable hermosura de la naturaleza.


El Tuparro no era solo sabana, tepuyes, ríos o selva, también era frontera. Era control invisible. Era presencia armada sin nombre en las conversaciones. Era un lugar donde la vida se cuidaba… y se vigilaba. 

Allí aprendí que la violencia no siempre se anuncia. A veces se administra. Se organiza. Se normaliza. Se justifica en nombre del orden, de la corrección o de la supervivencia.

Aprendí que el amor puede aparecer en formas torcidas, inesperadas, incluso peligrosas.
Que hay niños que envejecen antes de aprender a leer.
Y adultos que no sobreviven a su infancia.

Esto no es un relato sobre heroísmo.
Ni sobre sacrificio.
Ni sobre vocación.

Es un relato sobre mirar de frente lo que preferimos llamar monstruos, y descubrir —con una incomodidad difícil de digerir— que esos monstruos que preferimos evitar, recuerdan, cuidan, sangran y aman.


Cada historia que sigue puede leerse sola; Eso creerás.

Pero todas forman una sola cosa: el mapa de un territorio donde la naturaleza estaba protegida por la guerra, y las personas no.

Si en algún momento sientes rabia, miedo o rechazo, no dejes de leer estos relatos. Es precisamente ahí donde esta historia comienza a cobrar sentido, porque esta vez quiero contarte lo que me enseñó El Tuparro.

El Tuparro no me enseñó a salvar a nadie.
Me enseñó algo mucho más difícil:

a aceptar que incluso los lugares más bellos pueden sostenerse sobre el miedo, y que incluso allí —precisamente allí— puede nacer el amor, la esperanza y la reconexión con la vida.

Esto es una historia real, son relatos que he vivido en una casa en la mitad de la sabana llamada "Tambora" que buscaba la rehabilitación de niños y jóvenes habitantes de calle,  pertenecían a un programa social de la alcaldía de Bogotá llamado  IDIPRON, dirigido por el padre Javier de Nicoló, El protagonista principal de estas historias.

Quiere saber más….siga a la Guata del Pauto es su segunda temporada!!!