A un llanero que se respete no
le puede faltar un sombrero. Puede faltarle la paciencia, la plata, la señal
del celular y hasta las ganas de madrugar… pero el sombrero, jamás. En el
llano, esa prenda no es un adorno: es una extensión de la cabeza, del carácter
y, en algunos casos, hasta del ego. Pueden salir medio desnudos, pero con
sombrero bien puesto.
Y no cualquier sombrero.
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| "Porremono" con su sombrero marcado con el símbolo del hierro de la familia Zambrano Guío, "El Botón" |
En el llano hay sombrero para
cada ocasión, como si se tratara de una monarquía textil. Está el veguero,
de ala caída, perfecto para trabajar en las vegas y proteger el cuello de ese
sol que no perdona ni al más santo. Está el borsalino, o pelo e’
guama, elegante, fino, reservado para ocasiones especiales, de esos que
hacen sentir al llanero como si fuera a recibir una medalla o a romper
corazones. Está también el Stetson, de marca americana, el más costoso,
el más presumido, el de ir de parrando, salir al pueblo, sentarse importante en
una reunión o, por supuesto, enamorar a alguien.
Pero por encima de todos, está
el verdadero rey: el sombrero de trabajo.
Ese sí que tiene categoría
propia.
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| Llanero con su sombrero de trabajo. |
Suele ser descolorido, curtido, manchado por el sol, torcido por la lluvia, con la horma vencida y alguna cicatriz de guerra. Es el sombrero que ha sobrevivido inviernos, veranos, travesías, embarradas, golpes, sustos, amaneceres, arreboles y quién sabe cuántas penas silenciosas. Ese sombrero no se cambia fácil, porque ya no es una prenda: es un compañero de vida. Ha estado ahí en largas jornadas de trabajo, en nados eternos entre ríos crecidos, en parrandos improvisados después de una recogida de ganado, en el primer café de la mañana y en el último de la tarde. Tiene en su fieltro la historia entera de un llanero recio, de esos que el Cachi Ortegón diría que están hechos de llano.
¡Ay, si esos sombreros
hablaran…!
Más de una novela dejarían en
ridículo.
En el llano hay incluso un
dicho sentido, casi una advertencia moral: desconfíe de quien jamás use
sombrero. En Colombia y en Venezuela eso casi funciona como ley no escrita.
Un llanero de verdad tiene, por lo menos, dos: el de trabajo y el elegante. Y
este último puede costar una fortuna. No es raro que un hombre invierta varios
jornales enteros en conseguir uno bueno. Un pelo e’ guama fino puede costar
entre quinientos mil y ochocientos mil pesos colombianos, y un Stetson tejano
no baja del millón. Como dice el refrán, tan llanero como revelador: “de
pata al suelo, pero con sombrero caro”.
Sólo se lo quitan para
saludar, comer o dormir. Cuando rezan, lo abrazan contra el pecho. Cuando
llegan a descansar, lo cuelgan —ojalá en un cacho de ganado que sirva de
gancho, porque aquí hasta la decoración embiste—. Si están bajo techo, lo ponen
a reposar a su lado como si fuera un invitado respetable. Si tienen sed y
encuentran un estero, hasta les sirve de totuma improvisada. En el llano, un
hombre sin sombrero y sin caballo está a medio camino de dejar de ser llanero.
Como canta Alejandro Wills: “Sobre mi caballo yo, y sobre yo, mi sombrero”.
Los sombreros llaneros, como
tantas otras cosas de estas tierras, también tienen su historia. Llegaron hace
más de un siglo desde Europa, entrando por el río Orinoco hasta el Meta, y se
comercializaban en Orocué, que por entonces era una puerta viva del comercio
llanero. Fábricas europeas como Hückel, la misma que elaboraba los
tradicionales sombreros negros de los judíos ortodoxos, producían parte de los
sombreros que terminaron imponiéndose en las sabanas inundables de Colombia y
Venezuela. Luego vendría la influencia del cowboy norteamericano con sus
Stetson, y el llano haría lo que mejor sabe hacer: apropiarse de lo ajeno hasta
volverlo propio.
Hoy muchos dicen que la vida
de estos sombreros está amenazada. Llegan menos desde Europa y cuestan más.
Pero por fortuna en Casanare hay empresas como Sombreros Florentino, en
Yopal, que se han empeñado en que esta tradición no se muera. Allí diseñan,
fabrican y venden sombreros de excelente calidad, respetando las hormas
clásicas y, de paso, poniéndole algo de modernidad a la moda llanera.
Y fue precisamente en Florentino
donde compré mi primer sombrero.
Era de fieltro verde, de ala
ancha, y yo, en un acto de estética bastante ambicioso, lo adorné con una pluma
rosada de garza paleta y otra roja de corocora. El resultado era una mezcla
entre llanera fina, ave exótica y decoración de festival tropical, pero a mí me
parecía precioso. Ese fue el sombrero que me llevé al hato La Charanga,
en Orocué, para mi primera experiencia en un trabajo de llano real.
Y ahí comenzó el drama.
Cuando llegaron los vaqueros
al hato, arriando las reses hacia el corral, me quité el sombrero para saludar,
como hacen ellos. Entre los hombres venía Porremono, un indígena Sáliva
que trabajaba desde hacía años con la familia Zambrano en las tierras de
Orocué.
Los Sáliva son uno de
los pueblos indígenas históricos de esta región. Han habitado estas sabanas y
riberas desde mucho antes de que llegaran las escrituras, los alambrados, los
terratenientes y las ínfulas. Su presencia en Orocué no es decorativa ni
anecdótica: es parte profunda de la memoria de ese territorio. Mucho de lo que
hoy llamamos “tradición llanera” tiene raíces que también pasaron por las
manos, la voz y la resistencia de pueblos como el Sáliva, que aprendieron a
sobrevivir a la colonización sin dejar del todo de ser quienes eran. Y allí
estaba Porremono, en medio del trabajo de llano, como prueba viva de que la
historia no está en los libros: está en la gente.
“Porremono” —como le decían
con ese humor llanero que no pide permiso— era un hombre de contextura media,
piel morena, musculoso, con una sonrisa encantadora y un sombrero que era,
literalmente, una reliquia. Blanco alguna vez, grisáceo ya por el trabajo,
amarillento por el sol, con la horma vencida, varios huecos, costuras fatigadas
y adornado alrededor de la copa con el símbolo del hierro de la familia
Zambrano Guío: El Botón, una flor en capullo, en nacimiento.
Ya en la tarde, después de unas cuantas miradas “como quien noJunto a él venía su hijo, Juan Pablo, un pequeñín indígena de no más de seis años, versión miniatura del padre, con esa cara de niño serio que uno sabe que algún día va a ser muy llanero o muy peligroso, o ambas cosas. Hablaba a media lengua y estaba en pleno entrenamiento de vida: sus primeras lecciones de llano las recibía al lado de su papá.
Porremono y yo nos miramos
tímidamente. Durante la jornada me lanzó una que otra miradita pícara, y yo,
muy contenta y bastante ridícula, pensé: “Bueno, parece que a este criollo sí
le gustó esta guata”.
Qué ternura la mía.
Qué inocencia tan cara.
La verdad es que lo único que
le gustaba de mí… era mi sombrero.
En la tarde, después de varias
miradas laterales “como quien no quiere la cosa”, por fin se acercó y me dijo,
con toda la calma del mundo, que si le regalaba el sombrero.
Y ahí fue cuando salió a
relucir mi faceta de gran negociante internacional.
Le dije que no se lo regalaba…
que se lo cambiaba por el de él.
Él me respondió con una negativa tajante y elegantemente burlona. Me dijo que su sombrero valía mucho, que cargaba demasiada historia, y que por lo menos necesitaba diez sombreros como el mío para siquiera considerar el cambio. Sonrió y se fue. Y así quedó la cosa.
Por lo menos por ese día.
A la mañana siguiente, con la
luz apenas naciendo, vi en mitad de la sabana a Porremono con su hijo. Le
estaba enseñando a domar un caballo salvaje que habían traído con las reses el
día anterior. Desde lejos, el pequeño Juan Pablo lo miraba atentamente, como
quien asiste a una clase magistral sobre cómo ser hombre sin necesidad de
powerpoint.
Porremono se acercaba
lentamente al caballo. Le daba palmadas suaves con el sombrero en las nalgas,
le hablaba bajito, casi cantándole. El animal lanzaba una que otra patada,
trataba de escaparse, pero él lo atajaba, lo volvía a traer enlazado desde otro
caballo y seguía hablándole como si entre ambos existiera una conversación
antigua. Después de un buen rato logró ponerle una venda en los ojos e intentó
montarlo a pelo. Uno, dos, tres intentos fallidos. En uno de ellos salió
volando con una dignidad admirable. Pero volvió. Y volvió otra vez. Hasta que
el caballo aceptó, aunque fuera por unos minutos, llevarlo encima.
Yo miraba fascinada.
No sabía si estaba viendo una
doma o una negociación diplomática entre especies.
Cuando terminó, regresó al
hato, notó que yo lo había estado observando y, como si nada, volvió a pedirme
el sombrero.
Yo, naturalmente, volví a
ofrecerle el cambio.
Y él, naturalmente, volvió a sonreír y a seguir su camino.
Más tarde lo vi en el corral de enfermería, de pie sobre las maderas, con el sombrero abrazado al pecho y la mirada fija sobre una res enferma de gusanera. Juan Pablo estaba a su lado, mirándolo con la concentración de quien no quiere perder una sola palabra. Porremono repetía en voz baja una oración. Le estaba enseñando al niño a curar animales con el poder del rezo, con esa mezcla tan llanera entre fe, experiencia y misterio. Cuando terminó, me vio observándolo… y volvió a pedirme el sombrero regalado.
¿Y adivinan qué le respondí?
Exactamente.
Que se lo cambiaba.
Al tercer día, en plena
jornada, se me acercó con cara seria y me dijo que lo había pensado bastante.
Que le costaba mucho, pero que aceptaba la oferta.
Yo no lo podía creer.
Sentí la emoción absurda y
gloriosa de quien acaba de cerrar el negocio de su vida.
Me quité mi sombrero nuevo,
verde, de fieltro, adornado con sus plumas elegantes y se lo entregué. Él, con
una expresión entre orgullosa y triste, se quitó el suyo. Antes de dármelo, lo
puso contra su pecho, lo miró unos segundos y me dijo que me estaba entregando
uno de sus objetos más preciados, su compañero de muchos años de trabajo, y que
recordara siempre que ese sombrero cargaba muchas historias.
Y yo, que para entonces ya
andaba sentimental por cualquier cosa que oliera a llano, casi me pongo a
llorar ahí mismo.
Con mi nuevo tesoro en la
cabeza, salí corriendo a contarle a la Negrita, la esposa de don Albeiro
Zambrano, que Porremono me había cambiado su sombrero.
Ella me miró y, con ese tono
entre maternal y criminal que usan las personas que vienen a burlarse con
cariño, me dijo:
—Ay, mi Luci… ahora qué va a
decir la esposa de Porremono cuando lo vea llegar con un sombrero nuevo que
huele a mujer. Esas mujeres Sáliva son cosa seria. ¿Qué tal que se moleste?
¿Qué tal que le haga un rezo o un bebedizo, mi Lucy?
Y se echó a reír.
Yo también me reí.
Al principio.
Más tarde, durante el
almuerzo, los llaneros no dejaron pasar la oportunidad. Todos hacían
comentarios sobre el cambio de sombreros y todos, absolutamente todos,
coincidían en lo mismo: la esposa de Porremono.
Que tuviera cuidado.
Que esas mujeres eran bravas.
Que ojo con los rezos.
Que peor con los bebedizos.
Que uno nunca sabe.
Yo empecé a reírme un poco
menos.
Al día siguiente, domingo 17
de junio de 2018, Colombia jugaba contra Polonia en el Mundial. En el hato no
había televisor, así que lo escuchábamos por radio, hasta que corrió la voz de
que en una casa del resguardo indígena iban a ver el partido en el único
televisor disponible. Entonces todo el mundo empezó a alistarse para ir.
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| "Porremono" con su sombrero. |
Yo también me preparé.
Me puse mi sombrero —el
histórico, el de Porremono, el de la posible tragedia marital— y estaba lista
para salir cuando todos me miraron y empezaron otra vez:
—Allá va a estar la esposa de
Porremono…
—Yo no me acercaría por allá
con ese sombrero…
—No le reciba nada de beber a
nadie…
—Qué tal que le den un
bebedizo por desquite…
—Esas mujeres Sáliva son
bravas…
Fueron tantos, tan coordinados
y tan convincentes los comentarios, que me entró un miedo completamente
irracional… pero miedo al fin.
Así que tomé una decisión
memorable por lo cobarde:
me quedé sola en el hato y me
perdí el partido.
Sí. Preferí perderme a
Colombia en el Mundial antes que enfrentar una posible escena de celos
intercultural, espiritual y con bebidas sospechosas de por medio.
Como era de esperarse, eso
solo empeoró las cosas.
Cuando regresaron del partido,
las burlas venían en combo agrandado:
—Le mandaron saludos a la
guata…
—Que tenga cuidado en la
noche, que la van a venir a buscar…
—Que por qué no dio la cara…
—Que tenga cuidado cuando
salga del hato, que la esperan en la carretera…
Y así pasé el resto del
domingo: entre risas ajenas, comentarios maliciosos y la lenta confirmación de
que, una vez más, esta guata había caído completica.
El lunes siguiente salimos del
hato rumbo a Yopal. Y cuando pasamos por la reserva indígena, yo iba tapándome
la cara con el poncho, muerta del susto, convencida de que en cualquier momento
iba a aparecer la supuesta esposa de Porremono a pedirme explicaciones, el
sombrero o mi alma.
Por supuesto, no pasó
absolutamente nada.
Ni bebedizo. Ni rezo. Ni
persecución. Ni escándalo.
Solo había sido una tomadera
de pelo magistral, de esas que en el llano ejecutan con paciencia, talento y
una cara seria que debería ser patrimonio cultural.
Al final, Porremono se quedó
con mi primer sombrero llanero.
Y yo me quedé con el suyo:
viejo, hermoso, gastado, lleno de historias, de trabajo, de sudor, de sabana y
de vida. Hoy lo guardo como uno de los tesoros más valiosos que me traje del
llano. No por lo que costara —porque seguramente en pesos no valía tanto— sino
por todo lo que contenía.
Espero que Porremono siga con
su mujer, con su hijo, con su sonrisa encantadora y con mi sombrero bien
puesto, llenándolo de nuevas aventuras, de polvo, de lluvia y de llano.
Y yo seguiré contando, con
muchísimo cariño y una sonrisa enorme, la historia de mi sombrero.
Porque a veces uno cree que
compra una prenda.
Y termina llevándose un pedazo
de mundo.











Que historia tan bacana! Ojalá en unos años, de vuelta al llano, puedas ver el nuevo color y la nueva forma de tu antiguo sombrero, resignificado y revalorado por años en cabeza de "Porremono"...
ResponderEliminarSi, eso espero, le tomaré fotos y contaré la historia.
EliminarGracias por leerme!!
Mi querida Olgalu, estas muy inspirada, que este tipo de documento nos sirva para no perder información de las costumbres del llano.
ResponderEliminarEl llano es lindo!
Saludos Yenny
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
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